En una época en la que la fe y la política se entrelazan de maneras cada vez más complejas, una práctica inusual ha cobrado relevancia en el escenario político estadounidense. Se trata de la venta de biblias como estrategia para comprar votos, un método que ha encontrado un nicho particular dentro del Partido Republicano. Esta táctica no solo refleja el ingenio político en su búsqueda de influencia y poder, sino que también revela una profunda transformación en el panorama religioso y cultural de Estados Unidos.
La estrategia se origina en una observación simple pero profunda: la religión, y en particular el cristianismo, continúa jugando un papel central en la vida política estadounidense, a pesar de los signos de un declive en la práctica religiosa tradicional. Mark S. Mellman, presidente de religión y veterano encuestador de figuras políticas de alto perfil, ha documentado esta tendencia en su artículo para The Hill, «Mellman: el poder político de la religión». En este, Mellman destaca cómo figuras como Donald Trump, cuyo historial de fe es, cuanto menos, discutible, han podido movilizar a electorados profundamente religiosos a su favor. Trump, a pesar de su escasa afiliación con los valores tradicionales cristianos, ha logrado convertir la venta de biblias en un símbolo potente de compromiso con los votantes religiosos, una jugada que resume de manera única la actual coyuntura política y religiosa de la nación.
Biblias para comprar votos
La venta de biblias para comprar votos por parte de figuras políticas como Trump se inscribe en un contexto más amplio de declive en la afiliación religiosa entre los estadounidenses. Datos de Gallup indican que, mientras que en las décadas de 1950 y 1960 menos del 4% de los estadounidenses afirmaban no tener ninguna afiliación religiosa, esta cifra ha aumentado significativamente, llegando al 22% el año pasado, con otras encuestas sugiriendo incluso un 27%. Entre los menores de 30 años, el porcentaje de quienes declaran no tener ninguna afiliación religiosa asciende al 35%. A pesar de estos cambios, el 45% de los estadounidenses todavía considera que la religión es «muy importante» en sus vidas, un descenso notable desde el 70% registrado en 1965, pero aún significativo.

En este panorama de transformación religiosa, el Partido Republicano ha encontrado en los votantes religiosos un pilar fundamental para su base electoral. Mientras que el porcentaje de demócratas y de independientes que se consideran «religiosos» es del 37% y 44% respectivamente, un notable 61% de republicanos describe la religión como una descripción apta de sí mismos. Esta fuerte identificación con la religión entre los republicanos se refleja también en su comportamiento electoral; en 2020, el 37% de los republicanos afirmaba creer en la verdad literal de la Biblia, en contraste con solo el 18% de los demócratas y el 21% de los independientes. Este compromiso con la fe se traduce en una participación más frecuente en servicios religiosos y, según las encuestas a pie de urna, en un apoyo abrumador a candidatos republicanos entre quienes asisten regularmente a la iglesia.
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Electorado religioso es apetecible
Los datos sugieren que este apoyo religioso no es trivial; sin el comportamiento electoral único de los evangélicos blancos y otros grupos religiosos, figuras como Donald Trump posiblemente no habrían alcanzado la presidencia. La venta de biblias, en este contexto, no es solo un gesto simbólico, sino una táctica calculada para consolidar y expandir esta base de apoyo vital. A pesar de la disminución general en la práctica religiosa, el Partido Republicano ha demostrado que la fe sigue siendo una fuerza poderosa en la política estadounidense, capaz de movilizar a votantes y decidir elecciones.
Este fenómeno plantea preguntas importantes sobre el futuro de la política y la religión en Estados Unidos. ¿Puede la venta de biblias y otras estrategias similares compensar el declive en la afiliación religiosa tradicional? ¿Cómo impactará esta dinámica la identidad política y religiosa de futuras generaciones de estadounidenses? Y, quizás lo más crucial, ¿hasta qué punto la fe seguirá siendo instrumentalizada por los políticos en busca de una simbólicamente acción de comprar votos?
El desafío está en los jóvenes
Mientras el Partido Republicano continúa apelando a los votantes religiosos, también enfrenta el desafío de adaptarse a un panorama cultural en constante evolución. La estrategia de vender biblias para comprar votos, aunque efectiva en el corto plazo, podría necesitar reinventarse para mantener su eficacia en un contexto donde la noción misma de religiosidad está cambiando. La creciente proporción de jóvenes sin afiliación religiosa señala hacia un futuro en el que las apelaciones basadas puramente en la identidad religiosa tradicional podrían perder resonancia.

Sin embargo, el éxito de esta táctica también resalta la profunda intersección entre religión y política en Estados Unidos, un país donde la fe todavía juega un papel fundamental en la esfera pública y privada. A pesar de la secularización en curso, la religión no solo continúa siendo un marcador de identidad política importante, sino que también sirve como un poderoso vehículo para la movilización electoral. En este sentido, la venta de biblias por parte de políticos republicanos no es solo un medio para asegurar votos, sino también una afirmación de la persistencia de la religión como fuerza cohesiva en la política estadounidense.
Diálogo ampliado
Además, este enfoque estratégico revela cómo los partidos políticos pueden, y a menudo lo hacen, reflejar y moldear las tendencias culturales y religiosas de la sociedad. Al comercializar biblias, el Partido Republicano no solo está apelando a la fe existente de su base, sino que también está participando en un diálogo más amplio sobre la naturaleza y el lugar de la religión en la vida estadounidense contemporánea. Esta interacción entre política y religión, lejos de ser unidireccional, es una dinámica recíproca donde cada una influye en la otra.
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La instrumentalización de la religión en la política estadounidense, especialmente evidente en la venta de biblias como estrategia para asegurar o comprar votos, plantea preguntas éticas y prácticas. Mientras algunos pueden ver en ella una manipulación cínica de la fe para fines políticos, otros la consideran una expresión legítima de valores compartidos entre candidatos y electores. Lo que es indiscutible es que esta estrategia ha demostrado ser efectiva, subrayando el papel central que la religión continúa desempeñando en el tejido político y social de Estados Unidos.
La práctica de vender biblias para comprar votos encapsula las complejidades de la política estadounidense contemporánea, donde la religión sigue siendo una moneda de cambio valiosa. A medida que Estados Unidos avanza hacia un futuro incierto, marcado por el cambio demográfico y la secularización, la capacidad del Partido Republicano para mantener su influencia entre los votantes religiosos será fundamental. Sin embargo, esto también requerirá una reflexión profunda sobre cómo la fe y la política pueden coexistir de manera que respete tanto la diversidad religiosa como el compromiso democrático del país. En este delicado equilibrio, el futuro político de Estados Unidos podría estar en juego.

