Quemar un libro requiere 451 grados Fahrenheit: En EE.UU. y Rusia preparan el fuego

En una era en la que la tecnología ha democratizado el acceso a la información, los libros siguen siendo blancos de censura y prohibiciones en varios países. En EE.UU. y Rusia preparan el fuego, no literalmente aún, pero las restricciones que pesan sobre la literatura dan señales de un clima hostil hacia la libertad de expresión. Las bibliotecas, esos templos del conocimiento, se han convertido en trincheras de resistencia en ambas naciones, enfrentándose a un fenómeno que revive a las viejas hogueras que buscaban aniquilar ideas incómodas. Hoy, la quema de libros no se da con llamas, sino mediante estrategias políticas y legales que pretenden desaparecer ciertos títulos de los estantes, dejando tras de sí un vacío cultural y ético.

Soledad Gallego-Díaz Fajardo, periodista española de renombre y exdirectora del diario EL PAÍS, abordó esta inquietante tendencia en su artículo titulado: «Libros prohibidos en EEUU y censurados en Rusia: malos tiempos para la literatura». Publicado recientemente en el portal de EL PAÍS, el texto subraya cómo los libros, pese a su aparente fragilidad, siguen representando un desafío para quienes buscan el control absoluto sobre las ideas. Gallego-Díaz Fajardo cita a la escritora Margaret Atwood, quien afirmó que “una palabra tras otra palabra tras otra palabra es poder”. Esa cadena de palabras, encarnada en los libros, sigue desatando el deseo irrefrenable de censura, especialmente en contextos donde imaginar, pensar o criticar supone una amenaza directa al statu quo.

En EE.UU. y Rusia preparan el fuego

Con distintos matices, pero con un objetivo común, en EE.UU. y Rusia preparan el fuego: silenciar voces discordantes y limitar el acceso a perspectivas que podrían empoderar a los lectores. En Estados Unidos, este fenómeno está alimentado por una agenda política que busca prohibir títulos bajo el pretexto de proteger a los menores. Cindy Hohl, presidenta de la Asociación Americana de Bibliotecas (ALA, por sus siglas en inglés), ha denunciado que estas prohibiciones no son espontáneas, sino parte de una estrategia organizada por sectores del Partido Republicano y multimillonarios con visiones profundamente reaccionarias. Según Hohl, las listas de libros prohibidos responden a intereses políticos que buscan moldear una narrativa única, donde la diversidad de pensamiento es vista como una amenaza.

Las bibliotecas, esos templos del conocimiento, se han convertido en trincheras de resistencia en ambas naciones, enfrentándose a un fenómeno que revive a las viejas hogueras que buscaban aniquilar ideas incómodas. Ilustración MidJourney

Mientras tanto, en Rusia, las restricciones tienen un carácter más opresivo y directo. Bajo el mandato de Vladimir Putin, la Duma ha propuesto leyes que limitan severamente el acceso a libros considerados “propaganda occidental” o “literatura extremista”. En EE.UU. y Rusia preparan el fuego, pero en el caso ruso, las llamas se sienten más cercanas. Bibliotecarios como Natalia, entrevistada en un artículo de Eurozine, describe cómo algunos títulos ya han sido relegados a “colecciones cerradas” o marcados como peligrosos para el consumo público. Títulos que aborden temas relacionados con la comunidad LGTB+ o que promuevan valores democráticos son especialmente perseguidos, creando un ambiente de temor en las bibliotecas.

Medidas legales y salidas creativas

El impacto de estas medidas trasciende los estantes. En EE.UU., la ALA recauda fondos para defender judicialmente a bibliotecas pequeñas, mientras que, en Rusia, los bibliotecarios buscan soluciones creativas para preservar los libros censurados. Natalia, por ejemplo, ha sugerido crear una red clandestina en la que los lectores más comprometidos guarden estos libros en sus bibliotecas personales. La frase “todavía no hemos llegado a la temperatura de 451 grados Fahrenheit” resume la tensión en Rusia, donde los libros no se queman básicamente, pero se descartan y reciclan, borrando de forma silenciosa su existencia.

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En ambos países, la censura literaria refleja una lucha más amplia por el control de las narrativas culturales. En Estados Unidos, la novela gráfica Maus, que aborda el Holocausto, fue retirada de bibliotecas escolares por contener “lenguaje inapropiado”. En Rusia, títulos como Un verano en el campamento, escrito por Elena Malisova y Katerina Silvanova, han sido prohibidos al considerar que promueven valores ajenos a la ideología oficial. En EE.UU. y Rusia preparan el fuego, y estas acciones muestran que la persecución de los libros no es simplemente una cuestión de moralidad, sino una herramienta política que busca limitar la capacidad de los ciudadanos para cuestionar y comprender su entorno.

El destino de los autores incómodos

Los autores tampoco están a salvo. En Rusia, figuras como Borís Akunin han tenido que exiliarse para evitar represalias, mientras que otros escritores enfrentan campañas de desprestigio o son etiquetados como “agentes extranjeros”. En Estados Unidos, aunque la persecución no es tan explícita, los autores cuyos libros son prohibidos a menudo se ven inmersos en debates públicos que polarizan a la sociedad. La batalla contra la censura se libra en múltiples frentes, desde las bibliotecas y editoriales hasta las redes sociales, donde los lectores organizan campañas para defender la libertad de expresión.

Hoy, la quema de libros no se da con llamas, sino mediante estrategias políticas y legales que pretenden desaparecer ciertos títulos de los estantes, dejando tras de sí un vacío cultural y ético. Ilustración MidJourney.

En este contexto, la frase “en EE.UU. y Rusia preparan el fuego”, adquiere una connotación inquietante. No solo evoca la imagen de libros siendo destruidos, sino que señala el peligro real de perder las herramientas que permiten a las sociedades reflexionar y evolucionar. La literatura ha sido históricamente un refugio para las ideas subversivas, un espacio donde la imaginación puede desafiar las estructuras de poder. Suprimirla es equivalente a apagar una llama que, una vez extinta, deja a las sociedades en la oscuridad.

La resistencia nunca duerme

La resistencia, sin embargo, sigue viva. En Estados Unidos, los movimientos ciudadanos trabajan para mantener viva la diversidad literaria, mientras que en Rusia, los bibliotecarios actúan con discreción para proteger los libros más perseguidos. Estas acciones reflejan una verdad fundamental: los libros pueden ser prohibidos, pero las ideas que contienen son difíciles de erradicar. Como escribió Margaret Atwood, una palabra tras otra puede ser poder. Ese poder reside no solo en las páginas de un libro, sino en la voluntad de quienes luchan por preservarlo.

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En EE.UU. y Rusia preparan el fuego, pero la lucha por la libertad literaria persiste. En ambos extremos del espectro político, el acto de prohibir un libro es un recordatorio de que las palabras aún tienen el poder de cambiar el mundo. Es una lucha que no solo definirá el presente, sino que también moldeará el futuro de las ideas, la cultura y la humanidad misma.

 

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Redacción Estoy Al Día
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