La muerte del papa Francisco el pasado 21 de abril de 2025 marca no solo el cierre de un capítulo trascendental en la historia reciente de la Iglesia católica, sino también la apertura de una interrogante profunda y urgente: ¿las mujeres, cuyo papel dentro del Vaticano comenzó a tomar visibilidad bajo su pontificado, volverán a la sombra de la historia eclesial? Con su partida, se debilita la figura papal que se atrevió a abrir espacios para ellas, aunque sin romper las murallas más profundas del patriarcado clerical. Y ahora, en un momento donde el liderazgo femenino se encontraba en un proceso incipiente pero esperanzador, el temor a un retroceso no es solo simbólico, sino institucionalmente tangible.
Mateo Schmalz, profesor de Estudios Religiosos en el Colegio de la Santa Cruz y autor del artículo original “Francisco, un papa que se preocupó profundamente por los pobres y abrió la Iglesia católica”, publicado en The Conversation, ofrece una mirada panorámica sobre el legado del primer pontífice latinoamericano. Erudito católico, docente en una universidad jesuita en Massachusetts y editor fundador del Journal of Global Catholicism, Schmalz contextualiza la figura del papa Francisco como un reformador que, a pesar de no modificar dogmas estructurales, inició un proceso de apertura hacia una Iglesia más inclusiva, al menos en la estructura administrativa del Vaticano, donde las mujeres comenzaron a ocupar cargos hasta entonces vedados para ellas.
Muerte del papa Francisco
La muerte del papa Francisco deja en suspenso ese avance. Durante su papado, nombró por primera vez a una mujer al frente de una oficina administrativa del Vaticano, incluyó a laicas en el consejo financiero de la Santa Sede y otorgó derecho a voto a mujeres en el sínodo. Pero estos logros, aunque inéditos, también fueron frágiles. No alteraban la estructura doctrinal que excluye a las mujeres del sacerdocio ni los patrones culturales que, desde siglos, relegan su autoridad en los espacios de poder eclesial. Por tanto, sin la figura de Francisco como respaldo simbólico y político, las tensiones internas del Vaticano podrían conducir a una involución bajo un nuevo pontífice más conservador.

Antes de su elección como papá en 2013, Jorge Mario Bergoglio ya representaba una voz distinta dentro de la Iglesia latinoamericana. Su elección fue en sí un gesto hacia el Sur Global, y su estilo pastoral —más cercano, menos pomposo— lo confirmó. Pero fue en los gestos hacia las mujeres donde su liderazgo se sintió disruptivo, aunque limitado. La muerte del papa Francisco, sin embargo, deja sin esa figura tutelar a muchas de las mujeres que ocuparon nuevos espacios de decisión dentro del Vaticano. Y es allí donde surge el dilema: ¿continuará este impulso o se disipará entre la burocracia clerical y los sectores más tradicionales?
La hermana Raffaella Petrini
Una de las acciones más revolucionarias del papa Francisco fue el nombramiento de la hermana Raffaella Petrini como secretaria general del Gobierno del Estado de la Ciudad del Vaticano. Jamás una mujer había ocupado un cargo de tal nivel en la jerarquía administrativa vaticana. Y su designación no fue un gesto aislado. En su afán por diversificar las voces en el seno del poder eclesial, Francisco integró a mujeres al proceso de selección de obispos, históricamente reservado a prelados varones. Esas decisiones fueron celebradas por muchas voces femeninas dentro y fuera del catolicismo, pero también enfrentaron resistencias visibles por parte de sectores que temen una “feminización” de la Iglesia.
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La muerte del papa Francisco, entonces, no solo es una pérdida humana o espiritual para la comunidad católica, sino también una pérdida de impulso para las reformas internas que empezaban a cambiar la geografía del poder. En un mundo eclesiástico donde la tradición pesa más que la voluntad de transformación, cada avance necesita una figura de autoridad que lo respalde. Francisco, sin ser un radical, ejercía esa autoridad con astucia y prudencia, logrando instalar debates que antes eran imposibles incluso de pronunciar.
Una Iglesia abierta al diálogo
En su encíclica Fratelli Tutti , el papa insistió en la necesidad de construir una Iglesia fraterna y abierta al diálogo con el otro. Esa visión incluyó, aunque de forma lateral, la necesidad de repensar el rol de las mujeres. No propuso un sacerdocio femenino, pero sí habló de ampliar las formas de participación. El sínodo de 2023 fue prueba de ello: por primera vez, mujeres laicas participaron con voz y voto, una muestra de su compromiso con una sinodalidad inclusiva. Pero esa sinodalidad está en juego ahora que la figura que la impulsaba ha desaparecido.
Con la muerte del papa Francisco, la Iglesia vuelve a enfrentar su encrucijada histórica: decidir entre avanzar en la apertura o refugiarse en la rigidez dogmática. La elección del próximo papá será decisiva. Si el Colegio de Cardenales, conformado mayoritariamente por figuras nombradas por Francisco, elige a un sucesor de corte progresista, quizás el impulso femenino se mantenga. Pero si triunfan las fuerzas conservadoras que han criticado abiertamente la “apertura” del pontífice, el riesgo de invisibilizar nuevamente a las mujeres será más que una posibilidad: será una realidad institucional.

Representación de la humanidad
La presencia de mujeres en la vida eclesial no es nueva, pero su acceso a espacios de decisión ha sido históricamente nulo. Francisco entendió que una Iglesia que excluye al 50% de su feligresía no puede aspirar a representar a la humanidad. Por eso impulsó reformas que, aunque parciales, marcaron un punto de inflexión. Pero la muerte del papa Francisco amenaza con congelar ese proceso y devolver a las mujeres al lugar simbólico del servicio sin autoridad, de la devoción sin liderazgo.
Durante su pontificado, el papa argentino no solo promovió una cultura de la misericordia, sino que también fue un hábil gestor del poder interno. Supo disciplinar a sus críticos y avanzar, paso a paso, hacia una Iglesia menos eurocéntrica y menos clerical. Las mujeres, especialmente las religiosas que llevan décadas trabajando en las periferias, encontraron en él una figura que, al menos, las escuchaba. Hoy, tras su partida, no está claro quién ocupará ese espacio de escucha y validación.
Feminismo católico
La muerte del papa Francisco plantea también un reto para el feminismo católico, una corriente que ha ganado fuerza en los últimos años, sobre todo en América Latina y Europa. ¿Será capaz este movimiento de sostener sus demandas sin el apoyo papal? ¿Podrá institucionalizar sus logros y blindarlos frente a un eventual retroceso doctrinal? La historia reciente del catolicismo enseña que ningún avance está asegurado, y que los vientos del Vaticano pueden girar con rapidez, barriendo con lo que parecía establecido.
Sin duda, el legado de Francisco será debatido durante décadas. Pero más allá de sus decisiones pastorales o diplomáticas, su verdadero impacto se medirá en la continuidad —o desaparición— de los cambios que promovió. Las mujeres que hoy ocupan cargos en el Vaticano son testimonio viviente de su voluntad de apertura. No obstante, su permanencia en esos puestos dependerá de la presión de fuerzas que se reconfigurará tras el cónclave.
La muerte del papa Francisco puede convertirse en un punto de inflexión o en un punto final. Todo dependerá de si la Iglesia está dispuesta a entender que el poder femenino no es una concesión moderna, sino una deuda histórica. Porque una Iglesia sin mujeres en sus espacios de decisión no solo es injusta: es incompleta.

