Desde su regreso a la Casa Blanca, Donald Trump ha insistido en que su política energética reducirá los costos para los estadounidenses. Sin embargo, diversas voces advierten que algunas de sus estrategias podrían tener el efecto contrario. Entre ellas, se encuentra la imposición de aranceles a las importaciones de petróleo canadiense, una decisión que, en lugar de abaratar los combustibles, podría aumentar el precio de la energía para los consumidores. Además, la tendencia global hacia la diversificación energética y la reticencia de las empresas a incrementar su producción de petróleo podrían frenar los efectos esperados de su plan. En este escenario, la reversión de licencias como la concedida a Chevron en Venezuela y el desmantelamiento de regulaciones no garantizan el resultado prometido por el expresidente.
El economista senior y director de economía y libertad económica del Instituto Americano de Investigación Económica, Peter C. Earle, analizó recientemente esta problemática en un artículo titulado: “Más perforaciones” no es la solución que Trump espera, publicado en The Hill . En su escrito, Earle explica que el enfoque de Trump en la independencia energética y el aumento de la producción petrolera no necesariamente conllevará una disminución de los precios. Las dinámicas del mercado global y las estrategias de inversión de las grandes compañías petroleras juegan un papel clave que podría contradecir la narrativa de la administración republicana.
Aumentar el precio de la energía
A pesar de que Estados Unidos es el mayor productor de petróleo del mundo, la política de expandir la perforación no altera significativamente el equilibrio del mercado. El problema radica en que los precios del crudo, y no las regulaciones gubernamentales, son el principal factor que motiva la inversión de las empresas en nuevos proyectos. Si el costo del petróleo no se mantiene muy por encima de los 70 dólares por barril, difícilmente se verá un aumento en la producción que pueda traducirse en menores costos para los consumidores. Además, el fracking, el método más utilizado para extraer petróleo de esquisto en Estados Unidos, conlleva costos operativos elevados. Requiere inversión constante para mantener la producción, lo que desalienta a las empresas a expandir sus operaciones en un contexto de incertidumbre. Ante este panorama, el intento de la administración Trump de incentivar más perforaciones podría ser insuficiente y, peor aún, terminar por aumentar el precio de la energía en lugar de reducirlo.

Otro factor a considerar es la decisión de Trump de imponer un arancel del 10% a las importaciones de petróleo canadiense, una medida que podría generar un efecto adverso en los consumidores estadounidenses. Canadá es el principal proveedor de crudo de Estados Unidos, y las refinerías del Medio Oeste dependen en gran parte de su petróleo. Un arancel elevaría los costos para las refinerías, lo que se traduciría en precios más altos en la gasolina y otros productos derivados. Además, si el gobierno canadiense responde con aranceles de represalia, el suministro energético se verá aún más afectado, aumentando la volatilidad en los precios. En este sentido, la estrategia comercial de Trump parece contradecir su objetivo de hacer que la energía sea más accesible para la población.
Adicto a las negociaciones hostiles
En cuanto a la política internacional, la administración republicana ha mostrado una postura agresiva con Venezuela, revirtiendo la licencia otorgada a Chevron para operar en el país sudamericano. Según Alejandro Terán, analista en geopolítica energética, esta medida responde más a una estrategia de negociación hostil, una de las tácticas que Trump ha empleado a lo largo de su carrera. “No se trata de un tema de principios ni de derechos humanos, sino de una presión para condicionar a Maduro y buscar concesiones en materia política y comercial”, afirmó Terán. Sin embargo, el impacto de esta decisión podría afectar a los consumidores estadounidenses, ya que Chevron jugó un papel clave en la importación de crudo pesado venezolano, utilizado por refinerías de la costa del Golfo. Al restringir ese suministro, es probable que el mercado se vuelva más dependiente de fuentes más costosas, lo que contribuiría a aumentar el precio de la energía para los estadounidenses.
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Aunque Trump ha levantado restricciones a la perforación en tierras federales y áreas marinas, la historia demuestra que este tipo de medidas no garantizan un aumento inmediato de la producción. Durante su primer mandato, la industria petrolera ignoró en gran medida iniciativas similares, enfocándose en proyectos de esquisto ya conocidos que ofrecían menos riesgos y mayores rendimientos. Las compañías petroleras se basan en sus decisiones en estudios de mercado a largo plazo y no en cambios regulatorios momentáneos. Además, el costo del capital sigue siendo alto, ya que las tasas de interés han alcanzado niveles históricos desde 2007. Sin un incentivo claro para expandir la producción, es poco probable que las promesas de más perforaciones resulten en beneficios tangibles para los consumidores.

Diversificación de inversiones
Paralelamente, la transición hacia fuentes de energía más limpias sigue avanzando, afectando la demanda de combustibles fósiles. A pesar de que el gobierno de Trump prioriza la explotación petrolera, muchas empresas han comenzado a diversificar sus inversiones en energías renovables y en sectores como la inteligencia artificial aplicada al análisis de perforaciones. Esta tendencia refuerza la idea de que un enfoque unilateral basado en la extracción de petróleo puede no ser la solución definitiva para garantizar precios bajos. Si bien la desregulación puede facilitar ciertas operaciones, no basta por sí sola para impulsar un auge petrolero.
La relación entre política y mercado es compleja, y aunque Trump presenta su estrategia como un camino seguro hacia la estabilidad energética, diversos factores indican que sus decisiones podrían ser contraproducentes. La combinación de aranceles a las importaciones, la reversión de licencias internacionales y la incertidumbre sobre la inversión privada podrían derivar en un efecto contrario al esperado. Mientras la administración republicana busca posicionarse como defensora de los consumidores y del crecimiento económico, sus propias políticas podrían terminar por aumentar el precio de la energía, afectando directamente a la base electoral que respalda la agenda de independencia energética.
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En última instancia, el impacto de las medidas de Trump dependerá de cómo los actores del mercado y los gobiernos extranjeros respondan a sus políticas. Si los aranceles generan represalias comerciales, si las empresas se resisten a expandir la perforación y si la demanda global sigue desplazándose hacia fuentes alternativas, la promesa de combustibles más baratos podría quedar en el aire. El reto para la administración republicana será encontrar un equilibrio entre su agenda política y las realidades económicas, sin caer en decisiones que terminen perjudicando a los propios ciudadanos a los que busca beneficiario.

