El «Taste-Washing» según Marjori Haddad

Las grandes corporaciones tecnológicas llevan años perfeccionando una estrategia que va mucho más allá del marketing convencional. Se trata de un fenómeno tecnológico que combina el poder del capital digital con la apropiación sistemática de la cultura, el arte y la moda para construir una identidad aspiracional que oculta prácticas cuestionables. Este fenómeno tecnológico tiene nombre: «taste-washing», un concepto que desnuda cómo las Big Tech convierten la estética en escudo reputacional. Y este fenómeno tecnológico, lejos de ser marginal, define hoy la relación entre las plataformas digitales y la sociedad que las consume.

El taste-washing no es casual: Es un fenómeno tecnológico 

Quien lo analiza con precisión quirúrgica es Marjori Haddad, periodista especializada en cultura digital y tecnología, con trayectoria consolidada en medios del ecosistema comunicacional latinoamericano. En una publicación reciente en su cuenta de Instagram —donde acumula decenas de miles de seguidores interesados en la intersección entre tecnología, identidad y consumo—, Haddad desglosa el mecanismo con ejemplos concretos y un marco crítico que supera el análisis superficial. Su pieza, enfocada en cómo las grandes plataformas instrumentalizan la estética como cobertura corporativa, se convirtió en punto de partida de un debate más amplio sobre la ética del branding cultural en la era de las plataformas digitales.

El taste-washing no es casual. Es una operación deliberada, ejecutada con presupuestos millonarios y equipos dedicados a construir una narrativa de sofisticación cultural alrededor de empresas cuyo negocio central es la extracción de datos, la vigilancia del comportamiento y la monetización de la atención humana. Meta invierte cientos de millones de dólares anuales en patrocinios de museos, festivales de moda y producción audiovisual de vanguardia. Apple convierte sus tiendas en galerías de diseño y sus lanzamientos en eventos culturales globales. Amazon financia series televisivas premiadas mientras enfrenta denuncias laborales reiteradas en sus centros de distribución.

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La brecha entre el glamour algorítmico y la realidad del creador independiente — Ilustración DALL-E

Cuando las plataformas deciden qué contenido cultural se amplifica

Los números respaldan la magnitud del fenómeno. Según datos compilados por el Instituto de Estrategia de Marca Digital, las cinco principales plataformas tecnológicas globales destinaron en 2023 más de 4.200 millones de dólares a patrocinios culturales, artísticos y de moda. Esta cifra representa un incremento del 38% respecto a 2019, el año previo al inicio de la pandemia que catapultó a estas compañías a una influencia sin precedentes en la vida cotidiana y en la economía cultural global. La correlación no es accidental: a mayor escrutinio regulatorio y social, mayor inversión en imagen cultural.

El mecanismo que describe Haddad opera en tres capas. La primera es la visibilidad: asociar el logo corporativo con el arte eleva la percepción pública de manera casi automática. La segunda es la neutralización crítica: cuesta más cuestionar a una empresa que financia exposiciones de artistas emergentes o apoya a diseñadores independientes. La tercera, y más sutil, es la colonización del gusto. Cuando las plataformas deciden qué contenido cultural se amplifica y cuál se suprime mediante sus algoritmos, ejercen un poder editorial de escala histórica que ninguna institución cultural tradicional tuvo jamás. Este fenómeno tecnológico plantea una pregunta incómoda: ¿quién define la cultura en el siglo XXI?

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Este fenómeno tecnológico confirma el axioma digital

La académica española Remedios Zafra, autora de El entusiasmo, lleva años estudiando cómo las plataformas digitales absorben el trabajo creativo y lo convierten en mercancía. En entrevistas recientes, Zafra sostiene que la plataformización del arte no solo extrae valor económico del trabajo cultural sino también identidad. Su análisis coincide con el de investigadores del Berkman Klein Center for Internet & Society de Harvard, quienes documentaron en 2022 cómo las grandes tecnológicas emplean el patrocinio cultural para suavizar la presión regulatoria y moldear la cobertura mediática a su favor.

El caso de Google resulta especialmente ilustrativo. La compañía de Alphabet no solo financia exposiciones de arte digital en museos como el MoMA de Nueva York o el Tate Modern de Londres: construyó una división interna llamada Google Arts & Culture que digitaliza obras de arte y las ofrece gratuitamente al público global. El gesto parece generoso, pero su función estratégica es evidente para quienes lo analizan sin concesiones. Google necesita datos de comportamiento cultural, y qué mejor modo de obtenerlos que ofrecer acceso libre a colecciones museísticas de primer nivel. Este fenómeno tecnológico confirma el axioma digital más repetido: cuando el producto es gratuito, el producto eres tú.

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Cuando el acceso gratuito al arte tiene un precio invisible medido en datos — Ilustración DALL-E

La pregunta que subyace a este fenómeno tecnológico no es solo económica

La industria de la moda también cedió terreno fértil al taste-washing. TikTok, propiedad de ByteDance, transformó los ciclos de la moda de manera radical: lo que antes tardaba seis meses en volverse tendencia global ahora lo hace en días. Pero esta velocidad tiene un costo invisible. Según el informe Fashion & Algorithms de Business of Fashion, el 67% de los diseñadores independientes encuestados en 2023 afirmó que los algoritmos de TikTok favorecen sistemáticamente a marcas con inversión publicitaria paga, dejando a los creadores emergentes con visibilidad residual. La plataforma se presenta como democratizadora del estilo mientras opera como guardián algorítmico del acceso.

La regulación comienza a reaccionar. La Unión Europea, mediante la Digital Markets Act y la Digital Services Act, estableció marcos que obligan a las plataformas a mayor transparencia en sus algoritmos y prácticas editoriales. En Estados Unidos, la Comisión Federal de Comercio intensificó el escrutinio sobre el poder de mercado de las Big Tech. Pero ninguna normativa aborda aún el taste-washing como práctica específica, y ese vacío lo aprovechan las corporaciones con precisión quirúrgica. La pregunta que subyace a este fenómeno tecnológico no es solo económica: es si las democracias pueden regular el gusto además del mercado.

Detrás de cada algoritmo hay un balance trimestral

Un estudio de la Fundación Ford y la organización ArtEquity, publicado en 2023, reveló que mientras los departamentos culturales de las Big Tech crecieron un 45% en cinco años, los ingresos promedio de artistas visuales independientes cayeron un 17% en el mismo período. La paradoja es brutal: las plataformas que se presentan como mecenas de la cultura generan condiciones de mercado que empobrecen a quienes la producen. Ningún comunicado de prensa corporativo menciona esta cifra.

Reconocer el taste-washing no es cinismo. Es periodismo. Y es, sobre todo, el primer paso para dejar de consumir cultura como si fuera inocente. Detrás de cada algoritmo hay un balance trimestral que no menciona a ningún artista. Detrás de cada patrocinio cultural hay una estrategia diseñada para que nadie haga esa pregunta. El objetivo del taste-washing es hacer invisible la máquina detrás del cuadro. Nombrarlo es el único modo de verla.

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Orangel Gil
Orangel Gil
"Futuro comunicador social dedicado al análisis de fuentes internacionales para estoyaldia.com.do. Especializado en monitorear la política y economía global, mi trabajo es filtrar el ruido de los medios hegemónicos para ofrecer una perspectiva latinoamericana y caribeña de la actualidad. Transformo la información compleja en análisis estratégicos que permiten al lector comprender su lugar en un mundo interconectado, sin perder de vista nuestra identidad regional."

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