Henry Kissinger fue el arquitecto de una diplomacia que desafió las reglas tradicionales y que, en muchos sentidos, redefinió el equilibrio de poder en la escena global. Su enfoque, marcado por la realpolitik y una comprensión pragmática de los intereses nacionales, lo llevó a construir alianzas improbables que cambiaron el curso de la historia contemporánea.
En un mundo cada vez más multipolar, donde el poder no reside ya en una o dos superpotencias, sino en múltiples actores estatales y no estatales, el legado de Kissinger cobra una nueva relevancia. La capacidad de forjar acuerdos estratégicos entre países con intereses y sistemas políticos aparentemente antagónicos se ha convertido en una herramienta crucial para la estabilidad internacional. En este contexto, la figura de Kissinger y su habilidad para articular estas alianzas improbables resultan como una guía para las futuras generaciones de diplomáticos y estrategas.
Tiempos de alianzas improbables
Este reportaje se basa en un artículo publicado por Vicente Carrillo-Batalla, abogado egresado de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) y magíster en Leyes (LLM) de la Universidad de Harvard. Carrillo-Batalla fue ponente en la Sesión 1992 de la Academia de Derecho Internacional de La Haya, especializada en deuda externa global. Es socio-fundador y Director-Ejecutivo de diversas firmas, entre ellas MAXIMIZA CASA DE BOLSA y VITRAL ADVISORS, LLC, regulada por la SEC de Estados Unidos. Su artículo, titulado: «Kissinger y el nuevo orden mundial», fue publicado en el diario venezolano El Nacional, donde analiza el pensamiento estratégico de Kissinger sobre el papel de Estados Unidos en la geopolítica contemporánea. En este análisis, Carrillo-Batalla explora cómo las reflexiones de Kissinger, particularmente en su libro ¿Necesita Estados Unidos una política exterior? (2001), ofrecen una lectura anticipada de los desafíos y dinámicas que hoy configuran el escenario mundial.

Henry Kissinger sostenía que la diplomacia estadounidense debía centrarse en la defensa de sus intereses nacionales, pero sin perder de vista las dinámicas de poder emergentes en otras regiones. Para Kissinger, la clave no era imponer una visión hegemónica, sino encontrar puntos de convergencia que permitieran establecer un orden legítimo. Este enfoque lo llevó a buscar alianzas improbables, como la apertura diplomática hacia China bajo la presidencia de Richard Nixon en 1972, una maniobra que no solo transformó el equilibrio de poder en la Guerra Fría, sino que también configuró las bases para el crecimiento económico y geopolítico de China en las décadas posteriores. Kissinger entendía que el poder global no era un juego de suma cero; en un sistema multipolar, las alianzas estratégicas, incluso entre rivales ideológicos, eran fundamentales para mantener la estabilidad.
Kissinger previó la emergencia de orden multipolar
Carrillo-Batalla destaca que Kissinger fue un adelantado a su tiempo al prever la emergencia de un sistema multipolar. A comienzos del siglo XXI, Kissinger identificaba que Estados Unidos ya no podría ejercer un control absoluto sobre el orden internacional. La ascensión de Rusia bajo Vladimir Putin, la expansión económica y militar de China y la creciente influencia de potencias regionales como India, Brasil y Turquía estaban configurando una nueva arquitectura de poder. Para Kissinger, el desafío no era mantener el predominio absoluto de Estados Unidos, sino posicionarse de manera estratégica en un tablero donde las alianzas improbables serían la clave para preservar la seguridad y el equilibrio global. El pragmatismo fue la piedra angular de su política exterior: la diplomacia no debía estar regida por ideologías, sino por intereses nacionales y objetivos estratégicos que abordaran alianzas improbables.
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Un ejemplo paradigmático de esta estrategia fue el acercamiento de Kissinger a China. En plena Guerra Fría, cuando el bloque comunista parecía monolítico, Kissinger identificó una fractura potencial entre China y la Unión Soviética. La apertura diplomática hacia el gobierno de Mao Zedong permitió a Estados Unidos explotar esas tensiones y debilitar la posición soviética en el conflicto global. Esta improbable alianza redefinió el equilibrio estratégico en Asia y contribuyó a contener la expansión soviética en otras regiones del mundo. Kissinger no solo reconoció la oportunidad, sino que supo construir una narrativa diplomática opiniones que permitiera a ambas partes justificar el acuerdo ante sus respectivas públicas y estructuras de poder interno.
