Hezbolá, el “Partido de Dios” en árabe, surgió en 1985 durante el contexto de la guerra civil libanesa, en un Líbano devastado por conflictos internos y la ocupación israelí. Esta organización chiíta, respaldada por Irán, comenzó como un movimiento de resistencia con el objetivo de expulsar a las fuerzas israelíes del Líbano, pero rápidamente se transformó en un actor político y militar clave en la región. El reciente asesinato de Hassan Nasralá, su carismático líder, ha reavivado la tensión en Medio Oriente y plantea interrogantes sobre el futuro de la organización.
Mireille Rebeiz, Directora de la Cátedra de Estudios de Oriente Medio y Profesora Asociada de Estudios Francófonos y de la Mujer, Género y Sexualidad en Dickinson College, ha seguido de cerca la trayectoria de Hezbolá. Rebeiz publicó un artículo en el portal The Conversation titulado: “¿Qué repercusión tendrá la muerte del líder de Hezbolá?”. Según la experta, el asesinato de Nasralá no solo representa un golpe significativo a la estructura del grupo, sino que también podría desencadenar una nueva escalada de violencia en Líbano y sus alrededores.
Arenas del tiempo de Hezbolá
Hezbolá, desde sus inicios, ha sido una organización definida por su capacidad de adaptarse a las circunstancias cambiantes del entorno geopolítico. Nació con la publicación de un manifiesto en 1985, en el que declaraba su intención de replicar la Revolución Iraní en el Líbano y de establecer un estado islámico chií leal al Ayatolá Jomeini. Con una visión marcada por la resistencia armada, el grupo no solo se enfocó en la lucha contra Israel, sino también en convertirse en un pilar de apoyo para las comunidades chiítas marginadas en el país. Con el tiempo, esta capacidad para combinar la lucha armada con una extensa red de servicios sociales le permitió ganar apoyo entre ciertos sectores de la población.

Durante los primeros años, la guerra civil libanesa ofreció a Hezbolá el terreno propicio para consolidarse. Su influencia fue particularmente fuerte en el sur de Líbano, donde el vacío de poder y la ocupación israelí le dieron la oportunidad de asumir un papel de liderazgo. La firma del Acuerdo de Taif en 1991, que marcó el fin de la guerra civil, planteó un nuevo desafío para la organización, ya que exigía el desarme de todas las milicias en el país. Sin embargo, Hezbolá se presentó como una fuerza de “resistencia” legítima, manteniendo su brazo armado bajo la justificación de luchar contra la ocupación israelí en el sur del Líbano.
La entrada de Hezbolá en la arena política en 1992, al obtener 12 escaños parlamentarios, marcó un punto de inflexión. La organización demostró que no solo era capaz de llevar a cabo operaciones militares, sino también de influir en la política libanesa. Esta dualidad se consolidó cuando Israel se retiró del sur del Líbano en el año 2000. Hezbolá fue celebrado por muchos como el artífice de la liberación, lo que le otorgó un estatus casi mítico entre sus seguidores. Pero la creciente influencia del grupo, que se negoció a desarmarse incluso tras el retiro israelí, generó descontento en otros sectores de la sociedad libanesa.
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Su papel en Siria
El papel de Hezbolá se amplió aún más con el estallido de la guerra civil en Siria en 2011. La organización se involucró activamente en el conflicto, enviando millares de combatientes para apoyar al gobierno de Bashar al-Assad. Esta decisión, motivada por la lealtad de Hezbolá al régimen iraní y la necesidad de mantener abierto un corredor estratégico entre Líbano y Siria, exacerbó las divisiones internas en Líbano y deterioró aún más su imagen ante la comunidad internacional. A pesar de esto, Hezbolá continuó consolidándose como una potencia militar en la región, convirtiéndose en un actor crucial en el “Eje de Resistencia” liderado por Irán.
A lo largo de los años, Hezbolá ha sido objeto de sanciones internacionales y designado como organización terrorista por Estados Unidos y varios países europeos. Su liderazgo, bajo Hassan Nasralá, siempre ha buscado proyectar una imagen de resistencia, legitimidad y defensa de los intereses del Líbano. Nasralá, quien asumió el cargo de Secretario General en 1992 tras el asesinato de Abbas al-Musawi, demostró ser un líder hábil en mantener la cohesión del grupo a pesar de las presiones externas y los desafíos internos.
La estabilidad como desafío
Sin embargo, la creciente inestabilidad en el Líbano y el auge de movimientos de protesta como la “Revolución del Cedro” en 2005 o las manifestaciones de 2019 contra la corrupción política, apuntaban a un desgaste en el apoyo popular a Hezbolá. Los críticos lo señalan como un instrumento de la política exterior iraní más que como un verdadero defensor de los intereses libaneses. Aun así, la organización mantiene su estructura intacta gracias al apoyo financiero y militar de Teherán.

El asesinato de Nasralá, en el contexto de una ofensiva israelí que también se ha cobrado la vida de otros altos comandantes del grupo, ha desatado una oleada de incertidumbre sobre el futuro de Hezbolá. Israel parece decidido a desmantelar la infraestructura del grupo, y la muerte de su máximo líder puede ser vista como el intento más audaz hasta la fecha para neutralizarlo. Pero, como ha ocurrido en el pasado, la eliminación de figuras claves de Hezbolá no siempre ha resultado en el debilitamiento de la organización.
Hay cientos de Nasralá
Mireille Rebeiz señala en su artículo que el impacto de la muerte de Nasralá dependerá de la capacidad del grupo para reorganizarse rápidamente y designar un nuevo líder que pueda mantener la unidad. Si bien Hezbolá ha perdido a su cabeza visible, su estructura descentralizada y su red de alianzas le permitirían sobrevivir a esta crisis. Por otra parte, el contexto regional también juega un papel crucial. El apoyo de Irán a Hezbolá no parece disminuir, y la respuesta del Líder Supremo iraní, Ali Jamenei, tras el asesinato de Nasralá, sugiere que Teherán redoblará sus esfuerzos para asegurar que la organización siga siendo un actor relevante.
En los últimos días, la situación en el sur del Líbano ha escalado rápidamente. Los ataques de represalia de Hezbolá contra posiciones israelíes en la frontera han sido respondidos con fuerza por el ejército de Israel. La retórica belicosa de ambos lados hace temer una nueva confrontación a gran escala, que podría arrastrar a toda la región a un conflicto aún mayor. La pregunta que muchos se hacen ahora es si Hezbolá, sin Nasralá, podrá mantener su posición como el baluarte de la “resistencia” en el Líbano o si este será el principio del fin para la organización.
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Es el “partido de Dios”
Hezbolá ha demostrado ser resiliente ante las adversidades, pero la muerte de su líder marca un antes y un después. La organización podría optar por una estrategia de escalada, atacando objetivos israelíes y estadounidenses en la región, o bien, podría replegarse temporalmente para reagruparse y fortalecer sus filas. Lo que está claro es que el asesinato de Nasralá no será la última página de la historia de Hezbolá, un grupo que, desde 1985, ha sabido reinventarse y adaptarse a un entorno cambiante.
La muerte de Nasralá, lejos de disuadir a los seguidores de Hezbolá, podría galvanizar a sus combatientes y generar un nuevo ciclo de violencia en el que la organización intentará mostrar que sigue siendo un actor relevante. Como concluye Rebeiz, el verdadero impacto de este asesinato solo se revelará con el tiempo, y el Líbano, una vez más, se enfrenta a la incertidumbre mientras la sombra de Hezbolá sigue proyectándose sobre el futuro del país.

