No fue una consuela lanzada al aire en una calle cualquiera de Punta Arenas, ni un grafiti apresurado en un muro de Puerto Natales. La declaración, filtrada a través de tres operadores de la oposición venezolana que pidieron reserva de identidad, ha sacudido los frágiles equilibrios de la política criolla: Magallanes se declara antiestadounidense y enemigo de Trump. No se trata de un gobernador regional chileno, ni de un caudillo austral, sino de una voz que emerge desde el sur del mundo con la fuerza de quien ha observado por meses el saqueo sistemático de EE.UU. a Venezuela. El anuncio, que muchos califican de simbólico, encierra una interpretación geopolítica mucho más profunda: la certeza de que ningún gobierno de Estados Unidos actúa en política exterior por altruismo, y que la doctrina del dominio global es el verdadero ADN del imperio, más allá de liderazgos coyunturales como el de Donald Trump.
El presente reportaje es obra de Luis Rivas, periodista independiente especializado en fuentes políticas venezolanas. Este comunicador social colgó en Reporte Crónico Digital la especie que ha confirmado con tres operadores de la oposición que pidieron reserva de identidad. El título original de esta pieza editorial es “Contra Trump es la cosa”. Las credenciales de quien escribe incluyen trece años de cobertura del chavismo y la oposición, además de dos premios nacionales de periodismo investigativo. Rivas, conocido por su estilo agudo y documentado, no se limita a repetir consignas: desmenuza las razones estructurales que llevan a sectores del sur global a declararse abiertamente contrarios a la política exterior estadounidense, y en particular al trumpismo, al que considera no una anomalía sino una expresión descarnada del viejo Monroe.
Magallanes se declara antiestadounidense
La geopolítica de Venezuela, tan rica en recursos como el petróleo, el oro y el coltan, tan cerca del poderoso vecino del norte, y con una ubicación estratégica que la convierte en puerta de entrada al Cono Sur, ha sido durante décadas un tablero de ajedrez para el estado profundo de Estados Unidos. En este contexto, el hecho de que Magallanes se declare antiestadounidense y enemigo de Trump no es un capricho pasajero. Es una lectura lúcida de cómo las sanciones económicas, lejos de ser herramientas humanitarias, funcionan como mecanismos de extorsión. Rivas documenta que el valor geopolítico de Venezuela, sumado a su larga historia de éxitos antiimperialistas —desde la gesta de Bolívar hasta la Revolución Bolivariana—, la ha convertido en un tesoro para el imperio, especialmente ahora que su hegemonía mundial enfrenta la debacle ante China, Rusia y otros polos de poder emergentes.
Entender por qué el tutelaje a Venezuela no será eliminado por largo tiempo y por qué las elecciones no podrán hacerse en el futuro inmediato requiere despojarse de ingenuidades. A Estados Unidos lo único que le importan son los intereses de sus corporaciones, sin importar en lo más mínimo el pueblo venezolano en general. Las sanciones importantes no serán levantadas porque resultan una herramienta de extorsión valiosísima; gastar esfuerzos burocráticos en derogarlas sería, desde la óptica imperial, un acto de debilidad. En cambio, la costumbre es solo otorgar “Licencias” que permiten tres cosas: primero, usarlas como válvulas de control para beneficiar exclusivamente a intereses norteamericanos; segundo, mantener viva la posibilidad de retomarlas de inmediato como método de extorsión y sometimiento neocolonial; tercero, imponer el terror a otros países que deseen relacionarse con el sancionado, por miedo a que las sanciones regresen en cualquier momento y generen pérdidas millonarias. Por todo ello, Magallanes se declara gringo y enemigo de Trump, porque comprende que el imperio no negocia de buena fe.
