La noche en que Donald Trump se dirigía al Congreso y a la nación desde la tribuna de honor, una corriente subterránea de disenso fluía con fuerza en las calles de Washington. A pocas millas de distancia, en el National Mall, una marea humana se congregaba no para escuchar, sino para contradecir. Eran ciudadanos, activistas y una treintena de legisladores del Partido Demócrata que, en una asamblea popular bautizada como el «Estado de la Unión del Pueblo», ofrecían su propio diagnóstico del país. El aire frío de febrero no lograba congelar la furia ni la esperanza. Y entre la multitud, las pancartas lo decían sin rodeos: No al dinero para ICE y Salud, no guerra. La consigna, coreada una y otra vez, se convirtió en el latido de una protesta que buscaba redefinir las prioridades nacionales, enfrentando la narrativa triunfalista de la Casa Blanca con demandas concretas de justicia social y desmilitarización. Era, sin duda, la otra cara del discurso, la que los grandes medios tardarían horas en reflejar con la misma potencia que el evento oficial.
La noche en que Washington tuvo dos presidentes: Trump en el atril, el pueblo en la calle
El acto alternativo, organizado por coaliciones de base como la Working Families Party, tuvo como figura central al senador Chris Murphy, de Connecticut. El legislador demócrata, conocido por su activismo en el control de armas, llevó como invitada especial a Fereshteh Ganjavi, una refugiada afgana que hoy defiende los derechos de los migrantes en Estados Unidos. Murphy explicó su ausencia en la sesión solemne con una crudeza inusual para un político: «Estos no son tiempos normales, y los demócratas tienen que dejar de comportarse con normalidad». Su mensaje resonó en un escenario donde la crítica a la administración Trump no se limitaba a los modales o los tuits, sino que apuntaba al corazón de las políticas migratorias y bélicas. La senadora Mazie Hirono, de Hawái, también presente, calificó el discurso presidencial como «una cortina de humo» y recordó que, mientras Trump hablaba de grandeza, su gobierno destinaba más de 25.000 millones de dólares anuales al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) y expandía su presencia militar en el extranjero.
De Niro vs. Trump: cuando Hollywood se muda al National Press Club para declarar la guerra al discurso oficial
Mientras la protesta en el Mall ganaba intensidad, en el National Press Club, el actor Robert De Niro encabezaba un evento paralelo titulado «El Estado del Pantano», organizado por el colectivo Defiance.org y otras agrupaciones opositoras. De Niro, feroz crítico del presidente, leyó fragmentos de cartas de ciudadanos afectados por las políticas migratorias y sanitarias. Allí, la directora ejecutiva de MoveOn, Katie Bethell, resumió el sentir de la noche con una frase que pronto circularía en redes sociales: «El Estado de la Unión de Trump no se parecerá en nada a lo que realmente ocurre en este país hoy. No podemos permitir que su guion sea la única realidad que se cuenta». En los pasillos del club, periodistas y analistas debatían sobre la fragmentación de la respuesta demócrata, pero coincidían en un punto: las pancartas lo decían sin rodeos: No al dinero para ICE y Salud, no guerra, y esa demanda estaba logrando conectar con un electorado joven y diverso que las encuestas recientes mostraban como el más movilizado desde 2018.

La respuesta oficial del Partido Demócrata al discurso de Trump recayó en dos figuras emergentes: la gobernadora de Virginia, Abigail Spanberger, y el senador por California, Alex Padilla. Spanberger, una exagente de la CIA que en noviembre arrebató la gobernación a los republicanos con un mensaje centrado en la economía doméstica, habló desde una cocina modesta en su estado. «El presidente puede presumir de bolsa, pero la realidad es que el alquiler sube, la gasolina sube y la comida cuesta más», dijo, mientras a sus espaldas se veían estanterías con productos de primera necesidad. Padilla, por su parte, se dirigió a la comunidad latina en un español impecable, denunciando las redadas migratorias y la retórica xenófoba de la Casa Blanca. «No somos criminales, somos trabajadores, padres, soñadores. Y no callaremos», sentenció. Sin embargo, ambos discursos, aunque potentes, quedaron ensombrecidos por la fuerza simbólica de la movilización en las calles, donde la consigna anti-ICE y anti-guerra seguía vibrando con una claridad que ningún comunicado oficial pudo igualar.
25.000 millones para ICE, migajas para la salud: los números que la Casa Blanca omitió en su noche de glamour
Los datos respaldaban el malestar. Según un informe de la Oficina de Estadísticas Laborales publicado esa misma semana, el costo de la vida había aumentado un 4.2% en el último año, con alzas particularmente pronunciadas en alimentos (5.1%) y energía (7.3%). Paralelamente, un estudio del Pew Research Center revelaba que el 62% de los estadounidenses consideraba que el gobierno gastaba demasiado en defensa, mientras que solo un 38% aprobaba el presupuesto asignado a salud pública. La brecha entre la retórica oficial y la percepción ciudadana era cada vez más ancha. Organismos como la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles (ACLU) habían publicado análisis detallados sobre el incremento de fondos a ICE, que en los últimos cuatro años había visto su presupuesto crecer un 35%, mientras programas como Medicaid y CHIP enfrentaban recortes encubiertos. «Es una cuestión de valores», declaró a este reportero Anthony Romero, director ejecutivo de la ACLU. «Elegimos financiar el miedo y la deportación en lugar de la cura y la educación. La gente en las calles lo sabe, y las pancartas lo decían sin rodeos: No al dinero para ICE y Salud, no guerra. No hay ambigüedad posible». La precisión de los números convertía el eslogan en un programa político de fuerza incontestable.
