Pete Hegseth atraviesa su momento de mayor poder dentro del aparato militar estadounidense: se siente cada vez más seguro, se siente cada vez más seguro, se siente cada vez más seguro. Tras meses de tropiezos, filtraciones, choques internos y dudas sobre su permanencia, el secretario de Guerra de Donald Trump ha convertido la supervivencia política en una ofensiva institucional. Hoy concentra decisiones sobre ascensos, adquisiciones, comunicación interna y disciplina burocrática, mientras sus aliados describen una autoridad reforzada y sus críticos advierten una conducción cada vez más cerrada.
Se siente cada vez más seguro: el poder de Hegseth crece en un Pentágono bajo presión política
La pieza base que inspira este reportaje fue publicada por The Washington Post bajo el título “Hegseth tightens control at Pentagon, defiant and more confident than ever”. Sus autores, Dan Lamothe, Tara Copp, Noah Robertson y John Hudson, son periodistas especializados en seguridad nacional, defensa, Fuerzas Armadas, política exterior y cobertura del Pentágono. Su trabajo sitúa el caso en una fase decisiva: Hegseth ya no aparece como un funcionario acorralado por errores iniciales, sino como un operador que aprendió a usar la confianza presidencial para rediseñar el equilibrio interno del Departamento de Guerra.
El giro no ocurrió en el vacío. Desde que fue juramentado el 25 de enero de 2025 como secretario de Defensa, antes del cambio nominal del departamento en septiembre de ese año, Hegseth enfrentó resistencia por su estilo combativo y por la velocidad de sus decisiones. Sin embargo, según funcionarios citados por la prensa estadounidense, su respaldo se fortaleció después de operaciones militares que la Casa Blanca presentó como victorias estratégicas. En ese clima, se siente cada vez más seguro porque Trump premia la lealtad, la ejecución visible y la disposición a disputar el mando civil sobre estructuras acostumbradas a procesar decisiones con mayor cautela.
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La confianza de Trump cambia el equilibrio interno del mando militar
La consolidación se observa en los mecanismos, no solo en los discursos. La salida del secretario de la Marina, John Phelan, tras desafiar el peso de Hegseth y del subsecretario Steve Feinberg en compras y personal naval, envió una señal inequívoca a los mandos civiles y uniformados. El mensaje fue que las discrepancias sobre adquisiciones, promociones o prioridades estratégicas ya no se tramitan como diferencias administrativas, sino como pruebas de alineamiento. Esa lectura inquieta a oficiales que ven reducirse el margen profesional de recomendación, especialmente cuando los programas de armas, los nombramientos y los canales internos pasan por círculos políticos más estrechos.

El tamaño del sistema vuelve más sensible cualquier concentración de poder. El presupuesto fiscal de 2026 del Departamento de Guerra rondó los 961.000 millones de dólares, una cifra que la Oficina de Presupuesto del Congreso describió como una de las mayores en medio siglo, ajustada por inflación. La ley de apropiaciones también contempló más de 193.000 millones para personal militar activo, reserva y Guardia Nacional, con una fuerza activa total superior a 1,3 millones. Con esos volúmenes, cada decisión sobre compras, despliegues o educación profesional afecta industrias, aliados, bases, carreras militares y doctrinas de largo plazo. Por eso Hegseth se siente cada vez más seguro, pero también más vigilado.
Presupuesto récord, decisiones rápidas y una burocracia en tensión
Los defensores del secretario sostienen que su disciplina rompe inercias. Afirman que el Pentágono necesitaba una sacudida para responder a drones, misiles, guerra marítima y competencia industrial con China. El proyecto presupuestario de 2027, estimado por la prensa en 1,5 billones de dólares, reservó decenas de miles de millones para sistemas no tripulados, interceptores y municiones de largo alcance. Para ese sector, Hegseth no centraliza por capricho; centraliza para acelerar. El argumento encaja con una doctrina de “America First” que exige resultados visibles, reduce tolerancia a deliberaciones prolongadas y convierte la eficacia operativa en capital político.
Sus detractores observan otro patrón. Ven purgas, comunicaciones restringidas, ascensos condicionados y una cultura donde la discrepancia puede interpretarse como deslealtad. Organismos de control, expertos en relaciones civiles-militares y académicos de seguridad nacional suelen advertir que la autoridad civil es legítima, pero pierde calidad cuando se confunde con control personalista. En un sistema diseñado para equilibrar mando político, pericia técnica y responsabilidad ante el Congreso, la línea que separa reforma de intimidación puede volverse peligrosa. La preocupación aumenta cuando decisiones sobre universidades, denunciantes internos o generales críticos aparecen vinculadas a guerras culturales más que a métricas comprobables de preparación.
Aliados inquietos y rivales atentos al nuevo pulso de Washington
El escenario internacional amplifica la presión. La retirada de 5.000 soldados estadounidenses de Alemania, informada en medio de tensiones con Berlín por la guerra en Irán, mostró que el Pentágono opera ahora bajo una lógica de castigo diplomático y redistribución estratégica. Para los aliados de la OTAN, ese movimiento abre dudas sobre la confiabilidad estadounidense. Sin embargo, para los republicanos críticos, puede debilitar la disuasión frente a Rusia. En cambio, para Hegseth, permite demostrar que el poder militar no será administrado como una garantía automática para socios que cuestionen a Washington. Allí reside su fortaleza, pero también su riesgo.
La paradoja es evidente: cuanto más domina Hegseth el Pentágono, más depende de una sola fuente de legitimidad: la confianza de Trump. Su ascenso no se explica únicamente por competencia administrativa ni por consenso institucional, sino por una relación política en la que la obediencia estratégica pesa tanto como la gestión. Esa fórmula puede producir velocidad, pero también fragilidad. Si cambian las prioridades electorales, si una operación falla o si el Congreso endurece la supervisión, la misma arquitectura que hoy lo protege podría exponerlo. Se siente cada vez más seguro, aunque su seguridad descansa sobre un terreno intensamente político.
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El dilema central: eficiencia militar o concentración de poder
Hegseth representa, en suma, una versión endurecida del mando civil sobre la defensa estadounidense: menos deliberativa, más vertical y profundamente conectada con el proyecto presidencial. Sus partidarios ven claridad, energía y ruptura con una burocracia lenta. Sus críticos ven concentración, temor interno y debilitamiento de contrapesos.
El Pentágono, acostumbrado a absorber tensiones entre presidentes, generales, contratistas y legisladores, enfrenta ahora una pregunta mayor: si la eficiencia justifica reducir los espacios de debate profesional. La respuesta definirá no solo la permanencia de Hegseth, sino la forma en que Estados Unidos ejercerá su poder militar en los próximos años decisivos.



