España hizo “preso político” hasta su muerte a un niño llamado Fernando Túpac Amaru

El 18 de mayo de 1781, en la Plaza de Armas del Cusco, un niño de tres años presenció el brutal asesinato de su familia. Sus padres, su hermano mayor y algunos de sus tíos fueron ejecutados con una crueldad inaudita por orden de la monarquía española. A su madre, Micaela Bastidas, intentó cortarle la lengua antes de colocarle un collar de hierro para destrozarle la nuca. Como su cuello era demasiado delgado, la remataron a garrotazos y patadas. A su padre, José Gabriel Túpac Amaru, lo desmembraron después de que cuatro caballos no lograran despedazar su cuerpo. Sus restos fueron esparcidos por toda la región para sembrar el terror. En medio de aquella carnicería, Fernando Túpac Amaru gritó de horror. Su voz infantil, quebrada por el miedo y la impotencia, retumbó por el Cusco y quedó marcada en la historia como el último vestigio de su linaje. A partir de ese día, la Corona lo convirtió en un prisionero perpetuo, un símbolo que debía ser silenciado hasta su muerte.

El reportaje titulado: “Las cartas olvidadas que reconstruyen la trágica vida del hijo de Túpac Amaru”, publicado en EL PAÍS de España, fue escrito por Renzo Gómez Vega, periodista y escritor peruano que ha trabajado en medios como El Comercio, La República, Hildebrandt en sus Trece y Salud con Lupa. En su investigación, Gómez Vega revela documentos hasta ahora desconocidos sobre la vida de Fernando Túpac Amaru, rescatados por la editorial peruana Isole del Archivo General de Indias de Sevilla. A través de cartas escritas por el propio Fernando, el periodista reconstruye la historia de un niño convertido en prisionero político, cuyo único delito fue ser el hijo del mayor líder indígena rebelde de Hispanoamérica.

Encono contra el niño Fernando Túpac Amaru

Fernando Túpac Amaru fue condenado al exilio. Inicialmente se dispuso que fuera enviado a África, pero la sentencia cambió y su destino final fue España. Tras una marcha de dos meses desde el Cusco hasta Lima, el niño fue encerrado en las mazmorras del castillo Real Felipe, en el puerto del Callao. Permaneció allí varios años, en condiciones inhumanas, sin contacto con el exterior y sometida a constantes torturas psicológicas. Su nombre fue borrado de los registros oficiales y su historia, deliberadamente ocultada. El objetivo era quebrarlo, erradicar cualquier atisbo de rebeldía que pudiera haber heredado de sus padres.

En medio de aquella carnicería, Fernando Túpac Amaru gritó de horror. Su voz infantil, quebrada por el miedo y la impotencia, retumbó por el Cusco y quedó marcada en la historia como el último vestigio de su linaje. Ilustración MidJourney

Los años de prisión en Perú no fueron suficientes. En 1784, Fernando fue enviado a España. Su nuevo encierro sería en el castillo de Santa Catalina, en Cádiz. Desde allí, comenzó a escribir cartas desesperadas al rey Carlos III y, más tarde, a Carlos IV, implorando misericordia. En una de ellas, fechada en septiembre de 1787, suplicaba: “A Vuestra Majestad humildemente pide y suplica que en atención a los motivos y causas deducidas, se digne de tenerle piedad y conmiseración a un vasallo rendido y sumiso que implora su real clemencia con los más vivos sentimientos de dolor. Siento que su soberana bondad se ha de mover a compasión al ver sufrir a un inocente tanto tiempo un prolongado martirio sin otro delito que haber nacido”.

“Al enemigo ni agua”

A pesar de los ruegos, Fernando Túpac Amaru siguió siendo tratado como una amenaza latente. Su educación fue restringida, aunque logró aprender gramática, aritmética y filosofía con los escolapios en Getafe y Lavapiés. Aspiraba a trabajar como contador o archivero en la Corte, pero sus peticiones nunca fueron concedidas. En 1792, cuando tenía 23 años, escribió otra súplica al monarca español: “Se digne por un efecto de su real clemencia hacerle la gracia singular de destinarle a alguna oficina que ayude al desempeño de su lealtad innata”. Esta solicitud también fue ignorada.

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Su aislamiento era absoluto. En sus cartas menciona que, en todo el tiempo que estuvo cautivo, no se le permitió oír misa, confesarse ni comulgar. Su alma, al igual que su cuerpo, se consumía en la desesperanza. “[…] con cuyo pasto espiritual se fortalece el alma para recibir de Dios sus soberanos auxilios y morir en paz, que es lo que el suplicante finge en los pocos días que le pueden quedar de vida”, escribió diez años antes de su muerte.

Sucumbió en el barrio Lavapiés

La vida de Fernando Túpac Amaru llegó a su fin el 30 de agosto de 1798, en el barrio de Lavapiés, Madrid. Tenía apenas 30 años. Oficialmente, murió de “melancolía hipocondriaca”, un diagnóstico que, en el siglo XVIII, era utilizado para describir trastornos mentales y emocionales derivados de la desesperación prolongada. Nunca se le permitirá regresar a su tierra natal. Ni siquiera fue enterrado con dignidad. Figuraba en el libro de difuntos pobres de la parroquia de San Sebastián. Se sabe que en sus últimos años sufrió graves problemas de salud y que los nueve mil reales que recibió para su manutención no le alcanzaban para pagar sus impuestos, por lo que vivió endeudado y en la pobreza extrema.

La historiadora Cecilia Méndez señala que Fernando Túpac Amaru fue víctima de un mecanismo de opresión ejemplarizante. “Si en ninguna de sus cartas se atreve a desafiar al rey, es porque sabía que su vida dependía de cuán obediente pareciera ser”, explica. La comparación con el estudio de Hannah Arendt sobre los derechos humanos en regímenes totalitarios resulta inevitable: “Un criminal tenía más derechos que un judío en la Alemania nazi”, recuerda Méndez. Lo mismo ocurrió con Fernando: su existencia estaba suspendida en una cárcel sin barrotes, un limbo en el que no podía vivir, pero tampoco morir en paz.

Fernando Túpac Amaru no murió en una batalla ni fue ejecutado en una plaza pública. Murió lentamente, consumido por el olvido, la tristeza y el encierro. Su historia, como la de miles de indígenas que resistieron la dominación española, fue silenciada. Ilustración MidJourney.

España intentó borrar la ignominia

El trabajo de rescate de las cartas de Fernando Túpac Amaru permitió reconstruir una historia que España intentó borrar. Durante siglos, el relato oficial sobre la rebelión de Túpac Amaru II se centró en la figura de su líder, dejando en la sombra a su hijo menor. La editorial Isole , junto con investigadores peruanos y europeos, ha logrado que estas cartas vean la luz en la publicaciónLas cartas de Fernando Túpac Amaru y otros documentos (1782-1798)”. Viola Varotto, una de las investigadoras, viajó al Cusco para llevar personalmente copias del libro a los descendientes de la comunidad donde comenzó la revuelta indígena. Fue el retorno simbólico del niño que jamás pudo volver.

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Fernando Túpac Amaru no murió en una batalla ni fue ejecutado en una plaza pública. Murió lentamente, consumido por el olvido, la tristeza y el encierro. Su historia, como la de miles de indígenas que resistieron la dominación española, fue silenciada. Hoy, gracias a estos documentos, su voz resurge desde las sombras para recordarnos que la independencia de América no se forjó únicamente en los campos de batalla, sino también en las celdas donde se extinguieron, en el más absoluto abandono, los hijos de quienes se atrevieron a soñar con la libertad.

 

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Redacción Estoy Al Día
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