En cada guerra sobreviven armas, consignas y alimentos convertidos en símbolos. La zanahoria, humilde y terrestre, ha jugado un papel crucial en esa mezcla de necesidad, propaganda y memoria doméstica. También ha jugado un papel crucial en la construcción de una creencia transmitida de generación en generación. Y ha jugado un papel crucial en la manera en que una verdad nutricional terminó deformada por una operación política que todavía hoy condiciona lo que millones de personas creen sobre la vista.
La pieza de referencia que impulsa este reportaje fue firmada por Ada Nuño para El Confidencial, dentro de la sección Alma, Corazón, Vida, bajo el título “Cómo surgió la leyenda de que la zanahoria es buena para la vista”, publicada el 28 de agosto de 2020. Nuño, periodista de divulgación y actualidad, reconstruyó con enfoque accesible una historia donde se cruzan nutrición, guerra psicológica y cultura popular, y abrió una pregunta que sigue siendo pertinente: cómo una media verdad termina convertida en certeza pública.
Ha jugado un papel crucial en la propaganda británica de guerra
La respuesta remite a la Segunda Guerra Mundial, cuando el Reino Unido necesitaba sostener la moral civil, proteger secretos militares y reorganizar su dieta bajo racionamiento. En ese contexto, la zanahoria ha jugado un papel crucial no solo por su resistencia agrícola y su disponibilidad local, sino por su utilidad propagandística. Mientras la RAF mejoraba sus capacidades de intercepción nocturna con radar aerotransportado, la maquinaria informativa británica difundía la idea de que sus pilotos veían mejor de noche gracias al consumo de zanahorias, un relato que ayudaba a ocultar una ventaja táctica decisiva.
La operación funcionó porque mezclaba un dato real con una promesa exagerada. Las zanahorias contienen betacaroteno, que el organismo transforma en vitamina A, nutriente indispensable para el funcionamiento normal de la retina y para la visión en condiciones de poca luz. Sin embargo, de allí no se desprende que comer más zanahorias mejore la visión de una persona sana o le otorgue capacidades extraordinarias. La ciencia distingue entre prevenir una carencia y potenciar un sentido: corregir un déficit puede evitar daño ocular; exceder una necesidad no convierte a nadie en piloto con visión sobrenatural.

El mito sobre la vista nocturna
Esa ambigüedad ha jugado un papel crucial en la longevidad del mito. La Organización Mundial de la Salud advierte que la deficiencia de vitamina A sigue siendo una causa importante de ceguera prevenible y que uno de sus primeros signos es la ceguera nocturna. El problema, por tanto, nunca fue completamente ficticio. Lo falso era la extrapolación masiva. En países o grupos con carencias nutricionales severas, asegurar un consumo adecuado de vitamina A sí protege la salud visual; en poblaciones sin esa deficiencia, la zanahoria conserva valor alimentario, pero no opera como milagro oftalmológico.
Durante el Blitz, la historia encontró además un terreno emocional perfecto. Londres y otras ciudades británicas vivían bajo bombardeo, apagones y ansiedad colectiva. Los carteles oficiales, las notas de prensa y personajes como Doctor Carrot ayudaron a fijar la idea en la imaginación infantil y adulta, uniendo pedagogía alimentaria con secreto militar. El mensaje no solo buscaba engañar a posibles observadores alemanes; también pretendía resolver un problema interno de consumo, estimulando el uso de vegetales nacionales en un mercado tensionado por la guerra.
Allí se entiende por qué la propaganda no necesitó ser científicamente perfecta: bastaba con que fuera verosímil, repetible y emocionalmente útil para tiempos de escasez y miedo social. El discurso oficial necesitaba convencer a la población de que la disciplina doméstica también era una forma de defensa nacional. Comer lo disponible, aceptar sustitutos y confiar en la narrativa del Gobierno se volvió parte de la moral de guerra. La zanahoria entró allí como emblema de autosuficiencia: barata, cultivable, versátil y susceptible de transformarse en purés, tartas, sopas y hasta dulces cuando el azúcar escaseaba.
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La vitamina A y los límites científicos
Su valor simbólico ha jugado un papel crucial incluso después del conflicto. La posguerra heredó la anécdota, la escuela la simplificó y la familia la convirtió en frase disciplinaria. Durante décadas, madres y abuelas repitieron que comer zanahoria “fortalece la vista”, y la afirmación sobrevivió porque no era del todo absurda. El Instituto Nacional de Salud de Estados Unidos recuerda que la ceguera nocturna es un signo temprano de insuficiencia de vitamina A. El problema aparece cuando esa observación clínica se traduce, sin matices, en publicidad nutricional o en consejo cotidiano absoluto.
También importa el tamaño real del alimento detrás del mito. Según datos del Departamento de Agricultura de Estados Unidos, una zanahoria mediana aporta 25 calorías y 57 microgramos RAE de vitamina A. Es un alimento saludable, con fibra y micronutrientes, pero no una llave mágica para revertir miopía, astigmatismo o fatiga visual causada por pantallas. Los oftalmólogos insisten en que la salud ocular depende de un cuadro más amplio: genética, edad, enfermedades metabólicas, exposición a la luz, controles médicos y una dieta equilibrada, no de un solo vegetal elevado a categoría de remedio total.
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Un papel crucial en la cultura familiar y escolar durante décadas
En esa persistencia cultural ha jugado un papel crucial la lógica contemporánea de la desinformación. Lo que antes fue propaganda estatal orientada a la guerra hoy se replica como consejo viral, meme saludable o truco de crianza. El mecanismo es idéntico: una afirmación sencilla, con apariencia de sentido común, viaja mejor que una explicación precisa. Por eso este episodio resulta tan actual.
Habla menos de una hortaliza que de la facilidad con la que una sociedad acepta relatos útiles, consoladores o patrióticos cuando están envueltos en una porción de verdad. Esta lectura es una inferencia editorial apoyada en la historia documentada del mito y en la propia estructura de aquella campaña.
El papel crucial como ejemplo clásico de desinformación útil
La zanahoria en tiempos difíciles no fue solo comida, ni solo engaño. Fue una herramienta narrativa al servicio de una coyuntura extrema y un ejemplo clásico de cómo el poder administra la información cuando necesita proteger tecnología, ordenar hábitos y fabricar confianza.
La lección perdura: la nutrición importa, la vitamina A importa, la salud visual importa, pero la credulidad también. Entre la urgencia bélica y la sobremesa familiar, una campaña británica logró algo extraordinario: convertir un vegetal común en mito duradero y demostrar que, a veces, la propaganda más eficaz es la que se come sin resistencia.
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