Jimmy Carter, el 39º presidente de los Estados Unidos, y Margaret Renkl, la columnista sureña de The New York Times, nunca se conocieron en persona cuando eran jóvenes. Sin embargo, sus vidas parecen entrelazadas por un sentido común de identidad y responsabilidad compartida. En una reciente columna titulada “Carta abierta a Jimmy Carter en su centenario”, Renkl reflexiona sobre cómo la vida y el legado del exmandatario la impactaron profundamente, desde sus años como universitario hasta el presente. Este relato no es simplemente un tributo a la longevidad de Carter, sino una declaración de admiración hacia un hombre cuya figura se erige como un faro moral en una era de creciente incertidumbre política.
Margaret Renkl, quien colabora habitualmente con The New York Times, es conocida por su estilo literario evocador y por su capacidad para entrelazar temas de naturaleza, política y vida cotidiana del Sur de Estados Unidos. Autora de libros como “The Comfort of Crows: A Backyard Year” y “Graceland, at Last”, Renkl ha sido una voz prominente en la exploración de la compleja identidad sureña. En su “Carta abierta a Jimmy Carter en su centenario”, publicada en el influyente periódico neoyorquino, comparte una perspectiva íntima y reflexiva sobre cómo la figura de Carter modeló su pensamiento. La pieza editorial utiliza la historia de Carter para hilvanar una narrativa de perseverancia y principios que ha influido en las generaciones que han crecido observando su trayectoria.
Los 100 años de Jimmy Carter
Jimmy Carter, conocido por su estilo afable y su enfoque humanitario, a menudo ha sido subestimado por su presidencia y sobrevalorado por su trabajo post-presidencial. Sin embargo, ambos aspectos de su vida son partes intrínsecas de un mismo ethos. En su carta, Renkl describe cómo Carter, tras perder la reelección ante Ronald Reagan en 1981, no se dejó abatir por la derrota, sino que regresó a Plains, Georgia, con una energía renovada para servir de otras maneras. Renkl narra con sensibilidad cómo ella, apenas una joven universitaria de 18 años en Alabama, sentía una conexión intangible con el hombre que alguna vez había ocupado el cargo más alto de la nación. “Nadie, excepto un adolescente en medio de un cambio convulsivo en la visión del mundo, podría decir que somos dos gotas de agua”, escribió. No obstante, la profunda admiración que sentía hacia Carter quirúrgica de un lugar de identificación con su lucha interna: ambos sureños, ambos en el sur profundo, y ambos, en algún momento, sintiéndose forasteros en su propia tierra.

El Jimmy Carter que se presenta en el texto de Renkl no es solo un ex presidente, sino un símbolo de lo que significa la constancia moral y el liderazgo basado en valores. Carter, quien creció en el sur segregado de Jim Crow, eligió conscientemente desafiar las normas de la época. “Se acabó el tiempo de la discriminación racial”, dijo durante su toma de posesión como gobernador de Georgia en 1971, sorprendiendo a quienes esperaban un discurso menos comprometido. Margaret Renkl subraya cómo este momento resonó a través de las décadas, mostrando a los sureños blancos, como ella misma, que era posible abrazar una visión del mundo que trascendiera la división racial y la intolerancia. Para Renkl, la valentía de Carter no fue solo política, sino existencial. “Usted comprendió la injusticia que existía, y aun así eligió luchar en vez de conformarse”, escribió con una sinceridad que atraviesa las páginas.
El hombre de las dificutades
La conexión entre Carter y Renkl se vuelve aún más palpable cuando la columnista recuerda las difíciles circunstancias que enfrentó al presidente durante su mandato: la crisis de los rehenes en Irán, las tensiones en Oriente Medio y la escasez de combustible que marcó el final de la década de 1970. Jimmy Carter, un hombre que había previsto los desafíos ambientales y energéticos del futuro, se encontró con un país que no estaba dispuesto a hacer los sacrificios necesarios para un cambio duradero. “Les pido, por su bien y por la seguridad de su nación, que no hagan viajes innecesarios, que utilicen vehículos compartidos o el transporte público siempre que puedan”, dijo Carter en su famoso discurso sobre la crisis energética. Fue un llamado a la responsabilidad colectiva que cayó en oídos sordos, pero que Renkl, incluso décadas después, sigue reconociendo como visionario.
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Margaret Renkl continúa el relato destacando la impresionante cantidad de iniciativas que Carter emprendió como exmandatario. Desde la fundación del Centro Carter, que se ha dedicado a promover los derechos humanos y erradicar enfermedades prevenibles, hasta su compromiso inquebrantable con Hábitat para la Humanidad, Carter ha demostrado con creces que la influencia de un presidente no termina con el cese de su mandato. “A través del Centro Carter y Hábitat para la Humanidad, usted ha tenido la presidencia más larga e influyente de la historia de Estados Unidos”, escribe Renkl. Es un reconocimiento a la habilidad de Carter para redefinir el papel de un expresidente y usar su plataforma para inspirar a otros a actuar.
Un sabio martillo en mano
Una de las imágenes más potentes que evoca Renkl en su carta es la de un Carter nonagenario, martillo en mano, ayudando a construir casas para los necesitados a pesar de su delicada salud. “Me dieron 14 puntos en el frente”, bromeó Carter durante un evento de Hábitat para la Humanidad en Nashville, “pero tenía una prioridad número uno, y era venir a ayudar a construir estas casas”. Tenía 95 años en ese momento. Renkl no puede evitar maravillarse de cómo Carter, incluso frente a sus limitaciones físicas, nunca permitió que sus principios fueran obstaculizados por las circunstancias.

Al cerrar su carta, Margaret Renkl reflexiona sobre la durabilidad de los ideales de Carter. A medida que Estados Unidos se sumerge en tiempos de polarización extrema y cinismo político, la vida de Jimmy Carter se convierte en un recordatorio de que los verdaderos líderes son aquellos que, a pesar de los obstáculos, nunca pierden de vista el bien mayor. Para Renkl, Carter representa una rara combinación de bondad, integridad y devoción a la verdad que es cada vez más difícil de encontrar en la política moderna. “Incluso, en los días buenos, de fe en el país que amas”, concluye. Su carta es tanto un tributo como un recordatorio de que las acciones hablan más que las palabras, y de que, en el gran esquema de las cosas, el legado de Carter seguirá brillando mucho después de que su tiempo en la Tierra haya terminado.
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Al final, la historia de Jimmy Carter y Margaret Renkl no se trata de dos individuos separados por el tiempo y el espacio, sino de dos espíritus que, en algún momento, se encontraron en un mismo camino. Carter, el presidente que no tuvo miedo de desafiar a su propio partido ya su propia base, y Renkl, la escritora que encontró en su historia un modelo de coraje moral. Así, en sus propias palabras, Carter y Renkl son realmente “dos gotas de agua”, compartiendo la misma corriente de esperanza en un mundo que a menudo parece olvidarse de lo que realmente significa ser humano.