El pragmatismo en la realpolitik
Carrillo-Batalla señala que este tipo de maniobras solo son posibles en un marco de realpolitik, donde los principios ideológicos son subordinados a los intereses estratégicos. En un mundo multipolar, este enfoque es aún más relevante. Las tensiones entre Estados Unidos y China, las fracturas internas en la Unión Europea, los conflictos en Oriente Medio y la incertidumbre política en América Latina crean un entorno donde las alianzas improbables podrían convertirse en el factor decisivo para la estabilidad global. La intervención rusa en Ucrania, por ejemplo, ha generado una reconfiguración de las relaciones entre Estados Unidos, Europa y los países del Indo-Pacífico, donde acuerdos estratégicos entre actores históricamente distantes podrían definir el curso de los acontecimientos.
Para Kissinger, el concepto de «orden legítimo» implicaba la aceptación de ciertas reglas fundamentales de convivencia internacional, incluso entre rivales. La diplomacia no consistía solo en negociar acuerdos comerciales o pactos militares, sino en construir un marco normativo donde las potencias reconocieran mutuamente sus esferas de influencia y se comprometieran a respetar ciertos principios básicos de estabilidad. Este modelo recuerda al sistema de equilibrio de poder que surgió tras el Congreso de Viena en 1815, cuando las potencias europeas acordaron establecer límites a la expansión territorial y política para evitar nuevas guerras hegemónicas. La diferencia, en el caso de Kissinger, es que este orden debía construirse no entre potencias homogéneas, sino en un entorno caracterizado por la diversidad ideológica, política y cultural.

Inevitables tensiones políticas
Carrillo-Batalla subraya que Kissinger no fue ingenuo respecto a los límites de este enfoque. La diplomacia basada en la realpolitik implica aceptar que algunos conflictos no tienen solución inmediata y que las tensiones ideológicas y culturales son inherentes a las relaciones internacionales. Sin embargo, Kissinger sostenía que la clave para la estabilidad global radicaba en la capacidad de las grandes potencias para encontrar intereses comunes y establecer mecanismos de contención mutua. Las alianzas improbables, como la coalición internacional que respaldó la invasión de Irak en 2003 o el acuerdo nuclear con Irán en 2015, reflejan esta lógica pragmática de construcción de orden a través de la negociación y la convergencia estratégica.
El pensamiento de Kissinger sigue siendo objeto de debate y controversia. Sus críticos lo acusan de cinismo y de priorizar los intereses estratégicos sobre los derechos humanos y la justicia internacional. Sin embargo, Carrillo-Batalla argumenta que el legado de Kissinger radica en su capacidad para adaptar la diplomacia estadounidense a las realidades cambiantes del sistema internacional. En un mundo multipolar, donde el poder está distribuido de manera más difusa y las amenazas son más complejas, la capacidad de construir alianzas improbables será una herramienta esencial para preservar la estabilidad y evitar enfrentamientos de gran escala.
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El mundo contemporáneo enfrenta desafíos que Kissinger no pudo prever en su totalidad: el aumento de actores no estatales como grupos terroristas y corporaciones transnacionales, la crisis climática y la transformación digital del sistema económico y político global. Sin embargo, los principios fundamentales de la diplomacia kissingeriana —pragmatismo, equilibrio de poder y negociación estratégica— siguen siendo relevantes para la construcción de un orden internacional estable y funcional. La diplomacia en un mundo multipolar no puede basarse en dogmas ideológicos o en la búsqueda de hegemonía, sino en la capacidad para identificar intereses comunes y establecer marcos de convivencia pacífica entre actores con visiones y objetivos divergentes. En este sentido, el arte de las alianzas improbables es, quizás, el legado más duradero de Henry Kissinger para el siglo XXI.

