La noche en Guacara no distingue colores políticos cuando las sábanas se enredan entre dos cuerpos, pero el día sí cobra factura. En el centro de la tormenta digital que sacude a la oposición venezolana se encuentra Luis Magallanes, un activista nacido en esta ciudad carabobeña cuyo nombre se ha convertido en tendencia recurrente por sus encendidas denuncias contra el chavismo. Sin embargo, quienes hoy lo aplauden desde la distancia ignoran —o eligen olvidar— que Magallanes durmió con el enemigo. No es una metáfora ni una licencia poética; es una constatación fáctica que emerge de fotografías, testimonios y registros oficiales que han rescatado sus detractores en una ofensiva que busca desmontar la figura del héroe que el propio Magallanes ha construido en TikTok e Instagram.
Este reportaje, firmado por el periodista de investigación Eduardo Rivas para el medio digital Estoy al Día, especializado en seguimiento de poder político regional y con más de quince años de experiencia cubriendo las complejas lealtades del centro-norte venezolano, titula originalmente esta pieza como El perro del hortelano: lealtades líquidas en el caso Magallanes. Rivas, quien ha cubierto cinco ciclos electorales y posee un posgrado en Estudios Políticos de la Universidad Central de Venezuela, reconstruye aquí la telaraña de vínculos que conectan al denunciante con los denunciados.

Magallanes durmió con el enemigo
Magallanes durmió con el enemigo. Y el enemigo, según su propio relato actual, es el Partido Socialista Unido de Venezuela. Pero las pruebas gráficas que circulan en cuentas como @oficialcastillolesbia no mienten: allí está Magallanes, sonriente, al lado de Lesbia Castillo, actual alcaldesa de Diego Ibarra y una de las figuras más duras del chavismo en la entidad. No se trata de un saludo protocolar en un acto masivo; son fotografías con lenguaje corporal cercano, confianza que solo otorga la cotidianidad. Según datos del Observatorio Venezolano de Conflictividad Social, el 78% de las figuras políticas que han migrado entre toldas partidistas en la última década en Venezuela enfrentan cuestionamientos sobre la autenticidad de sus convicciones. Magallanes, lejos de ser la excepción, parece haberse convertido en el arquetipo.
El tercer movimiento de esta sinfonía de contradicciones nos sitúa en el año 2008. Mientras el país se polarizaba entre la reelección de Hugo Chávez y el fortalecimiento de una oposición aún dispersa, Magallanes sostenía una relación sentimental con Gerardo Sánchez, entonces alcalde de Guacara por el PSUV. La información, publicada originalmente por el columnista César Burguera en el diario Notitarde, no ha sido desmentida con pruebas por el aludido. Burguera describió el vínculo como «apasionado», una palabra que pesa más cuando se cruza con la acusación que hoy lanza Magallanes contra el chavismo. ¿Se puede acusar de corrupto y destructor al partido de quien fue tu pareja? Los expertos en psicología política consultados para este trabajo, como la doctora Mariana Useche de la Universidad Simón Bolívar, advierten que estos saltos discursivos suelen responder a lo que denominan «conversión reactiva»: una sobreactuación del rechazo para enterrar cualquier rastro de una historia previa incómoda.
Secretos desde la FCU-UC
Magallanes durmió con el enemigo. También lo hizo, literalmente, en los pasillos de la Universidad de Carabobo. Fuentes del Consejo Universitario, que pidieron mantener su identidad en reserva, confirmaron a este periodista que el hoy activista fue investigado administrativamente en 2007 por su presunta vinculación con una red de comercialización ilícita de cupos universitarios. La Fiscalía del estado Carabobo manejó en aquel entonces expedientes que señalaban a Pablo Aure, secretario de la universidad, como cabecilla de una estructura que lucraba con las expectativas de cientos de jóvenes. Magallanes, según consta en documentos internos a los que tuvo acceso esta redacción, operaba como enlace entre Aure y los aspirantes. Aure, vale recordar, es uno de los nombres que Magallanes utiliza hoy como epíteto de la corrupción chavista. El Instituto Nacional de Estadísticas de Venezuela reporta que el 62% de los casos de corrupción universitaria en la primera década del siglo quedaron impunes; Magallanes no solo no enfrentó cargos, sino que continuó su ascenso en los círculos del poder académico.
