La desertificación avanza sobre amplias franjas del planeta y pone a prueba la capacidad de respuesta de las economías emergentes más influyentes del mundo. En ese escenario, los países BRICS enfrentan un desafío compartido: territorios agrícolas que pierden fertilidad, comunidades rurales desplazadas por la escasez de agua y ecosistemas que se degradan a un ritmo que las políticas públicas apenas logran contener.
Brasil, Rusia, India, China, Sudáfrica y los nuevos miembros del bloque —entre ellos Egipto, Etiopía, Irán, Emiratos Árabes Unidos y Arabia Saudita— concentran porciones significativas de las tierras áridas y semiáridas del planeta, lo que convierte a los países BRICS en un laboratorio obligado para probar fórmulas de resiliencia climática. La pregunta de fondo ya no es si la sequía seguirá expandiéndose, sino si las inversiones conjuntas y los programas ecológicos anunciados en los últimos años podrán revertir, o al menos frenar, una tendencia que amenaza la seguridad alimentaria de miles de millones de personas.
El avance silencioso de la sequía en el bloque emergente
La información de base para este reportaje proviene de TV BRICS, plataforma multimedia especializada en la cobertura de las economías del bloque, que en un artículo reciente abordó los esfuerzos conjuntos contra el avance de las tierras áridas bajo el título «Resiliencia climática de los BRICS: ¿qué frenará el avance de las tierras áridas?». El medio, que cuenta con corresponsales y analistas dedicados al seguimiento de la cooperación ambiental entre los países miembros, documentó cómo los gobiernos del bloque han comenzado a coordinar inversiones en proyectos de restauración de suelos, manejo hídrico y agricultura resiliente, con el propósito de mitigar los efectos de un fenómeno que no respeta fronteras ni niveles de desarrollo económico.
El fenómeno de la desertificación no es nuevo, pero su aceleración en la última década ha forzado a los gobiernos a replantear estrategias que antes se consideraban suficientes. China, por ejemplo, ha sostenido durante décadas un programa de forestación conocido como la Gran Muralla Verde, destinado a contener el avance del desierto de Gobi hacia zonas agrícolas productivas. India, por su parte, enfrenta presiones similares en sus regiones occidentales, donde la sobreexplotación de acuíferos ha reducido drásticamente la disponibilidad de agua para el riego. Estos casos ilustran que, dentro de los países BRICS, la respuesta a la crisis hídrica no parte de cero, sino que se apoya en experiencias previas que ahora buscan escalar mediante la cooperación multilateral.
China e India: décadas de experiencia frente al desierto
Brasil aporta al bloque una perspectiva distinta, centrada en la protección de biomas como el Cerrado y la Caatinga, ambos vulnerables a la expansión de la frontera agrícola y a ciclos de sequía cada vez más severos. Las autoridades brasileñas han impulsado programas de reforestación y de agricultura de bajo impacto, aunque persisten tensiones entre la necesidad de producir alimentos para la exportación y la urgencia de conservar los suelos. Sudáfrica, mientras tanto, enfrenta uno de los escenarios más críticos del continente africano, con regiones enteras que han visto reducirse sus reservas de agua dulce a niveles históricamente bajos, lo que ha obligado a las autoridades a declarar emergencias hídricas en varias provincias.
La incorporación de nuevos miembros al bloque ha añadido una dimensión adicional al problema. Etiopía, por ejemplo, ha sido escenario de algunas de las sequías más prolongadas registradas en el Cuerno de África, con consecuencias humanitarias que se extienden a países vecinos. Egipto enfrenta presiones sobre el caudal del Nilo, agravadas por disputas regionales sobre el uso de sus aguas. Estos casos demuestran que la expansión del bloque no solo amplía su peso económico y geopolítico, sino que también multiplica la complejidad de los desafíos ambientales que sus integrantes deben enfrentar de manera coordinada.
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Nuevos miembros, nuevos riesgos ambientales: los países BRICS
Frente a este panorama, los países BRICS han comenzado a explorar mecanismos financieros conjuntos para sostener proyectos de restauración ecológica a largo plazo. El Nuevo Banco de Desarrollo, creado por el bloque como alternativa a las instituciones financieras tradicionales, ha incrementado paulatinamente su cartera de préstamos destinados a infraestructura hídrica y energías limpias.
Analistas citados por TV BRICS sostienen que estos fondos podrían convertirse en una herramienta clave para financiar tecnologías de riego eficiente, sistemas de alerta temprana ante sequías y programas de capacitación agrícola adaptados a climas extremos, aunque advierten que los montos comprometidos hasta ahora resultan insuficientes frente a la magnitud del problema.
El Nuevo Banco de Desarrollo como herramienta financiera
La cooperación científica también ocupa un lugar central en esta agenda. Universidades y centros de investigación de los distintos países miembros han comenzado a intercambiar datos satelitales y modelos climáticos que permiten anticipar con mayor precisión el avance de las zonas áridas.
Esta colaboración técnica busca superar la fragmentación que históricamente ha caracterizado los esfuerzos individuales de cada nación, sustituyéndolo por un enfoque integrado capaz de identificar patrones regionales y diseñar respuestas más efectivas. Sin embargo, persisten obstáculos logísticos y políticos que dificultan la implementación uniforme de estas iniciativas en territorios con realidades institucionales muy distintas.
Ciencia compartida para anticipar la crisis: los países BRICS
No obstante los avances anunciados, persisten dudas sobre la velocidad de implementación de estos programas frente a la urgencia del problema climático. Especialistas consultados por medios especializados advierten que, sin un financiamiento sostenido y una voluntad política constante, las iniciativas anunciadas corren el riesgo de quedar en el plano declarativo.
La experiencia de otros bloques regionales con problemas similares demuestra que la brecha entre el anuncio de proyectos ambientales y su ejecución efectiva suele ser amplia, especialmente cuando intervienen múltiples gobiernos con prioridades económicas distintas y ciclos políticos que no siempre coinciden con los tiempos que exige la restauración ecológica.
La brecha entre el anuncio y la ejecución
El futuro de la resiliencia climática del bloque dependerá, en gran medida, de la capacidad de sus miembros para traducir los compromisos multilaterales en acciones concretas dentro de sus propios territorios. La desertificación no distingue entre potencias económicas y economías emergentes, y su avance continuará erosionando suelos productivos mientras los mecanismos de cooperación tardan en consolidarse.
En ese sentido, el desafío que enfrentan los países BRICS no se limita a contener un fenómeno físico, sino a demostrar que la cooperación Sur-Sur puede convertirse en un modelo eficaz frente a una crisis que, de no atenderse con decisión, amenaza con redefinir el mapa agrícola de buena parte del planeta en las próximas décadas.



