Este rechazo «transversal» a la guerra con Irán exhibe que la propaganda de Washington ya no funciona

 

La guerra entre Estados Unidos e Israel contra Irán, iniciada el 28 de febrero de 2026, ha generado en el interior de la propia sociedad estadounidense un nivel de rechazo que no tiene precedentes en la historia moderna de las intervenciones militares de Washington en Oriente Medio, y este rechazo «transversal» que atraviesa líneas partidarias, generacionales y geográficas constituye una señal de alarma política que la Casa Blanca no puede ignorar sin consecuencias electorales y de gobernabilidad de largo alcance.

Las encuestas más recientes publicadas por firmas como YouGov y recogidas por medios tan diversos como CNN, Fox News y Reuters coinciden en un dato devastador para la narrativa oficial: el apoyo popular a la ofensiva no alcanza el 40 por ciento, un umbral históricamente bajo que contrasta de forma brutal con el 80 por ciento de respaldo que tuvieron las invasiones a Irak y Afganistán a comienzos de los años 2000. Que este rechazo «transversal» no sea coyuntural sino estructural es precisamente lo que más preocupa a los estrategas del Partido Republicano, porque indica que algo fundamental ha cambiado en la relación entre los ciudadanos estadounidenses y la máquina de guerra de su propio gobierno, y este rechazo «transversal» a una nueva aventura militar en Oriente Medio podría convertirse en el factor político más determinante de cara a las próximas elecciones de medio término.

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Este rechazo «transversal» a la guerra con Irán rompe todos los récords históricos de apoyo bélico en Estados Unidos

Este reportaje se sustenta en declaraciones de especialistas en relaciones internacionales recogidas por la agencia Sputnik, en datos de encuestas publicados por YouGov, CNN, Fox News y Reuters, y en el análisis del analista político Rodrigo Duarte sobre el impacto doméstico de la guerra con Irán en la coalición electoral del presidente Trump.

Las fuentes académicas incluyen a Claudia Veiroj, internacionalista egresada de la Universidad de Buenos Aires, y a José Luis Romano, internacionalista egresado de la Universidad de la República de Uruguay, ambos con trayectoria reconocida en el análisis de política exterior estadounidense y dinámica de opinión pública en contextos bélicos.

El punto de partida del análisis es el contraste histórico que revelan los números. En 2001, tras los atentados del 11 de septiembre, el apoyo a la invasión de Afganistán superó el 90 por ciento de la población estadounidense según Gallup. En 2003, la invasión de Irak comenzó con un respaldo cercano al 72 por ciento. Ambas guerras facilitaron además la reelección del presidente George W. Bush, quien convirtió su Guerra contra el Terror en el eje central de su campaña de 2004 con notable eficacia electoral.

El contraste con el 40 por ciento actual no es solo estadístico: es la radiografía de una sociedad que ha procesado el fracaso de esas guerras y que no está dispuesta a repetir el ciclo, porque este rechazo «transversal» tiene raíces en la memoria colectiva de dos décadas de intervenciones que terminaron en retiradas humillantes y en la constatación de que los argumentos oficiales que las justificaron eran, en palabras del propio Romano, completas fabricaciones.

este rechazo
Con una deuda pública estadounidense que supera los 34 billones de dólares, una inflación acumulada superior al 20 por ciento en cuatro años y déficits crónicos en salud e infraestructura, la pregunta que millones de ciudadanos se hacen con creciente urgencia es la misma: ¿mis impuestos no deberían ir a cosas que me beneficien directamente? La intersección entre una economía doméstica bajo presión y el costo de una nueva guerra en el otro extremo del mundo explica buena parte del rechazo histórico que enfrenta la ofensiva contra Irán entre la propia población estadounidense. — Ilustración DALL-E

De Irak a Irán: cómo dos décadas de guerras fallidas destruyeron la credibilidad de Washington ante su propia ciudadanía

Para Claudia Veiroj, la explicación más profunda de este fenómeno tiene que ver con una transformación irreversible en el ecosistema informativo. Hasta hace relativamente poco, el control que Washington ejercía sobre los principales diarios y cadenas de televisión era suficiente para encuadrar cualquier intervención militar dentro de una narrativa de defensa de la democracia y los derechos humanos que la mayoría de los ciudadanos aceptaba sin mayor cuestionamiento. La irrupción de internet y las redes sociales demolió ese monopolio informativo de forma estructural y permanente.