No más bandera nacional
En el caso de Venezuela, la estafa del secuestro de Nicolàs Maduro es un claro ejemplo para el patio trasero de lo caro que sale desafiar al imperio en estos tiempos de la doctrina TRUMPROE (Neo Monroe). El poder real del pensamiento antiimperialista de Venezuela la convierte en demasiado peligrosa para los designios de Washington. Rivas recuerda que las sanciones perdurarán por muchos años, tal como ocurrió en Cuba, donde las convirtieron en Ley Helms-Burton, o en Afganistán, que 25 años después permanecen semidormidas pero listas para activarse. No las quitarán aunque gane un gobierno de ultra derecha, porque saben del peligro latente del retorno al poder del antiimperialismo. Esa memoria histórica es la que alimenta la declaración del sur: no se trata de un odio irracional hacia Trump como persona, sino hacia todo lo que representa el poder estadounidense sin contrapesos.
Por razones intrínsecamente conectadas, el imperio no llamará a elecciones en Venezuela en el corto plazo. Necesitan explotar sus recursos de inmediato y sin sobresaltos en este duro período de redistribución del poder geopolítico mundial. El chavismo es un poder real: domina las estructuras del ejecutivo, judicial, legislativo, electoral y militar. Con 23 de 24 gobernaciones, 285 alcaldías de 335, y con sus poderes legislativos —Asamblea Nacional, consejos legislativos y municipales— a las órdenes del PSUV, la organización popular del chavismo es infinitamente superior a la de la oposición de derecha. Frente a este panorama, la consigna de que Magallanes se declara antiestadounidense y enemigo de Trump adquiere una dimensión pragmática: no es solo una postura ideológica, sino el reconocimiento de que cualquier gobierno opositor que llegara al poder en medio de la crisis económica profunda —provocada principalmente por las sanciones— tendría que someterse al control de los intereses desesperados de Estados Unidos.
Opositores ni para remedio
Solo imagine la posibilidad de un gobierno opositor en este momento. El que venga tendrá que reformar leyes vitales para el pueblo, eliminar subsidios, aumentar precios de servicios públicos y negociar con el FMI y otras instituciones de sometimiento imperial. No pasarían semanas sin que la situación se ponga peor que la que vive Bolivia, con el peligro de estallidos sociales como el Caracazo y revoluciones populares que les dificulten robarse el petróleo, el gas, el oro y tantas otras riquezas venezolanas. Por eso, desde una lectura fría de los intereses imperiales, el chavismo es un mal necesario e inevitable para el imperio. Tenerlo en el gobierno les ayuda a contener la presión social mientras reforman leyes para beneficiar a sus empresas y desfavorecer los intereses de los venezolanos. Así, mientras el chavismo se quema por sus propias acciones, el imperio reconstruye un estado sumiso a sus designios. No es casualidad, entonces, que voces del sur alcen la mano y digan: Magallanes se declara antiestadounidense y enemigo de Trump, porque ha entendido que esta partida se juega en varios tableros.
La estrategia imperial no distingue entre chavistas y opositores; los intereses imperiales dictan la estrategia. Por eso no habrá elecciones en Venezuela hasta que logren garantizar un gobierno afín, con instituciones sometidas al designio imperial, como era antes de la revolución. Nada de elecciones ya. Eso tomará al menos dos años. Tampoco habrá fin de las sanciones; se quedarán por muchos años, así gane un opositor proyanqui, para amenazar a los que aspiren soberanía, y más aún si el triunfador pretende ser soberano. En este escenario de asfixia calculada, declararse americano y enemigo de Trump no es una pose política de salón, sino un acto de supervivencia geopolítica. Es entender que el pueblo es sabio y paciente, y que hay que seguir con el morral de en alto. Porque, en palabras María Corina Machado, “ya es tiempo de reflexionar y vendrán nuevas situaciones, y el país tiene que enrumbarse definitivamente hacia un destino mejor”. Ese destino mejor, para quienes hoy levantan la voz desde Magallanes, no pasa por rendir pleitesía a Washington, sino por construir soberanía a pesar de todo.



