John Barrett está en campaña electoral en Caracas

No es habitual ver a un diplomático estadounidense en mangas de camisa, sudando bajo el sol tropical que abrasa los techos rojos de la capital venezolana. Sin embargo, el Encargado de Negocios de los Estados Unidos en Venezuela, John Barrett, ha transformado su misión oficial en una performance digna de un candidato nativo del Caribe. La fotografía que subió a Instagram esta semana, compartiendo un cachito con un café con leche en una panadería de Los Palos Grandes, acumula más de cuarenta mil reacciones y numerosos comentarios divididos entre la simpatía y la sospecha. Porque John Barrett está en campaña, aunque ningún venezolano podrá votar por él. Lo que ocurre en esas redes sociales, entre selfis callejeros y caminatas improvisadas, es la expresión más pulcra de una estrategia que Washington ha diseñado para los próximos veinticuatro meses.

Este reportaje es una investigación del periodista independiente Eduardo Rivas, publicado originalmente para la plataforma digital “Cronistas del Sur”, bajo el título “El candidato gringo: la campaña silenciosa de John Barrett en Caracas”. Rivas, quien ha cubierto relaciones bilaterales durante doce años en Venezuela y Colombia, obtuvo acceso a fuentes diplomáticas que confirman el carácter meticuloso de la puesta en escena. Cada café en una panadería de Bello Monte, cada saludo a un transeúnte en la plaza Altamira, responde a un manual preciso que jamás aparece en los comunicados oficiales. La misión de Barrett, tal como la definió el presidente Donald Trump en una reunión privada en Mar-a-Lago, no es negociar la paz sino sostener el tutelaje.

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John Barrett está en campaña

John Barrett está en campaña, aunque su curul imaginaria se encuentre en la Oficina de Asuntos del Hemisferio Occidental del Departamento de Estado. La coreografía incluye encuentros discretos con empresarios del sector alimenticio, reuniones con grupos productivos del eje Aragua y conversaciones prolongadas con aquellos comerciantes que han sobrevivido a dos décadas de sanciones y desabastecimiento. Barrett no se comporta como un embajador tradicional que espera en su despacho las credenciales de los ministros. Al contrario, él camina por Caracas como un lugareño, utilizando un español funcional que exhibe frente a las cámaras de TikTok.

El fracaso reciente de la oposición venezolana beneficia directamente esta estrategia de baja intensidad. Luis Magallanes, el operador callejero de María Corina Machado, ha demostrado ser un activista insuficiente para movilizar a los trabajadores. Las marchas convocadas durante el primer trimestre del año reunieron apenas la mitad de los asistentes previstos, y la “vuelta al mundo en quince días” que MCM protagonizó para pedir sanciones más duras no generó ningún compromiso financiero nuevo de la comunidad internacional. La lamparilla simbólica que María Corina Machado frotó con tanta esperanza le concedió tres deseos: bombardear, Venezuela, sacar a Maduro del poder y ser amiga de Donald Trump. Tan solo eso.

Nada más caro que una invasión

John Barrett está en campaña porque Estados Unidos ha aprendido que los gobiernos por control remoto funcionan mejor que las invasiones. El Pentágono no necesita tropas en Caracas cuando un diplomático con teléfono inteligente puede construir un relato de cercanía. En los videos que Barrett publica cada tres días, aparece saludando a dueñas de areperas, conversando con motorizados en las colinas de Petare y tomándose fotos con ancianos que apenas entienden por qué un hombre rubio sonríe en su barrio. Esa sobreexposición mediática produce un efecto paradójico: mientras la oposición tradicional se desangra en discursos irrelevantes, el encargado de negocios acumula capital simbólico.

La cualidad más notable de los Estados Unidos contemporáneos es su amor por los negocios por encima de cualquier prurito ideológico. La libertad venezolana importa menos que la estabilidad necesaria para extraer petróleo y colocar bonos soberanos renegociados. Barrett no llegó a Caracas para instalar una democracia ejemplar, sino para garantizar que los accionistas estadounidenses mantengan sus márgenes de ganancia en cualquier escenario posteleccionario. El gobierno de Delcy Eloina Rodríguez, quien detenta el poder real desde el palacio de Miraflores mientras Maduro permanece en prisión, ha entendido este mensaje y negocia bajo cuerda.