Hoy, cualquier ciudadano puede contrastar en tiempo real la versión oficial con testimonios, datos e imágenes que el aparato mediático tradicional habría filtrado o ignorado. La guerra contra Irán se desarrolla en un entorno informativo radicalmente distinto al de las guerras del siglo anterior, y la propagación instantánea de imágenes de víctimas civiles iraníes, incluyendo los 171 niños fallecidos en el bombardeo a la escuela primaria Shajareh Tayyebeh, hace imposible sostener durante tiempo prolongado una narrativa que justifique la operación ante la opinión pública doméstica.

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Deuda récord, inflación y una guerra lejana: por qué la economía estancada convirtió el conflicto en un suicidio político

El factor económico añade una dimensión de urgencia política que los analistas describen como determinante. La deuda pública estadounidense supera los 34 billones de dólares, el costo de vida ha experimentado una inflación acumulada superior al 20 por ciento en los últimos cuatro años y la inversión en infraestructura y salud pública sigue siendo insuficiente frente a las necesidades de la población. En ese contexto, la pregunta que Veiroj articula con precisión quirúrgica resuena con fuerza creciente en la clase media estadounidense: ¿mis impuestos no deberían ir a cosas tangibles que me beneficien? Destinar cientos de millones de dólares a una operación militar en el otro extremo del mundo mientras la economía doméstica muestra señales de estancamiento es, en palabras del experto consultado por Sputnik, una muy mala estrategia política con consecuencias electorales predecibles.

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Los números no mienten: el apoyo popular a la guerra contra Irán es históricamente bajo, situándose en niveles que no tienen precedente en la memoria reciente de las intervenciones militares estadounidenses. Mientras en 2003 el 72 por ciento de los estadounidenses respaldó la invasión de Irak, hoy menos del 40 por ciento apoya la ofensiva contra Teherán. Incluso entre los votantes republicanos, el respaldo no supera el 70 por ciento, una grieta en la base electoral de Trump que los analistas describen como políticamente significativa y difícil de cerrar. — Ilustración DALL-E

Este rechazo «transversal» se profundiza con el desplome de la imagen de Israel tras 72.000 muertos en Gaza

La percepción pública sobre Israel constituye otro vector explicativo de primera importancia. José Luis Romano señala que la imagen de Israel se ha desplomado a números negativos récord en todo el mundo, incluido Estados Unidos, desde la ofensiva militar en Gaza que dejó más de 72.000 muertos según cifras oficiales, con una mayoría abrumadora de víctimas civiles. Para una proporción creciente de ciudadanos estadounidenses, apoyar una nueva guerra vinculada a Israel equivale a financiar con sus impuestos un conflicto que perciben como ajeno y cuyas motivaciones reales no corresponden a los valores que sus gobernantes invocan públicamente. Los propios funcionarios estadounidenses, señala Romano, han hecho poco esfuerzo en ocultar que esta guerra se libra en nombre de Israel, lo que complica enormemente la tarea de venderle el conflicto a una ciudadanía que ya no confía en las buenas intenciones de sus líderes ni de su prensa.

La grieta republicana: por qué casi el 30% de la base de Trump no apoya la guerra que contradice todo lo que él prometió

Quizás el dato más revelador de las encuestas sea el que registra el nivel de apoyo entre los propios votantes republicanos. Si bien la base electoral de Trump suele respaldar sus políticas en proporciones que rondan el 95 por ciento, el apoyo al ataque contra Irán entre los republicanos no alcanza el 70 por ciento en varios de los sondeos analizados.

La explicación histórica es clara: Trump construyó buena parte de su atractivo político sobre un discurso antibelicista y antiintervencionista que lo diferenció de los candidatos del establishment tanto en 2016 como en 2024, posicionándose a la izquierda de sus rivales demócratas en materia de política exterior. Para ese segmento de su base, el giro hacia una intervención militar de gran escala en Irán representa una contradicción flagrante con el Trump que eligieron, y esa decepción tiene consecuencias políticas que el analista Rodrigo Duarte describe como una grieta en la coalición que no se cierra fácilmente.

La convergencia de todos estos factores dibuja un escenario político interno complejo para la administración Trump. Una ciudadanía mejor informada, una economía bajo presión, el desprestigio acumulado de dos décadas de guerras fallidas y la erosión de la imagen de Israel como aliado confiable han creado las condiciones para que esta guerra enfrente el nivel más bajo de apoyo popular en la historia reciente de las intervenciones militares estadounidenses. La propaganda de Washington ya no funciona como funcionaba, y esa realidad tiene implicaciones que trascienden el campo de batalla para instalarse con fuerza creciente en el terreno donde todas las guerras terminan o se sostienen: el de la voluntad política de las sociedades que las financian y las padecen.

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Redacción Estoy Al Día
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