La frontera que separa a Pakistán y Afganistán arde con una intensidad inédita desde el regreso de los talibanes al poder en 2021. Tras una cadena de combates, bombardeos cruzados y declaraciones oficiales que elevan el tono diplomático, la crisis bilateral ha entrado en lo que analistas regionales describen como un punto de no retorno. La sucesión de ofensivas y represalias, sumada al uso abierto de aviación de combate sobre Kabul, configura un punto de no retorno que desborda los habituales incidentes fronterizos. En este escenario volátil, tanto Islamabad como Kabul parecen haber cruzado un punto de no retorno cuyas consecuencias podrían redefinir el equilibrio de seguridad en Asia Central.
Este reportaje se basa en información recopilada por Ahmad Rashid, periodista y analista paquistaní especializado en conflictos regionales, colaborador habitual de The Financial Times y autor de varios libros sobre Afganistán y el extremismo islámico. La pieza original, titulada “Escalation on the Durand Line: Pakistan and Afghanistan at Breaking Point”, fue publicada en un portal de análisis geopolítico del sur de Asia. Rashid, con más de cuatro décadas cubriendo la región, contextualiza los recientes enfrentamientos como la crisis más grave entre ambos países desde la retirada de la OTAN en 2021.
Bombardeos sobre Kabul elevan la crisis a una nueva fase estratégica
La escalada comenzó tras intensos combates a lo largo de la Línea Durand, la frontera de facto trazada en 1893 por la administración británica y nunca plenamente reconocida por Kabul. Según comunicados oficiales del Ministerio de Defensa afgano, una contraofensiva lanzada en varias provincias orientales dejó decenas de bajas en las filas paquistaníes y la toma temporal de puestos militares. Para Islamabad, estos hechos constituyen un punto de no retorno en la relación con el Emirato Islámico, al que acusa de permitir la operación de grupos armados hostiles en su territorio. Las imágenes de columnas de humo y desplazamientos de población en zonas rurales refuerzan la percepción de que se trata de un punto de no retorno que trasciende el ámbito local.

Islamabad endurece su discurso y señala al TTP como detonante del conflicto
El Gobierno paquistaní, a través de su ministro de Defensa, declaró públicamente que la paciencia de Islamabad se había agotado. En mensajes difundidos en redes sociales y replicados por la televisión estatal, el funcionario aseguró que Afganistán se ha convertido en un santuario para el Tehreek-e-Taliban Pakistan (TTP), organización responsable, según datos oficiales, de más de 250 ataques en suelo paquistaní durante el último año. El Ejército de Pakistán respondió inicialmente con artillería pesada en sectores montañosos, pero posteriormente confirmó operaciones aéreas dirigidas contra objetivos que describió como “infraestructura terrorista”.
Kabul denuncia violaciones de soberanía y advierte represalias
Desde Kabul, el Ministerio de Defensa rechazó las acusaciones y denunció violaciones sistemáticas de su soberanía. En un comunicado difundido por la agencia oficial Bakhtar, las autoridades afganas informaron que ocho de sus combatientes murieron y al menos 13 civiles resultaron heridos en bombardeos con cohetes en zonas pobladas. Funcionarios talibanes calificaron los ataques aéreos sobre la capital como un punto de no retorno en la relación bilateral y prometieron responder “con todos los medios disponibles”. Para la dirigencia afgana, el uso de aviación de combate sobre áreas urbanas representa un punto de no retorno que erosiona cualquier canal diplomático residual.
El factor humanitario y el riesgo de desestabilización regional
Organismos internacionales han manifestado su preocupación. La Misión de Asistencia de las Naciones Unidas en Afganistán (UNAMA) recordó que la región oriental concentra a cientos de miles de desplazados internos y advirtió que una escalada prolongada podría agravar una crisis humanitaria ya crítica. Según cifras de la ONU, más de 28 millones de afganos dependen de ayuda humanitaria, mientras que Pakistán enfrenta una presión económica marcada por una inflación anual que superó el 20 % en 2023. En este contexto, expertos del International Crisis Group sostienen que un conflicto abierto añadiría un factor desestabilizador adicional en una zona donde operan múltiples actores armados no estatales.
Una frontera colonial que vuelve a definir el equilibrio de poder en Asia Central
La raíz histórica del conflicto se remonta a la imposición colonial de la Línea Durand, que dividió comunidades pastunes a ambos lados de la frontera. Afganistán nunca reconoció formalmente ese trazado, argumentando que fue impuesto bajo coacción imperial. Para Islamabad, en cambio, la frontera es un límite internacional legalmente heredado tras la independencia de 1947. Esa divergencia histórica ha alimentado décadas de desconfianza y enfrentamientos intermitentes. Hoy, la militarización intensiva de esa línea fronteriza y la retórica de guerra abierta sugieren que las partes se aproximan a un punto de no retorno que podría consolidar una frontera de facto aún más rígida y vigilada.
Analistas militares paquistaníes señalan que el aumento de ataques atribuidos al TTP, que según el Instituto de Estudios de Paz de Islamabad causaron más de 500 víctimas entre civiles y fuerzas de seguridad el último año, presiona al estamento castrense a adoptar una postura más agresiva. Desde la perspectiva afgana, la insistencia en vincular al Emirato Islámico con el TTP constituye una estrategia para justificar incursiones transfronterizas. Investigadores de la Universidad de Kabul advierten que la ausencia de mecanismos bilaterales de verificación y cooperación en seguridad ha creado un vacío que facilita malentendidos y escaladas rápidas.

En círculos diplomáticos regionales, la preocupación se centra en el riesgo de regionalización del conflicto. China, que mantiene intereses estratégicos en el corredor económico China-Pakistán, ha llamado a la contención y al diálogo. Irán y los países de Asia Central observan con inquietud la posibilidad de nuevos flujos de refugiados y el fortalecimiento de redes armadas transfronterizas. Para varios expertos consultados por este medio, la combinación de rivalidades históricas, crisis económicas internas y presencia de grupos armados convierte la coyuntura actual en un punto de no retorno para la arquitectura de seguridad posterior a 2021.
La retirada de las fuerzas de la OTAN dejó un vacío estratégico que no ha sido reemplazado por un sistema regional de seguridad eficaz. La falta de reconocimiento internacional del gobierno talibán complica la articulación de acuerdos formales, mientras que en Pakistán el peso político del Ejército condiciona la toma de decisiones. Diplomáticos occidentales retirados señalan que la ausencia de canales discretos de comunicación militar aumenta el riesgo de errores de cálculo. En un entorno saturado de desconfianza, cada incidente se magnifica y reduce el margen para la moderación.
A medida que continúan los intercambios de fuego y las declaraciones de línea dura, la población civil permanece atrapada entre dos Estados que priorizan la seguridad nacional sobre la estabilidad fronteriza. Las escuelas cerradas en distritos limítrofes, las rutas comerciales interrumpidas y los mercados semivacíos son señales tangibles de una crisis que ya impacta la vida cotidiana. Si no se activan mecanismos urgentes de desescalada, la confrontación podría consolidarse como un punto de no retorno definitivo, con repercusiones que irían más allá de Islamabad y Kabul y afectarían el frágil equilibrio de toda la región.

