Normalización: La forma como el cuerpo resiste a un mal que dura 100 años, o más…

La idea de normalización, concebida tradicionalmente como un mecanismo de adaptación y supervivencia, se ha vuelto una herramienta de doble filo en nuestra sociedad contemporánea. Este fenómeno, que permite a los individuos y comunidades ajustarse a circunstancias cambiantes o adversas, también puede llevar a la aceptación pasiva de situaciones, comportamientos o eventos que, de no ser por este proceso psicológico y social, serían considerados inaceptables o incluso perniciosos. En un mundo donde los desafíos globales como el cambio climático, las crisis humanitarias y la violencia se vuelven cada vez más omnipresentes, la normalización de lo anormal emerge como un tema de crucial importancia, invitándonos a reflexionar sobre cómo resistimos, adaptamos y, finalmente, aceptamos las realidades que se extienden por décadas o incluso siglos.

Este análisis se inspira en el trabajo de Amanda Ruggeri, una periodista reconocida por su capacidad para desentrañar la complejidad de temas actuales con profundidad y claridad. Trabajando para la BBC News y compartiendo sus insights en la versión en español del medio, BBCMundo, Ruggeri ha publicado recientemente un artículo titulado “Los riesgos de normalizar lo que es anormal (y cómo evitar volverse insensible)”. En su pieza, Ruggeri aborda con maestría cómo, en el ámbito de la salud mental, la violencia y la respuesta a las crisis globales, la normalización se convierte en un fenómeno que, aunque a veces beneficioso, puede también desembocar en la desensibilización y la apatía hacia problemas que requieren nuestra atención y acción urgente.

La anestesia de la normalización

La normalización de situaciones adversas o perjudiciales, mientras que en algunos casos puede ser vista como una estrategia de coping necesaria, también plantea significativos desafíos éticos y prácticos. A través de ejemplos recientes como la prolongada exposición a conflictos bélicos, la habitualidad de la violencia en barrios marginados y la creciente indiferencia hacia el cambio climático, Ruggeri ilustra cómo la constante exposición a ciertos eventos o comportamientos lleva a una habituación que reduce nuestra capacidad de reacción y, lo que es más alarmante, nuestra motivación para buscar cambios o soluciones.

Este proceso de habituación, descrito también como desensibilización, se evidencia no solo en la cobertura mediática que tiende a relegar a un segundo plano eventos continuos, sino también en la percepción pública de dichos eventos. La guerra en Ucrania e Israel-Gaza, por ejemplo, ya no ocupa los titulares principales ni es objeto de conversaciones culturales como solía ser al inicio de los conflictos. Este fenómeno se extiende a otros ámbitos, como la violencia cotidiana en comunidades marginadas, donde la normalización contribuye a un ciclo vicioso de violencia aceptada y perpetuada.

Normalización
En su pieza, Ruggeri aborda con maestría cómo, en el ámbito de la salud mental, la violencia y la respuesta a las crisis globales, la normalización se convierte en un fenómeno que, aunque a veces beneficioso, puede también desembocar en la desensibilización y la apatía hacia problemas que requieren nuestra atención y acción urgente.. Ilustración MidJourney

Un ejemplo en la pandemia

La pandemia de covid-19 ofreció un caso de estudio sobre cómo la percepción del riesgo y la ansiedad pueden fluctuar en respuesta a la normalización de cifras antes impensables de muertes y contagios. Similarmente, la exposición continua y la normalización del cambio climático han llevado a que personas en países severamente afectados lo perciban como un riesgo menor, mostrando cómo la familiaridad puede distorsionar nuestra percepción del peligro y minar la urgencia de actuar.

Frente a este escenario, Ruggeri plantea la necesidad de un equilibrio entre la aceptación de nuevas realidades y la preservación de un sentido crítico que nos permita reconocer cuándo la normalización se convierte en complacencia ante lo inaceptable. La resistencia a este tipo de normalización perniciosa implica no solo un esfuerzo individual de toma de conciencia y reflexión crítica, sino también un desafío colectivo de mantener vivas las discusiones y acciones enfocadas en abordar y resolver los problemas que, aunque normalizados, no dejan de ser urgentes y críticos.