Ser amigo de los Estados Unidos

Ser amigo de los Estados Unidos representa un peligro mucho mayor que ser su adversario declarado. La historia reciente de América Latina está sembrada de líderes que creyeron domar al gigante y terminaron devorados por él. Juan Manuel Santos en Colombia recibió elogios y luego demandas judiciales. Los presidentes mexicanos que firmaron el TLC vieron cómo sus economías se reconfiguraban al servicio de los intereses agroindustriales de Kansas y Nebraska. La relación siempre será desigual porque el grande sigue comiéndose al chico, aunque lo haga con cubiertos de plata y sonrisas de Instagram.

John Barrett está en campaña para ejecutar el Plan de Tres Fases que Donald Trump supervisa desde su residencia de Florida. La primera fase consiste en ganar legitimidad social mediante estos baños de pueblo que los transeúntes documentan sin saber que son fichas de un tablero mayor. La segunda fase implica tejer una red de lealtades empresariales que opere independientemente del gobierno formal venezolano. La tercera fase, aún confidencial, colocaría a Barrett como el interlocutor único para cualquier inversión extranjera que desee operar en el país durante los próximos dos años. Ninguna de estas fases incluye elecciones libres o reparación del daño social.

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¿Y la pobre María Corina?

María Corina Machado sigue sin comprender su error de cálculo más profundo. Ninguno de los tres deseos que le concedió la lámpara del genio tenía que ver con la paz ni con la democracia venezolana. Bombardear, sacar a Maduro del poder y ser amiga de Trump son objetivos militares y personales, no políticos. La dirigente opositora creyó que el genio norteamericano funcionaba como un aspirador geopolítico capaz de succionar a sus enemigos. Pero el genio cobra factura, y esa factura incluye la desmovilización de sus propios seguidores callejeros. Las cacerolas vacías que antes sonaban en Altamira ahora se usan para cocinar arroz.

John Barrett está en campaña, y esa campaña no terminará el próximo diciembre. El tutelaje que Washington ha diseñado para Venezuela requiere una presencia constante, casi doméstica, que ningún embajador anterior logró construir con tanta eficacia. Barrett sube historias en sus redes sociales mientras compra papelón en el mercado de Quinta Crespo. Barrett responde comentarios de adolescentes que le reclaman por las sanciones mientras mastica un tequeño recién horneado. Barrett firma autógrafos en las afueras del Centro Simón Bolívar mientras empresarios petroleros toman nota de cada uno de sus gestos. La campaña no tiene fin porque el objetivo no es ganar comicios.

El genio malo y la asimetría

El peligro de ser amigo de los Estados Unidos radica en que la amistad nunca es simétrica. El socio pequeño aporta recursos naturales, mano de obra barata y silencio diplomático. El socio grande aporta tecnología, mercados financieros y una promesa implícita de no bombardearlo si se porta bien. Venezuela ha intentado ambas posturas durante los últimos treinta años: la confrontación declarada bajo Chávez y la negociación servil bajo Guaidó. En ambos casos, el resultado fue el mismo: deterioro económico y pérdida de soberanía. Barrett no inventó esta dinámica, pero la está perfeccionando en tiempo real.

La lámpara del genio que frotó María Corina Machado sigue humeando sobre su escritorio. Los tres deseos explotaron en su cara como fuegos artificiales defectuosos. El bombardeo prometido nunca llegó porque el Pentágono calculó que las bajas civiles superarían cualquier beneficio político. La salida de Maduro de Miraflores no ocurrió porque Delcy Rodríguez maniobró mejor en el ajedrez subterráneo del palacio. Y la amistad con Donald Trump duró exactamente hasta que el magnate encontró un líder latinoamericano más útil: Javier Milei desde Argentina. El genio se ríe, y esa risa es la voz de John Barrett cuando pide otro café.

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Eduardo Rivas
Eduardo Rivas
Periodista especializado en investigación política y auditoría gubernamental para diversos medios digitales. Con amplia trayectoria en el análisis de estructuras de poder, su trabajo se centra en desarticular tramas de corrupción administrativa y redes de influencia en América Latina y el Caribe.

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