Cooperar como forma política ha sido subestimada por una sociedad que cree en «el hombre fuerte»

La historia de la humanidad parece estar escrita con tinta de competencia. Desde los clanes nómadas que luchaban por los recursos más básicos, hasta los vastos imperios que se disputaban continentes enteros, la narrativa predominante exalta al líder más apto, al estratega que logra imponerse sobre los demás. Cooperar ha estado poco en el escenario. Este patrón no es casual; responde a una psicología colectiva que, en momentos de incertidumbre o caos, deposita su fe en figuras autoritarias que prometen orden y resultados inmediatos. Sin embargo, esta preferencia por el «hombre fuerte» ha relegado a un segundo plano la cooperación como modelo político, económico y social, a pesar de sus beneficios comprobables a largo plazo.

Los inicios de la civilización son testigos de una ambivalencia hacia la cooperación. En las pequeñas aldeas agrícolas que marcaron el Neolítico, los recursos compartidos y la toma de decisiones comunitarias fueron fundamentales para la supervivencia. Sin embargo, a medida que estas comunidades crecieron y se diversificaron, el surgimiento de líderes autoritarios que centralizaban el poder se hizo más común. Los sistemas jerárquicos permitieron una gestión más eficiente de recursos en contextos de conflicto externo, lo que consolidó la idea de que un liderazgo fuerte era sinónimo de estabilidad. Los faraones de Egipto, los monarcas babilonios y los emperadores romanos son ejemplos de esta centralización del poder, donde la cooperación horizontal quedó subordinada a las decisiones verticales.

Cooperar: De Darwin a nuestros días

La geopolítica moderna no ha sido distinta. Desde el siglo XIX, cuando las teorías darwinistas se aplicaron erróneamente a las relaciones humanas con la llamada “supervivencia del más apto”, la competencia se convirtió en el eje central de la organización de las sociedades. Este paradigma se reforzó con el auge del capitalismo, que premia la competitividad como motor del progreso. Mientras tanto, los experimentos sociales basados ​​en la cooperación, como las comunas agrícolas de los primeros socialistas o las sociedades igualitarias de los pueblos indígenas, fueron vistos como utopías ingenuas o fracasos inevitables frente a la «realidad» del mundo competitivo.

La historia de la humanidad parece estar escrita con tinta de competencia. Desde los clanes nómadas que luchaban por los recursos más básicos, hasta los vastos imperios que se disputaban continentes enteros, la narrativa predominante exalta al líder más apto, al estratega que logra imponerse sobre los demás. Ilustración MidJourney

Sin embargo, esta narrativa no es absoluta. Cooperar es biológico, histórico y contundentemente humano. Existen momentos en la historia que destacan el poder de la cooperación como un modelo exitoso. La reconstrucción de Europa tras la Segunda Guerra Mundial bajo el Plan Marshall fue un esfuerzo de colaboración masiva entre naciones, que priorizó la estabilidad a través de la ayuda mutua. Otro ejemplo son los sistemas democráticos escandinavos, donde el énfasis en el bienestar colectivo ha producido sociedades altamente estables y desarrolladas. Estos casos, aunque excepcionales en comparación con el predominio del autoritarismo y la competencia, demuestran que la cooperación no solo es posible, sino que puede generar resultados superiores en términos de bienestar humano.

Eternamente sometidos por la inmediatez

La resistencia histórica a la cooperación tiene raíces profundas en la psicología social. Los seres humanos, en situaciones de estrés o peligro, tienden a buscar soluciones rápidas y claras. Los líderes autoritarios ofrecen precisamente eso: respuestas inmediatas, certezas en un mundo incierto y la ilusión de que un solo individuo puede solucionar problemas complejos. Este fenómeno, estudiado por psicólogos como Sigmund Freud y más tarde por teóricos como Erich Fromm, muestra cómo la necesidad de seguridad puede llevar a las masas a entregar su poder colectivo a una figura centralizadora. En contraste, la cooperar requiere procesos deliberativos, acuerdos y tiempo, un lujo que la humanidad pocas veces siente que puede permitirse.