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Adaptación en el ADN

La capacidad humana para adaptarse y normalizar situaciones extremas ha sido, sin duda, un factor clave en nuestra supervivencia y evolución. Sin embargo, esta misma capacidad nos enfrenta hoy a uno de los mayores desafíos de nuestra época: discernir cuándo la normalización deja de ser un mecanismo adaptativo beneficioso y se convierte en un obstáculo para el cambio social y la solución de problemas a largo plazo. El trabajo de Ruggeri invita a una reflexión profunda sobre cómo podemos, como sociedad, evitar caer en la trampa de la normalización nociva, especialmente en tiempos en los que la urgencia de actuar contra problemas crónicos y extendidos es más crítica que nunca.

La normalización también juega un papel ambiguo en nuestra respuesta emocional e intelectual ante las crisis. Por un lado, puede ayudarnos a mantener la calma y a proceder con nuestras vidas en situaciones de estrés prolongado; por otro, puede amortiguar nuestra percepción del riesgo y nuestra capacidad para empatizar con el sufrimiento ajeno. Este fenómeno se ha visto claramente en cómo las sociedades han respondido a las crisis prolongadas, como la pandemia de COVID-19 y los conflictos armados. Inicialmente, estas situaciones generan una gran movilización y preocupación. Sin embargo, con el tiempo, a medida que las crisis se prolongan, la intensidad de nuestras respuestas tiende a disminuir, incluso cuando las situaciones no han mejorado o, en algunos casos, han empeorado.

Violencia, pobreza y cambio climático

Esta habituación tiene implicaciones significativas para la acción colectiva. Cuando los problemas se vuelven «normales», se reduce la presión sobre los responsables de tomar decisiones para actuar. La normalización de la violencia, la pobreza, el cambio climático y otras crisis globales no solo disminuye la urgencia de las respuestas, sino que también puede llevar a una resignación paralizante. La pregunta, entonces, es cómo podemos mantener viva la urgencia de actuar sin abrumarnos ante la magnitud de los desafíos que enfrentamos.

Una estrategia propuesta por Ruggeri es el consumo consciente de medios. En lugar de permitir que la constante exposición a noticias y discursos sobre crisis nos desensibilice, podemos elegir consumir información de manera que nos mantenga informados y comprometidos, pero sin caer en la saturación. Esto podría significar diversificar nuestras fuentes de información, buscar análisis profundos en lugar de titulares sensacionalistas, y tomar descansos conscientes del bombardeo mediático para reflexionar sobre nuestra relación con los problemas mundiales.

Otra propuesta es la acción directa y el compromiso continuo con las causas que nos importan. Frente a la normalización de lo inaceptable, podemos contraatacar con «resistencia lenta», un término que Ruggeri usa para describir acciones cotidianas y sostenidas que, aunque pequeñas por sí solas, pueden sumar a un cambio significativo a largo plazo. Esto incluye desde la educación y la concienciación sobre temas críticos hasta el apoyo constante a organizaciones y movimientos que trabajan por el cambio.

Mantener nuestra humanidad

La lucha contra la normalización nociva es, en esencia, una lucha por mantener nuestra humanidad ante la adversidad prolongada. Requiere de un equilibrio entre aceptar la realidad de nuestras circunstancias para poder vivir nuestras vidas, y al mismo tiempo mantener una actitud crítica y un compromiso activo con el cambio. En este sentido, el trabajo de Amanda Ruggeri no solo nos alerta sobre los riesgos de la normalización, sino que también nos ofrece pistas sobre cómo podemos navegar estos tiempos complejos sin perder de vista lo que es verdaderamente importante.

La normalización es un fenómeno con muchas caras, que puede ser tanto un mecanismo de supervivencia como un obstáculo para el cambio. La clave está en cómo gestionamos este proceso, cómo equilibramos la necesidad de adaptarnos con la necesidad de mantenernos alerta y comprometidos con la construcción de un mundo mejor. A través de la reflexión crítica, la acción sostenida y el consumo consciente de medios, podemos resistir la tendencia a normalizar lo anormal y, en su lugar, cultivar una sensibilidad que nos impulse hacia la acción y el cambio. En este esfuerzo, las palabras y análisis de Amanda Ruggeri se convierten en una guía valiosa para navegar los desafíos de nuestra época, recordándonos que, aunque no hay mal que dure cien años, es nuestra responsabilidad asegurarnos de que nuestro cuerpo y nuestra sociedad resistan no solo adaptándose pasivamente, sino luchando activamente contra la aceptación de lo inaceptable como la nueva norma.

