Las redes sociales se han convertido en una especie de prueba de estrés para la democracia, especialmente en tiempos de elecciones. La capacidad de las plataformas digitales para moldear la opinión pública, amplificar ciertos discursos y crear burbujas de información personalizadas ha introducido un nuevo nivel de complejidad en los procesos democráticos. La difusión de información falsa, la manipulación de algoritmos y la influencia directa de actores externos han puesto en jaque la legitimidad de los resultados electorales en varios países. La relación entre redes sociales y democracia se ha vuelto tan intrincada que algunos gobiernos ya están tomando medidas para contrarrestar posibles interferencias y proteger la transparencia del voto.
Este fenómeno ha sido ampliamente analizado por Jeannette Cwienk, una periodista especializada en temas relacionados con el clima, la naturaleza y el medio ambiente, quien trabaja para el medio alemán Deutsche Welle (DW) desde hace más de diez años. Cwienk, que estudió Derecho y trabajó en las emisoras públicas alemanas ARD y ZDF, ha seguido de cerca cómo las redes sociales están transformando el panorama político y electoral. En un artículo publicado recientemente en DW titulado: “¿Cuánto pueden influir las redes sociales en las elecciones?”, Cwienk expone cómo la supuesta influencia rusa en TikTok llevó a que en Rumanía se repitieran las elecciones presidenciales. También menciona cómo Elon Musk, el multimillonario dueño de la plataforma X (antes Twitter), expresó públicamente su apoyo al partido de ultraderecha Alternativa para Alemania (AfD), generando un impacto directo en el debate político.

Prueba de estrés para la democracia
Las elecciones generales en Alemania, celebradas el 23 de febrero de 2025, fueron un claro ejemplo de cómo las redes sociales pueden convertirse en una prueba de estrés para la democracia. Elon Musk mantuvo una conversación pública en X con Alice Weidel, líder de la AfD, un partido que ha sido catalogado por la Oficina Federal Alemana para la Protección de la Constitución como una agrupación de ultraderecha. La AfD ha sabido aprovechar las dinámicas de las plataformas digitales para ampliar su alcance, especialmente en TikTok, donde sus publicaciones alcanzan en promedio más de 430.000 vistas, muy por encima de los partidos conservadores tradicionales como la CDU/CSU, cuyos videos promedian solo unas 90.000 visitas. Esta capacidad para movilizar a su electorado a través de las redes sociales ha sido interpretada por algunos analistas como una ventaja estructural que podría alterar las dinámicas tradicionales de poder en Alemania. Sin embargo, como señala el asesor político Johannes Hillje, la popularidad en redes sociales no garantiza automáticamente el éxito en las urnas, como lo demuestra el caso de Kamala Harris en Estados Unidos, cuya estrategia digital fue muy exitosa, pero no suficiente para asegurar la victoria electoral.
El problema central radica en la forma en que operan las redes sociales. Los algoritmos de plataformas como TikTok, X o Facebook están diseñados para mostrar a los usuarios el contenido que más probablemente retendrá su atención, basándose en sus preferencias previas. Esto genera lo que se conoce como “burbujas de filtro”, en las que los usuarios son expuestos únicamente a visiones del mundo que refuerzan sus propias creencias y excluyen puntos de vista opuestos. Andreas Jungherr, profesor de Ciencias Políticas y Transformación Digital en la Universidad Otto Friedrich de Bamberg, explica que esta dinámica crea una cámara de eco que distorsiona la percepción de la realidad y polariza a la sociedad. En ese sentido, las redes sociales no solo reflejan la opinión pública, sino que la moldean activamente, creando una prueba de estrés para la democracia, ya que las decisiones de los votantes se ven influenciadas por un flujo constante de información manipulada o parcializada.