El fantasma de Venezuela y la amenaza latina: cómo Trump convirtió la política exterior en un arma de campaña
En paralelo, la política exterior de la administración también generaba escozor. Durante su discurso, Trump se refirió a México y Venezuela con un tono beligerante. Recordó que su gobierno había designado a los cárteles de la droga como organizaciones terroristas, allanando el camino para posibles intervenciones militares en el país vecino. Más controvertido aún, calificó como «exitosa» una operación encubierta en Venezuela que, según sus palabras, derivó en la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores. La mera mención de una acción de este tipo encendió las alarmas en la comunidad internacional y en sectores del Congreso. Expertos en seguridad hemisférica, como Cynthia Arnson del Wilson Center, advirtieron que «glorificar operaciones en el extranjero erosiona la confianza en las instituciones» como herramienta de política exterior. En las calles de Washington, la conexión era inmediata: el mismo gobierno que recortaba becas de comida era el que enviaba tropas y fondos a aventuras militares. Las pancartas no mentían.
Mientras Trump hablaba desde el Capitolio, flanqueado por legisladores republicanos que lo ovacionaban de pie, la noche política de Washington se desenvolvía en múltiples capas. En el National Mall, un incidente interrumpió brevemente la concentración: un seguidor del presidente, identificado más tarde como un activista de ultraderecha, irrumpió en el escenario principal. La multitud lo abucheó al unísono y, en cuestión de segundos, los organizadores del evento lo retiraron pacíficamente. El hecho, lejos de amedrentar, reforzó la cohesión de los asistentes. «Miren, ni siquiera pueden venir a debatir, vienen a sabotear», gritó una organizadora local, desatando una nueva ola de aplausos y cánticos. La música de fondo, una mezcla de rap y folk, acompañó el ambiente de resistencia cultural. Artistas como la puertorriqueña iLe y el grupo de protesta Rebel Diaz se turnaron en el escenario, dedicando canciones a los indocumentados y a las madres de soldados caídos en guerras sin fin. Era una noche de catarsis colectiva, y en cada rincón, las pancartas lo decían sin rodeos: No al dinero para ICE y Salud, no guerra, un mantra que unificaba las demandas más diversas.
En el terreno estrictamente político, la ausencia de muchos demócratas en la sesión conjunta fue interpretada como un gesto de ruptura con las formas tradicionales. Sin embargo, analistas como E.J. Dionne Jr., del Washington Post, matizaban que «faltar al discurso es un símbolo necesario, pero insuficiente». El verdadero desafío es articular una alternativa coherente que conecte la lucha por los derechos civiles con la batalla por el bolsillo de los trabajadores. En ese sentido, la gobernadora Spanberger había intentado tender un puente, pero su mensaje institucional carecía del filo de la protesta popular. Era en los márgenes, en los discursos de Murphy, en la presencia de De Niro, en la militancia de base, donde se cocía una narrativa distinta. Una narrativa que no necesitaba de grandes estrategas, porque la fuerza de la calle era elocuente por sí misma. La simplicidad del eslogan era su mayor virtud: condensaba en ocho palabras una crítica al presupuesto federal, una denuncia del racismo institucional y un llamado a la paz. Los partidos, tarde o temprano, tendrían que escuchar.

Cuando las pancartas escriben la historia: el grito que sobrevivirá al discurso
El paso de los días confirmaría que aquella noche de febrero no fue una anécdota aislada, sino un punto de inflexión en la resistencia al trumpismo. Las imágenes de las pancartas se viralizaron en redes sociales, y el lema «No al dinero para ICE» comenzó a aparecer en pintadas, camisetas y perfiles de Instagram. Grupos de derechos civiles lanzaron campañas para presionar a los legisladores demócratas a comprometerse con el desfinanciamiento de la agencia migratoria, inspirados en el movimiento «Defund the Police» que había sacudido el país en años anteriores. Por su parte, organizaciones pacifistas como CodePink y Veterans for Peace recogieron firmas para exigir la reducción del presupuesto militar en un 10%, redirigiendo esos fondos a la sanidad pública. La confluencia de ambas luchas —la migratoria y la anti-bélica— fue precisamente el gran logro de la protesta. Como señaló la activista Linda Sarsour en un mitin posterior: «No podemos pedir pan sin pedir justicia. No podemos pedir paz sin pedir dignidad para quienes cruzan fronteras». La interseccionalidad de la pobreza y la represión quedó al desnudo.
En el balance final, el discurso de Trump pasará a la historia como un ejercicio de propaganda, repleto de autoelogios y promesas incumplibles. Pero la noche de Washington también demostró que la política no se libra solo en los hemiciclos. Se libra en las plazas, en los clubes de prensa, en los hogares donde familias migrantes temen abrir la puerta. Y en esa batalla por el relato, la claridad de la consigna popular puede más que cualquier efecto especial. Las pancartas que pedían salud y no guerra, que exigían el fin del dinero para la maquinaria de deportación, son hoy un documento histórico. Un testimonio de que, frente al ruido del poder, hubo quienes eligieron la precisión del grito. Y de que, en tiempos de cinismo, la lucidez de una multitud puede alumbrar el camino que los políticos, tarde o temprano, se verán obligados a transitar.

