Revolución digital: IA y la defensa de arreglarlo todo

En plena fiebre por la automatización, el verdadero pulso de esta época no está solo en crear máquinas más brillantes, sino en sostener el mundo que ya existe. Esa tensión atraviesa la revolución digital, redefine la revolución digital y desnuda la fragilidad de la revolución digital cuando hospitales, puentes, redes eléctricas, servidores o teléfonos dependen menos del brillo de la novedad que de reparar. El debate se ha vuelto político y cultural: mientras la inteligencia artificial promete eficiencia, una corriente crítica advierte que ninguna sociedad puede sobrevivir si desprecia el mantenimiento cotidiano que impide que todo colapse en silencio.

La pieza base de esta discusión fue publicada por Lee Vinsel en MIT Technology Review en español, bajo el título “La defensa de arreglarlo todo”. Vinsel, profesor asociado de ciencia, tecnología y sociedad en Virginia Tech y presentador del pódcast Peoples & Things, toma como punto de partida el nuevo libro de Stewart Brand, Maintenance: Of Everything, Part One, para examinar una pregunta incómoda: por qué las sociedades tecnológicas celebran inventar más de lo que valoran cuidar lo que ya construyeron. Su enfoque es una crítica documentada al culto contemporáneo por la disrupción.

La revolución digital también se deteriora cuando nadie mantiene lo esencial

Brand no es una figura marginal. Fue fundador del Whole Earth Catalog, cofundador de la Long Now Foundation y, durante décadas, un puente entre la contracultura californiana y Silicon Valley. Su libro, presentado como el inicio de una obra sobre la importancia del mantenimiento, sostiene que reparar barcos, vehículos, armas, edificios o sistemas institucionales no es una tarea secundaria, sino una condición de supervivencia. En esa lectura, la revolución digital no queda exenta: también depende de cables, centros de datos, manuales, repuestos, operarios y protocolos humanos que rara vez ganan prestigio, aunque sostienen el entramado entero.

Los datos confirman la magnitud del problema. El planeta generó en 2022 un récord de 62.000 millones de kilogramos de residuos electrónicos, equivalentes a 7,8 kilos por persona, y apenas 22,3 por ciento fue recolectado y reciclado formalmente. La advertencia es aún más severa: si la tendencia continúa, el volumen podría llegar a 82.000 millones de kilogramos en 2030, mientras la tasa documentada de reciclaje seguiría rezagada. No es solo basura; es una señal de una economía que consume más rápido de lo que sabe conservar.

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Revolución Digital
Cuando falla el mantenimiento, la modernidad deja de ser promesa y se convierte en riesgo. – Ilustración DALL-E

El costo oculto de una revolución digital que desecha más de lo que repara

Ese deterioro no es un accidente aislado; es el síntoma de un modelo que recompensa reemplazar antes que conservar. Por eso la revolución digital, vendida como sinónimo de progreso limpio, también ha expandido una cultura de consumo acelerado donde aparatos complejos se vuelven desechables. Frente a esa tendencia, distintas legislaciones han empezado a facilitar la reparación de bienes y a limitar las trabas impuestas por fabricantes sobre piezas, componentes y servicios técnicos. El cambio de fondo es político: reparar está dejando de ser una opción marginal para convertirse en un derecho en disputa.

En Estados Unidos, la discusión avanza por otro carril, pero con el mismo trasfondo. El debate sobre el derecho a reparar afecta tractores, teléfonos, automóviles, electrodomésticos y equipos médicos. Cuando una empresa controla repuestos, software, herramientas y diagnósticos, el mantenimiento deja de ser un servicio y se convierte en un mecanismo de poder. Allí aparece la pregunta central: quién tiene derecho a arreglar el futuro material que todos usan.

Quién controla las piezas, el software y el derecho de prolongar la vida útil

La paradoja es aún más visible en la infraestructura pública. Los diagnósticos técnicos sobre infraestructura advierten que las economías modernas necesitan inversiones multimillonarias para evitar fallas acumuladas en transporte, energía, agua y conectividad. La revolución digital no reemplaza carreteras, puertos, agua potable, redes eléctricas ni puentes; los vuelve más sensibles a fallas. Un hospital con inteligencia artificial diagnóstica sigue dependiendo de energía estable. Un sistema logístico automatizado necesita pavimento funcional. Un Estado hiperconectado requiere mantenimiento físico e institucional.

Brand empuja además una idea incómoda para el imaginario tecnológico: la reparación no es nostalgia, es estrategia. Incluso instituciones enteras pueden entenderse desde esa lógica. Esa mirada coincide con la agenda de economía circular, que identifica la reutilización, reparación, reacondicionamiento y reciclaje como vías para reducir extracción, costos y vulnerabilidad. En ese marco, la revolución digital deja de parecer una carrera hacia lo nuevo y se convierte en un examen más complejo: saber sostener y prolongar también es innovar.

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Revolución Digital
Reparar ya no es un gesto menor: es una forma de disputar el control del futuro. – Ilustración DALL-E

Infraestructura crítica, inteligencia artificial y el riesgo de una modernidad sin mantenimiento

El problema político es que el mantenimiento casi nunca produce épica. Un puente que no cae, un servidor que no falla, una bomba de agua operativa o un teléfono que dura cinco años no ofrecen el magnetismo de un lanzamiento espectacular. Sin embargo, la estabilidad de una democracia tecnológica depende más de esa rutina invisible que de cualquier promesa publicitaria. Reparar exige presupuesto, regulación, formación técnica, cadenas de suministro y una ética pública menos obsesionada con la novedad. En ese sentido, la inteligencia artificial puede servir para diagnosticar fallas, pero no sustituirá la responsabilidad política de decidir qué merece ser preservado.

La defensa de arreglarlo todo, en el fondo, no es una consigna romántica. Es una advertencia severa para gobiernos, industrias y ciudadanos atrapados en el hechizo de la innovación sin cuidado. La pregunta excede a Stewart Brand y Lee Vinsel: si una civilización aprende a producir más rápido de lo que sabe conservar, termina consumiendo su propia base material. La inteligencia artificial puede acelerar diagnósticos, automatizar procesos y reorganizar servicios, pero ninguna herramienta resolverá por sí sola la negligencia estructural.

Arreglarlo todo ya no parece una consigna menor, sino una disputa por la supervivencia

Lo decisivo seguirá siendo lo menos glamuroso: mantener, reparar y sostener. Allí se juega la diferencia entre una modernidad funcional y una modernidad frágil. En medio del entusiasmo por la automatización, el mantenimiento aparece como la tarea silenciosa que sostiene hospitales, ciudades, redes y hogares. La inteligencia artificial puede prometer velocidad; la reparación garantiza continuidad. Y esa distinción, lejos de ser técnica, ya es una de las disputas centrales de nuestro tiempo.

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Mónica Saavedra
Mónica Saavedra
"Mercadóloga analista especializada en el cruce entre la economía global y la identidad regional. En estoyaldia.com.do, estudio las fuerzas que mueven los mercados internacionales y su repercusión directa en el bienestar y consumo de la región. Mi labor es traducir la complejidad del comercio exterior en piezas informativas con ADN latinoamericano, asegurando que el análisis de la actualidad mundial siempre aporte valor, claridad y una perspectiva propia a la audiencia."

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