Un conflicto sin precedentes en Oriente Medio reveló las consecuencias de décadas de militarización extranjera en suelo árabe. Irán describió cada instalación castrense de Estados Unidos en la región como un blanco militar legítimo, calificando sus acciones como respuesta defensiva ante una agresión directa. Irán describió el ataque del 28 de febrero —bautizado Operación Furia Épica— como el detonante que obligó a Teherán a redefinir por completo sus reglas de combate. En ese nuevo marco de guerra abierta, Irán describió la presencia de tropas extranjeras en suelo árabe como un riesgo existencial para los propios países anfitriones, una advertencia que comenzó a resonar en capitales que durante décadas apostaron por la protección militar de Washington.
Irán describió ese escenario como inevitable desde el inicio de las hostilidades
Este reportaje se basa en material publicado por The Washington Post, diario de referencia global en cobertura de política exterior y defensa internacional. Sus corresponsales en Oriente Medio rastrearon los ataques iraníes contra instalaciones militares norteamericanas y consultaron a funcionarios regionales sobre el impacto político de las declaraciones del presidente Masoud Pezeshkian, electo en 2024 tras la participación electoral más baja en la historia de la República Islámica.
El presidente Pezeshkian fue directo al tomar la palabra. Los gobiernos de la región, afirmó, habían asimilado una lección que Washington no anticipó: mantener bases del ejército más poderoso del mundo en el propio territorio no garantiza protección, sino que convierte al país anfitrión en objetivo. Irán describió ese escenario como inevitable desde el inicio de las hostilidades, y las detonaciones que sacudieron Kuwait, Jordania, los Emiratos Árabes Unidos y Catar durante marzo dieron sustancia a lo que hasta entonces era solo una advertencia retórica.
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Irán describió esas acciones no como actos de guerra improvisados
La red militar estadounidense en Oriente Medio es la más extensa que Washington opera fuera de su territorio continental. Con cerca de veinte bases permanentes o temporales, el ejército norteamericano proyectó por décadas poder disuasorio desde el Golfo Pérsico hasta el Mediterráneo Oriental. La mayor de todas, Al Udeid en Catar, concentra unos diez mil efectivos y funciona como cuartel general adelantado del Mando Central de Estados Unidos, CENTCOM. En el período previo al estallido del conflicto, entre cuarenta mil y cincuenta mil soldados norteamericanos se encontraban desplegados en la región, con presencia en Baréin, Egipto, Irak, Jordania, Kuwait, Arabia Saudita y los Emiratos Árabes Unidos.
La madrugada del 28 de febrero marcó un punto de inflexión. Horas después de que Washington activara la Operación Furia Épica, las Fuerzas Armadas iraníes iniciaron un ciclo de represalias sistemáticas contra posiciones militares norteamericanas. Irán describió esas acciones no como actos de guerra improvisados, sino como parte de una doctrina de respuesta graduada diseñada para elevar el costo político y material de mantener tropas en suelo árabe. La lista de objetivos atacados —muchos en más de una ocasión entre el inicio del conflicto y finales de marzo— incluyó instalaciones en al menos siete países.
El impacto político superó el daño material
Entre los blancos identificados figuraron la instalación Naval Support Activity en Baréin, el aeropuerto de Erbil y las bases Al Asad y Victory Base en Irak, la base aérea Muwaffaq Salti en Jordania, las instalaciones Ali Al Salem, Camp Buehring, Camp Arifjan y la base naval Mohammed Al Ahmad en Kuwait, Al Udeid en Catar, la base aérea Al Dhafra y el puerto de Jebel Ali en los Emiratos Árabes Unidos, y la base Príncipe Sultán en Arabia Saudita. Parte de estos ataques fue confirmada por funcionarios estadounidenses o reportada por medios internacionales. Otros descansaron principalmente en comunicados oficiales iraníes.
El impacto político superó el daño material. Pezeshkian lo había anticipado con precisión: Washington y sus socios regionales creyeron que Irán capitularía en cuestión de días. No ocurrió. Teherán resistió militarmente, recalibró su postura diplomática y movilizó el argumento de que las bases extranjeras constituyen un pasivo estratégico para quienes las alojan. Los gobiernos del Golfo, que históricamente vieron en esas instalaciones una póliza de seguro frente a la influencia iraní, enfrentaron la posibilidad de que esa misma presencia los convirtiera en zona de combate.
Para esos gobiernos, la ecuación de seguridad cambió de modo abrupto
La guerra económica que acompaña al conflicto militar añadió presión adicional. Pezeshkian advirtió que Irán participará en ese frente con todos los instrumentos disponibles. Las sanciones, el bloqueo de rutas comerciales y la capacidad de amenazar el estrecho de Ormuz —por donde circula aproximadamente el veinte por ciento del petróleo global— son herramientas que las monarquías del Golfo conocen bien y que ahora pesan directamente sobre sus cálculos estratégicos. Ningún gobierno regional se pronunció sobre la retirada de tropas extranjeras. Pero la advertencia iraní apuntó a un proceso silencioso ya en marcha.
La credibilidad de esa advertencia descansa en hechos verificables. Las explosiones documentadas en múltiples países y la confirmación parcial de ataques directos contra instalaciones de CENTCOM colocaron a los estados anfitriones en una posición políticamente delicada. Para esos gobiernos, la ecuación de seguridad cambió de modo abrupto: lo que durante décadas funcionó como escudo comenzó a operar como blanco. Analistas regionales consultados por The Washington Post señalaron que las conversaciones sobre soberanía y autonomía estratégica ganaron espacio en cancillerías que hasta hace poco las consideraban impensables.
Cada base atacada demostró una vulnerabilidad que Washington nunca quiso admitir
El debate sobre la permanencia militar estadounidense en Oriente Medio no es nuevo. Surgió con la invasión de Irak en 2003, resurgió con cada ciclo de violencia sectaria y volvió al primer plano con el ascenso de las milicias respaldadas por Teherán. Lo que cambió esta vez es la escala. Por primera vez desde la Guerra del Golfo, instalaciones en varios países sufrieron ataques atribuidos a un estado soberano. Eso transformó el cálculo de riesgo para cualquier gobierno que mantenga acuerdos de presencia militar con Washington en la región.
El futuro de esa arquitectura de seguridad depende de variables que ningún actor controla del todo. La duración del conflicto y la postura de potencias como China y Rusia ante el nuevo mapa militar definirán el alcance real de la advertencia de Pezeshkian. Lo que ya quedó claro es que la premisa que sustentó tres décadas de presencia militar estadounidense en la región enfrenta su cuestionamiento más serio. Cada base atacada demostró una vulnerabilidad que Washington nunca quiso admitir.