Este enfoque activo hacia la resistencia y el cambio es particularmente relevante cuando consideramos el concepto de «violencia lenta», un término que describe los efectos acumulativos y a menudo invisibles de problemas como la contaminación ambiental, el cambio climático y las desigualdades sociales. Estos problemas no estallan con la inmediatez de una crisis aguda, pero sus efectos se extienden a lo largo de décadas o incluso siglos, erosionando la calidad de vida, la salud y el bienestar de innumerables individuos y comunidades. La normalización de esta violencia lenta es quizás uno de los mayores peligros que enfrentamos, ya que socava la percepción de urgencia necesaria para motivar la acción y el cambio a gran escala.

Normalización
A través de ejemplos recientes como la prolongada exposición a conflictos bélicos, la habitualidad de la violencia en barrios marginados y la creciente indiferencia hacia el cambio climático, Ruggeri ilustra cómo la constante exposición a ciertos eventos o comportamientos lleva a una habituación que reduce nuestra capacidad de reacción. Ilustración MidJourney.

Educar sobre impactos invisibles

En este contexto, la resistencia lenta sugiere un camino hacia adelante. Significa comprometerse con acciones cotidianas que, aunque puedan parecer insignificantes en el corto plazo, acumulan un potencial transformador a largo plazo. Significa también educar a otros y a nosotros mismos sobre los impactos invisibles pero profundos de nuestras acciones y decisiones. Al tomar medidas concretas, ya sea reduciendo nuestro consumo, apoyando políticas sostenibles o involucrándonos en iniciativas comunitarias, podemos comenzar a deshacer la normalización de estos problemas y trabajar hacia soluciones sostenibles.

Además, la idea de tomar distancia emocional de las circunstancias para poder verlas con ojos frescos es un recurso valioso en la lucha contra la normalización. Esta perspectiva nos permite reevaluar situaciones que hemos llegado a aceptar como normales y reconocer la necesidad de cambio. Por ejemplo, hablar con alguien que vive en un contexto cultural o social diferente al nuestro puede ofrecernos nuevas perspectivas sobre lo que hemos normalizado en nuestra propia vida y comunidad. Este intercambio de experiencias y visiones puede ser un poderoso catalizador para el cambio personal y colectivo.

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Ruggeri también resalta la importancia de la acción habitual como un antídoto contra la normalización. Establecer rutinas de acción, como escribir regularmente a representantes políticos o contribuir a organizaciones benéficas, puede convertir el compromiso con el cambio en una parte integral de nuestras vidas, en lugar de algo que hacemos de manera esporádica cuando nos sentimos particularmente motivados. Esta aproximación sostiene que el cambio duradero requiere no solo pasión, sino también perseverancia y constancia.

Superación de lo “inamovible”

Finalmente, el artículo de Ruggeri nos recuerda que, a lo largo de la historia, muchas situaciones que alguna vez se consideraron inamovibles e insuperables fueron transformadas por la acción colectiva y el rechazo a aceptarlas como normales. Desde el comercio global de esclavos hasta la política de apartheid en Sudáfrica, la historia está repleta de ejemplos de cómo la resistencia persistente puede derribar incluso las estructuras más arraigadas de opresión e injusticia.

La normalización de lo que es inherentemente dañino o injusto representa uno de los desafíos más significativos de nuestra época. Sin embargo, a través de una combinación de acción sostenida, conciencia crítica y compromiso con el cambio, es posible resistir esta tendencia y trabajar hacia un futuro en el que la aceptación pasiva del status quo ya no sea la norma. La obra de Amanda Ruggeri nos ofrece no solo una crítica perspicaz de cómo ocurre la normalización en nuestras vidas y sociedades, sino también una hoja de ruta esperanzadora sobre cómo podemos, individual y colectivamente, comenzar a revertirla.

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Redacción Estoy Al Día
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