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Un contraste fascinante se encuentra en la evolución de la economía global. La competencia ha llevado a la creación de conglomerados multinacionales que dominan mercados enteros, pero también ha exacerbado desigualdades y generado crisis ecológicas de magnitudes catastróficas. Por otro lado, iniciativas como las cooperativas agrícolas, los bancos éticos y los movimientos de economía circular han demostrado que modelos basados ​​en la colaboración pueden ser sostenibles y rentables. Sin embargo, estos esfuerzos suelen ser marginados o absorbidos por estructuras competitivas más grandes, lo que refuerza la narrativa de que el «más fuerte» siempre prevalece.

Autoritarismo del más apto

La preferencia por el autoritarismo del más apto tiene implicaciones que trascienden lo político y económico. Culturalmente, las sociedades han mitificado a figuras que encarnan esta idea. Desde Alejandro Magno hasta Napoleón Bonaparte, el liderazgo autoritario se celebra como el motor de los grandes cambios históricos. Sin embargo, estos mismos líderes han dejado legados de inestabilidad, conflictos y divisiones que sus sucesores han tenido que reparar. En contraste, las historias de cooperación exitosa, como las de las tribus iroquesas que influyeron en la Constitución de los Estados Unidos, a menudo se silencian o se minimizan.

Este sesgo hacia la competencia como forma organizativa predominante también puede entenderse desde un punto de vista biológico. En su libro Sapiens, Yuval Noah Harari argumenta que los humanos evolucionaron como una especie que equilibra la cooperación y la competencia. Si bien la capacidad de colaborar permitió el desarrollo de civilizaciones complejas, la competencia por recursos, territorios e influencia moldeó las jerarquías que definen las sociedades modernas. En este contexto, el dilema entre cooperar como forma política y autoritarismo no es una cuestión de valores abstractos, sino un reflejo de las tensiones inherentes a nuestra propia naturaleza.

Otro ejemplo son los sistemas democráticos escandinavos, donde el énfasis en el bienestar colectivo ha producido sociedades altamente estables y desarrolladas. Estos casos, aunque excepcionales en comparación con el predominio del autoritarismo y la competencia, demuestran que la cooperación no solo es posible, sino que puede generar resultados superiores en términos de bienestar humano. Ilustración MidJourney.

Por qué no se halla el equilibrio

Sin embargo, no se debe perder de vista que la cooperación no es una utopía ni está libre de desafíos. En un mundo globalizado donde los problemas como el cambio climático y las pandemias afectan a toda la humanidad, la cooperar como modelo político no es solo deseable, sino esencial. Instituciones como las Naciones Unidas y la Unión Europea, aunque imperfectas, representan intentos de construir superestructuras cooperativas que puedan manejar problemas más allá de la capacidad de los estados-nación individuales. La pregunta que enfrenta la humanidad no es si debe elegir entre cooperación o competencia, sino cómo equilibrar ambas para garantizar un futuro sostenible.

El desafío radica en cambiar la percepción pública. La cooperación no debe ser vista como una señal de debilidad, sino como una virtud estratégica que potencia las capacidades individuales a través de la acción colectiva. Si la historia reciente nos ha enseñado algo, es que los líderes autoritarios, aunque eficientes en el corto plazo, rara vez construyen estructuras que perduren. En cambio, las naciones y organizaciones que han abrazado la cooperación como principio rector han mostrado mayor resiliencia y capacidad de adaptación.

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La humanidad se encuentra en una encrucijada. Enfrentar los retos del siglo XXI requerirá abandonar la adoración ciega al «hombre fuerte» y abrazar una visión más matizada, donde la cooperación y la competencia se integran en un equilibrio dinámico. Aunque la historia haya favorecido al más apto, el futuro pertenece a quienes saben sumar capacidades y construir juntos. La pregunta que queda es si estamos preparados para hacer este cambio antes de que sea demasiado tarde.

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