La ofensiva militar que Washington y Tel Aviv lanzaron contra Irán no produjo los resultados esperados. Lo que sus arquitectos proyectaron como una campaña quirúrgica y decisiva se convirtió en una sucesión de errores estratégicos sin salida clara. Ahora están probando otros planes, pero las señales desde Teherán y desde los propios centros de análisis occidentales apuntan en la misma dirección: ninguna de las alternativas ha funcionado. El caos en las declaraciones públicas de ambos gobiernos confirma lo que los expertos llevan días advirtiendo. Ahora están probando otros planes porque el plan original colapsó en menos de dos semanas. Y ahora están probando otros planes sin que ninguno logre revertir una situación que se deteriora por horas.
El canciller iraní que leyó el caos enemigo desde adentro de la mesa de negociación
El diagnóstico más contundente provino del propio canciller iraní. Seyed Abbas Araghchi, ministro de Exteriores de la República Islámica, concedió una entrevista a PBS News en la que describió con precisión quirúrgica el estado de la operación enemiga. Araghchi es diplomático de carrera con décadas de experiencia en negociaciones internacionales, incluidas las conversaciones nucleares con las potencias occidentales. Su lectura del conflicto no es retórica: es la de un funcionario que lleva años leyendo las intenciones de Washington y Tel Aviv desde adentro de la mesa de negociación.
Israel y Estados Unidos lanzaron su ataque conjunto en la madrugada del 28 de febrero. El objetivo declarado era «eliminar las amenazas» de la República Islámica. En las primeras horas, los ataques alcanzaron instalaciones militares, pero también hospitales, escuelas e infraestructura energética civil. El precio del petróleo respondió de inmediato en los mercados internacionales, reflejando la magnitud del impacto sobre la capacidad productiva iraní. Ninguno de estos resultados formaba parte del guion original.
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La muerte de Jameneí que no derrumbó al régimen: el fracaso más simbólico de toda la operación
«Pensaron que en dos o tres días podrían cambiar el gobierno y obtener una victoria rápida y limpia», declaró Araghchi. Esa expectativa nunca se materializó. El régimen iraní no colapsó. La cadena de mando no se fracturó. Y la respuesta militar de Teherán superó todas las proyecciones previas de los analistas occidentales. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica lanzó más de 30 oleadas de ataques contra al menos 27 bases militares estadounidenses en Oriente Medio, además de instalaciones israelíes en Tel Aviv y otras ciudades. La escala de la respuesta iraní tomó por sorpresa a los planificadores de ambos países.

Entre los resultados del ataque inicial figuró la muerte del ayatolá Alí Jameneí, líder supremo de Irán durante más de tres décadas. Su sucesor, Mojtabá Jameneí, de 56 años, fue designado con rapidez. Lejos de desestabilizar el sistema político iraní, la transición evidenció la solidez institucional del régimen. Para Washington y Tel Aviv, este desenlace representó el fracaso más simbólico de toda la operación: el objetivo implícito de generar un vacío de poder no se cumplió.
Sin objetivo claro y con argumentos cambiantes: cómo Washington perdió el hilo de su propia guerra
Las justificaciones oficiales de la Casa Blanca tampoco resistieron el escrutinio. El presidente Donald Trump anunció inicialmente que el objetivo era destruir la capacidad de enriquecimiento nuclear iraní. Bajo esa premisa, se celebraron varias rondas de conversaciones indirectas entre representantes de Washington y Teherán. Esas negociaciones terminaron sin avances y fueron interrumpidas por el ataque militar. Semanas después, la Administración cambió el argumento: el objetivo ya no era el programa nuclear sino la capacidad militar completa de Irán. El Organismo Internacional de Energía Atómica y la propia inteligencia estadounidense habían certificado que Irán no desarrollaba armas nucleares. El fundamento legal y estratégico de la operación quedó en entredicho.
Araghchi fue categórico al respecto. «No veo un objetivo lógico en sus acciones», afirmó. Su evaluación coincide con la de analistas independientes en Washington, Londres y Bruselas, quienes señalan que la ausencia de un objetivo político claro convierte cualquier escalada militar en un ejercicio de destrucción sin destino. Richard Haass, expresidente del Consejo de Relaciones Exteriores de Estados Unidos, advirtió que ninguna campaña aérea puede sustituir a una estrategia política coherente. Sin esa estrategia, los bombardeos generan resentimiento y resistencia, no rendición.
El aislamiento que se invirtió: por qué ahora es la coalición atacante la que enfrenta al mundo
El impacto sobre la infraestructura energética iraní tuvo consecuencias globales inmediatas. Los mercados reaccionaron con alzas sostenidas en el precio del crudo. Según datos de la Agencia Internacional de Energía, cualquier interrupción significativa en la producción iraní —que ronda los 3,2 millones de barriles diarios— presiona los precios mundiales con efectos directos sobre economías importadoras en Europa, Asia y América Latina. La guerra contra Irán no es un conflicto regional: sus consecuencias económicas son globales.
Mientras tanto, la posición diplomática de Irán ganó respaldo en foros multilaterales. Rusia y China rechazaron los ataques en el Consejo de Seguridad de la ONU. Varios países del Sur Global expresaron su preocupación por la violación del derecho internacional. La narrativa de aislamiento que Washington buscaba imponer sobre Teherán se invirtió: es la coalición atacante la que enfrenta cuestionamientos sobre la legalidad de su intervención.
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«Parece que están sin rumbo»: la frase que resume diez días de guerra sin destino ni salida visible
Lo que comenzó como una operación diseñada para rediseñar el mapa de poder en Oriente Medio derivó en una demostración de los límites de la fuerza militar cuando no está respaldada por coherencia estratégica. Araghchi lo resumió con una frase que recorre los despachos diplomáticos: «Parece que están sin rumbo». Diez días después del primer ataque, ninguno de los objetivos declarados se había cumplido. El plan A fracasó. Los planes alternativos también. Y el costo, medido en vidas civiles, infraestructura destruida y tensión global, sigue aumentando sin que ningún actor en conflicto haya trazado con claridad el camino hacia una salida.