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Reforzar las convicciones establecidas
Judith Möller, profesora del Instituto Leibniz de Investigación de Medios, sostiene que la decisión de votar está determinada por múltiples factores, incluyendo el entorno social, las experiencias personales y las interacciones directas con otras personas. Sin embargo, las redes sociales pueden reforzar las convicciones ya establecidas, incrementando la radicalización y la fragmentación política. Según Möller, las plataformas digitales tienen un impacto limitado para cambiar las opiniones políticas de los ciudadanos, pero son extremadamente efectivas para consolidar y reforzar las creencias preexistentes consolidándose como una prueba de estrés para la democracia. Esto explica por qué partidos como la AfD han logrado construir una base de apoyo sólida en línea, aunque su éxito en las urnas sigue dependiendo de factores externos, como la participación electoral y las alianzas políticas.
Uno de los aspectos más preocupantes de esta dinámica es la proliferación de noticias falsas y discursos de odio en las plataformas digitales. La decisión de Meta (empresa matriz de Facebook e Instagram) de reducir la supervisión y verificación de contenidos ha agravado el problema, permitiendo que información engañosa y teorías conspirativas circulen sin control. Nicole Krämer, catedrática de Psicología Social, Medios y Comunicación de la Universidad de Duisburg-Essen, señala que las noticias falsas se vuelven más creíbles cuando coinciden con las creencias previas de los usuarios. A esto se suma el fenómeno de la repetición: cuanto más se exponen una persona a una información falsa, más probable es que la internalice como verdadera. Este mecanismo psicológico convierte a las redes sociales en un caldo de cultivo para la manipulación informativa y la propaganda política, exacerbando las tensiones sociales y debilitando la confianza en las instituciones democráticas.
Rumania abatida por a inseguridad
El caso de Rumanía es especialmente ilustrativo. A principios de diciembre, el Tribunal Supremo rumano dictaminó que Rusia había interferido significativamente en las elecciones parlamentarias a través de TikTok, lo que llevó a la anulación de los resultados y la convocatoria de nuevos comicios. Esta decisión refleja el creciente reconocimiento de que las redes sociales pueden ser utilizadas como herramientas de guerra política y psicológica. El hecho de que actores extranjeros puedan influir en la opinión pública y, potencialmente, en los resultados electorales representan una amenaza directa a la soberanía y legitimidad democrática. Andreas Jungherr advierte que esta situación plantea un desafío sin precedentes para las democracias occidentales, que deben desarrollar nuevas estrategias para proteger la integridad de sus procesos electorales.

Philipp Müller, asesor académico del Instituto de Estudios de Medios y Comunicación de la Universidad de Maguncia, subraya que los debates en las redes sociales no reflejan necesariamente la opinión pública general, pero sí influyen en la agenda política y en la percepción de los ciudadanos. La sobreexposición de ciertos temas y la amplificación de posturas radicales crean una ilusión de consenso que puede distorsionar la toma de decisiones en el ámbito político. En este sentido, las redes sociales actúan como una especie de prueba de estrés para la democracia, poniendo a prueba la capacidad de las instituciones para mantener la estabilidad y garantizar la representatividad en un entorno de comunicación fragmentado y polarizado.
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Las redes sociales han redefinido las reglas del juego político. La capacidad de movilizar a millones de personas a través de un solo tuit o video viral ha dado a los líderes políticos y a los movimientos sociales una herramienta poderosa para influir en la opinión pública y en los resultados electorales. Sin embargo, esta influencia también conlleva riesgos significativos, como la manipulación de la información, la intervención de actores extranjeros y la fragmentación del discurso público. La democracia moderna enfrenta el desafío de adaptarse a esta nueva realidad digital, desarrollando mecanismos de regulación y alfabetización mediática que permitan a los ciudadanos navegar de manera crítica en el ecosistema informativo contemporáneo. La pregunta clave es si las democracias serán capaces de resistir esta prueba de estrés o si, por el contrario, sucumbirán ante las fuerzas desestabilizadoras que operan en las redes sociales.

