Suicidarse en Groenlandia podría ser una forma de guerra de los nativos contra los colonizadores

Suicidarse en Groenlandia no es solo un acto individual de desesperación, sino un grito colectivo que revela las profundas heridas de una colonización que despojó a los inuit de su identidad, sus tradiciones y su lugar en el mundo. Esta isla inmensa y helada, del tamaño de México pero con apenas 57,000 habitantes, registra una de las tasas de suicidio más altas del planeta. Para los groenlandeses, la lucha no siempre se expresa con levantamientos o manifestaciones; en ocasiones, se manifiesta a través de actos que, aunque silenciosos, llevan un peso simbólico devastador. ¿Podría este fenómeno ser interpretado como una forma de resistencia contra la imposición de un sistema que los ha alienado en su propia tierra?

Antonio Jiménez Barca, reportero de EL PAÍS, abordó esta realidad en su artículo titulado Groenlandia: la tierra de los suicidas. Con una trayectoria que incluye corresponsalías en París, Lisboa y São Paulo, además de ser autor de novelas premiadas como Deudas pendientes, Jiménez Barca expone en su reportaje cómo la colonización y la modernización forzada han devastado a esta sociedad inuit. Según el periodista, no hay una sola persona en Groenlandia que no haya perdido a alguien cercano por suicidio: un hermano, un amigo, un vecino. Es un dolor que atraviesa generaciones y que parece haber sido normalizado hasta convertirse en una constante biográfica para sus habitantes.

Algo común: Suicidarse en Groenlandia

Suicidarse en Groenlandia no puede entenderse sin considerar el contexto histórico y cultural. En los años 60, la tasa de suicidios comenzó a dispararse coincidiendo con la transición de una sociedad tradicional de cazadores y pescadores a una modernizada bajo los parámetros daneses. En 1989, Groenlandia alcanzó un alarmante récord de 120 suicidios por cada 100.000 habitantes, la cifra más alta del mundo en ese momento. Aunque las tasas han disminuido, siguen siendo extremadamente altas, con un promedio actual de 80. Los jóvenes entre 20 y 24 años son las principales víctimas de esta epidemia, un hecho que pone de aliviar el impacto intergeneracional de una identidad fracturada.

Para los groenlandeses, la lucha no siempre se expresa con levantamientos o manifestaciones; en ocasiones, se manifiesta a través de actos que, aunque silenciosos, llevan un peso simbólico devastador. Ilustración MidJourney

Las historias de los groenlandeses reflejan un patrón de alienación y pérdida que va más allá de los datos estadísticos. La diputada Doris Jakobsen confiesa que una de las razones por las que entró en política fue el impacto del suicidio en su vida personal. Por su parte, Maliina Abelsen, socióloga, ha dedicado años a estudiar esta crisis y argumenta que los suicidios son una forma de volcar hacia el interior la frustración generada por la colonización. Según Abelsen, “cuando te arrancan de tu lengua, de tu cultura, te sientes alienado hacia la sociedad y hacia ti mismo. En vez de desencadenar una revolución externa, vuelcas esa rabia hacia adentro”.

La resistencia pasiva de los inuit

En este contexto, suicidarse en Groenlandia podría interpretarse como una forma de resistencia pasiva. Los inuit, un pueblo históricamente resiliente, han sido forzados a adaptarse a un modelo de vida que no refleja sus valores ni tradiciones. En los años 70, miles de ellos fueron desplazados de sus aldeas hacia Nuuk, la capital, en un esfuerzo por modernizar la isla. Este traslado no solo alteró sus dinámicas comunitarias, sino que también despojó a muchos de su conexión con la naturaleza, un elemento central en su identidad cultural. Como resultado, la sensación de vivir como “animales en un zoológico”, como lo describe Abelsen, se convirtió en una metáfora de su realidad.

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El suicidio no es la única manifestación de esta fractura social. El alcoholismo, los abusos sexuales y la violencia machista también son síntomas de un tejido social profundamente dañado. En algunas localidades del este de la isla, las autoridades han prohibido la venta de alcohol fuerte debido a los niveles alarmantes de consumo. Sin embargo, el mercado negro florece, con botellas de vodka alcanzando precios exorbitantes. Estos problemas no son exclusivos de Groenlandia; Abelsen señala que fenómenos similares se observan en otras sociedades colonizadas como Australia y Canadá. El desarraigo cultural y la imposición de valores occidentales han creado una espiral de sufrimiento que se perpetúa de generación en generación.

¿Y quién será el siguiente?

El impacto psicológico de la colonización es evidente en las historias personales que llevan a suicidarse en Groenlandia. Poul Pedersen, un trabajador social, relata cómo su mejor amiga y su primo se suicidaron, y cómo este patrón se repite en su comunidad. “Cada vez que alguien se suicida aquí, nos preguntamos: ¿y quién será el siguiente?”, afirma. Este sentimiento de inevitabilidad se ha convertido al suicidio en una salida conocida, casi acostumbrada. Para muchos jóvenes inuit, que crecen viendo a sus amigos y familiares optar por esta vía, el suicidio se convierte en una posibilidad tangible, incluso esperada.

A pesar de los esfuerzos del gobierno groenlandés para frenar esta epidemia, los resultados han sido limitados. Campañas de concienciación, líneas de ayuda y otras medidas han intentado abordar el problema, pero no logran atacar su raíz: la pérdida de identidad. Según un estudio publicado en BMC Psychiatry , la modernización de Groenlandia y su occidentalización están directamente relacionadas con el aumento de los suicidios. Las nuevas generaciones, aunque más conectadas con el mundo global, todavía cargan con el peso de un pasado traumático que sigue moldeando su presente.

En 1989, Groenlandia alcanzó un alarmante récord de 120 suicidios por cada 100.000 habitantes, la cifra más alta del mundo en ese momento. Aunque las tasas han disminuido, siguen siendo extremadamente altas, con un promedio actual de 80. Los jóvenes entre 20 y 24 años son las principales víctimas de esta epidemia, un hecho que pone de aliviar el impacto intergeneracional de una identidad fracturada. Ilustración MidJourney.

Romper el ciclo de sufrimiento

Suicidarse en Groenlandia, en este sentido, no es solo un acto de desesperación individual, sino un reflejo de una resistencia colectiva contra un sistema que ha fallado en reconocer y respetar la cultura inuit. Es un recordatorio de que la modernización, si no se implementa con sensibilidad cultural, puede tener consecuencias devastadoras. Para los groenlandeses, recuperar su lengua, sus tradiciones y su conexión con la tierra es crucial para romper con este ciclo de sufrimiento.

El futuro de Groenlandia depende de su capacidad para sanar estas heridas históricas. Las nuevas generaciones, menos conformistas y más conscientes de su valor cultural, tienen la oportunidad de redefinir su identidad y reconstruir su sociedad. Sin embargo, este proceso requerirá un esfuerzo conjunto que incluya tanto a los inuit como a las autoridades danesas. La reconciliación no será fácil, pero es un paso necesario para transformar a Groenlandia de “la tierra de los suicidas” en un lugar donde la vida sea celebrada en lugar de lamentada.

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Este reportaje no busca romantizar el suicidio ni justificarlo como una forma de resistencia, sino más bien comprender el contexto sociocultural que lo alimenta. Suicidarse en Groenlandia, aunque trágico, revela una verdad profunda sobre el impacto de la colonización: cuando se despoja a un pueblo de su identidad, el vacío resultante puede ser abrumador. La solución, entonces, no está en imponer más reglas desde el exterior, sino en permitir que los inuit lideren su propio camino hacia la recuperación.

 

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