La díscola política partidista venezolana ha sido un obstáculo constante para el progreso del país durante décadas. Desde la caída de la dictadura de Marcos Pérez Jiménez hasta la actualidad, los partidos políticos en Venezuela han jugado un papel determinante en la dirección del país, pero más a menudo han obstaculizado su desarrollo. Este patrón de comportamiento ha sido una de las principales causas de la crisis prolongada que enfrenta la nación, marcada por la inestabilidad económica, la polarización social y la corrupción endémica. La política venezolana, en lugar de ser un vehículo para el bienestar común, se ha convertido en una arena de lucha de poder que ha dejado a la población como la principal víctima.
José Antonio Gil Yepes, sociólogo venezolano y presidente de la encuestadora Datanálisis entre 1989 y 2011, ha sido una voz crítica en este sentido. Como colaborador asiduo del diario El Universal, Gil Yepes ha destacado en su trabajo, titulado “¿Qué será eso que llaman ‘la política’?”, cómo la política en Venezuela ha sido distorsionada para beneficiar a unos pocos en detrimento de las mayorías. Gil Yepes sostiene que, aunque en Venezuela siempre han prevalecido los criterios políticos sobre otros más importantes como el económico, esta situación ha empeorado en los últimos años. La “díscola política partidista venezolana” ha transformado la política en una forma distorsionada de gestión pública, donde el poder se ha concentrado en pocas manos, alejando cada vez más a la política de su propósito original de servir al pueblo.
Díscola política partidista venezolana
Esta distorsión alcanzó uno de sus picos más notables durante el segundo mandato de Carlos Andrés Pérez, cuando intentó cambiar las reglas de juego de un sistema ya agotado. Su enfoque hacia una política menos presidencialista, con un mayor énfasis en la privatización y la descentralización, fue visto como una amenaza por los mismos actores que habían controlado la política venezolana durante décadas. Los líderes de Acción Democrática (AD) y COPEI, los dos partidos dominantes en la era de la «Cuarta República», no estaban dispuestos a permitir que Pérez desmantelara el sistema que les había dado poder durante tanto tiempo. Al revocar su mandato, estos partidos demostraron que su lealtad estaba más con la preservación de su influencia que con el bienestar del país. La díscola política partidista venezolana, en este caso, no hizo más que proteger los intereses de una élite, mientras sacrificaba las oportunidades de modernización y progreso para la nación.

El caso de Carlos Andrés Pérez no es un hecho aislado, sino más bien un ejemplo de cómo la política en Venezuela ha sido históricamente manipulada para mantener el status quo. Durante los 40 años de la «Cuarta República», las decisiones económicas y políticas no se tomaron en lo que era mejor para el país, sino en cómo afectarían el reparto del poder entre los partidos y las élites económicas. Una de las políticas más perjudiciales fue la sobrevaluación de la moneda, que, si bien parecía beneficiosa para la población en el corto plazo, tuvo efectos devastadores a largo plazo. Esta medida, impulsada por la díscola política partidista venezolana, frenó las exportaciones privadas y destruyó la industria nacional, llevando a la quiebra a muchas empresas y dejando a millas de venezolanos sin empleo. La política, en lugar de servir para mejorar las condiciones de vida de la población, fue utilizada como una herramienta para consolidar el poder de unos pocos.
Hugo Chávez: el quiebre
La llegada de Hugo Chávez al poder en 1999 marcó un cambio significativo en la política venezolana, pero no resolvió los problemas estructurales que habían estado latentes durante décadas. Chávez, quien se presentaba como el salvador de los pobres y el destructor de la vieja política, en realidad terminó perpetuando muchas de las mismas prácticas que criticaba. La díscola política partidista venezolana, bajo su mandato, se transformó en una forma aún más concentrada de poder, con un fuerte enfoque en el presidencialismo, el estatismo y el centralismo. A pesar de sus promesas de cambio, Chávez reforzó la autocracia y el populismo, distribuyendo dádivas en lugar de implementar políticas sostenibles para mejorar la economía y reducir la pobreza. Este enfoque no hizo más que profundizar la pobreza y la corrupción en el país, dejando a Venezuela en una situación aún peor que antes.
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Por su parte, la oposición venezolana, lejos de ofrecer una alternativa viable, ha estado atrapada en la misma lógica de la política partidista. En lugar de unirse para ofrecer un frente común contra el chavismo, los partidos de la oposición han estado más preocupados por sus propios intereses y por cuotas para obtener poder individual. Esta falta de unidad y de visión ha impedido cualquier intento serio de cambio en el país. La díscola política partidista venezolana ha demostrado ser un obstáculo no solo para el gobierno, sino también para la oposición, que ha sido incapaz de articular un proyecto político que responda a las necesidades reales de la población.
No hay seres mágicos
El reciente ascenso de figuras como María Corina Machado, que ha logrado movilizar a millones de venezolanos, es un indicio de que hay un profundo deseo de cambio en la población. Sin embargo, como señala Gil Yepes, no se puede esperar que una persona, por muy popular que sea, logre unificar a una oposición fracturada y desorganizada. La díscola política partidista venezolana sigue siendo una fuerza poderosa que dificulta cualquier intento de cambio real. Para que Venezuela pueda salir de la crisis en la que se encuentra, es necesario un esfuerzo concertado por parte de todos los actores políticos para dejar atrás la política partidista y trabajar juntos por el bien común.

Aristóteles, uno de los grandes filósofos de la antigüedad, definió que la política legítima es aquella que busca el bien común, mientras que la ilegítima se orienta a beneficiar a un sector a costa de los demás. En Venezuela, la política ha caído en esta última categoría durante demasiado tiempo. La díscola política partidista venezolana ha sido utilizada como una herramienta para concentrar el poder y beneficiar a unos pocos, en detrimento de la mayoría. La única forma de revertir esta situación es volver a una política orientada al bien común, donde las decisiones se tomen calculadas en lo que es mejor para el país y no para unos pocos. Solo así Venezuela podrá romper el ciclo de pobreza, corrupción y estancamiento en el que ha estado atrapado durante décadas.
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Este reportaje ha intentado mostrar cómo la política partidista en Venezuela, lejos de ser un vehículo para el progreso, ha sido un obstáculo constante para el desarrollo del país. La díscola política partidista venezolana ha jugado en contra de los intereses de la nación durante décadas, y si no se toman medidas para corregir este curso, es probable que continúe haciéndolo en el futuro. Sin embargo, hay esperanza. La creciente demanda de cambio por parte de la población y el surgimiento de nuevos líderes podrían ser el primer paso hacia una política más inclusiva y orientada al bienestar común. Pero para que esto ocurra, es necesario que todos los actores políticos, tanto del gobierno como de la oposición, estén dispuestos a dejar de lado sus intereses personales y trabajar juntos por el bien de Venezuela.