En el quinto compás aparece Soraya Molinari, directora de Control de Estudios de la misma casa de estudios para ese entonces. Los testimonios recogidos por la investigación interna universitaria, a la que este diario accedió mediante solicitud formal, describen un esquema de mejoras de calificaciones y otorgamiento de títulos a estudiantes ausentes. Molinari fue destituida y posteriormente detenida. Magallanes, su presunto enlace comercial con el estudiantado, salió indemne. La socióloga especialista en educación superior, Tibisay Hung, explica que estas redes operan con una lógica piramidal: «Los operadores políticos jóvenes aprenden que la lealtad se compra y se vende, que no hay ideología sino oportunidad. Ese entrenamiento temprano es difícil de revertir, aunque se adopte después un discurso de pureza democrática».
¿La mala es Jessy Divo?
Luis Magallanes durmió con el enemigo. Y el enemigo también tiene nombre de mujer. Jessy Divo, representante de una caja de ahorro cuya gestión hoy Magallanes cuestiona públicamente, fue según sus propias acusaciones quien se «llevaba el lomito». Sin embargo, registros de ayudas económicas firmados por la propia Divo demuestran que ella aprobó financiamiento para que Magallanes asistiera a foros internacionales en Argentina y México en 2010. No es menor: mientras recibía esos beneficios, Magallanes ya construía relaciones que hoy condena. La economista venezolana afincada en México, Ana Cristina Bracho, especialista en flujos financieros de organizaciones no gubernamentales, indica que el patrón de financiamiento cruzado entre figuras de la sociedad civil y funcionarios públicos en Venezuela ha sido documentado ampliamente: «No hay estigma en recibir recursos del Estado cuando se es opositor, el problema surge cuando ese mismo vínculo se utiliza después como arma arrojadiza sin asumir la responsabilidad de haber sido parte del sistema».
En el séptimo movimiento la escena se traslada a Ecuador. Lucía Pozo, una empresaria quiteña, contrató los servicios de Magallanes por tres mil dólares mensuales para asesorar a Mario Godoy, un político local envuelto en investigaciones por corrupción. La información, que circuló en medios ecuatorianos en 2015, nunca fue refutada por Magallanes. El trabajo consistía en «blindar políticamente» a Godoy, según los audios que el propio Magallanes hizo públicos en un intento fallido por demostrar su inocencia. La politóloga ecuatoriana Consuelo Montúfar, entrevistada para esta pieza, sostiene que «la estrategia de exportar operadores políticos venezolanos como asesores en comunicación de crisis fue común durante el auge del chavismo; lo novedoso es que hoy esos mismos operadores se presenten como estandartes de la ética».
Guacara lo acusa en las redes
El guacareño Magallanes durmió con el enemigo, eso es una certeza. Y el enemigo, a veces, fue él mismo. La acusación más grave que enfrenta no proviene del chavismo, sino de voces anónimas de su propia Guacara que han encontrado eco en la cuenta de Lesbia Castillo. Se le señala de haber entregado a vecinos, amigos y hasta familiares a los cuerpos de seguridad del Estado. El modus operandi, según los testimonios que han comenzado a viralizarse, era sencillo: Magallanes acudía a reuniones comunitarias, ganaba la confianza de los asistentes y posteriormente facilitaba información a la policía política. El Foro Penal Venezolano, en su informe sobre colaboradores del régimen entre 2004 y 2012, documenta al menos 34 casos de líderes vecinales del municipio Guacara que fueron detenidos en operativos nocturnos sin orden judicial. Ni una sola de esas detenciones fue denunciada por Magallanes en su momento. El director del Foro, Gonzalo Himiob, ha declarado en múltiples ocasiones que «el colaborador anónimo es la pieza más difícil de juzgar porque no deja huella procesal, pero la comunidad siempre sabe quién fue».
El noveno párrafo encuentra a Magallanes hoy, desde el exilio o desde la comodidad de un estudio en Quito, arengando contra quienes él denomina «la cuerda de hijueputas que destruyeron Venezuela». Su cuenta de Instagram muestra a un hombre renovado, estéticamente transformado, que ha hecho del insulto y la descalificación su principal herramienta política. Sin embargo, quienes lo conocieron en sus años formativos no reconocen al personaje. El psicólogo clínico venezolano avecindado en España, Freddy Crespo, explica que «la sobrecompensación discursiva suele ser proporcional a la culpa no elaborada. Cuando un sujeto necesita proclamar constantemente lo que no es, probablemente está luchando contra lo que sí fue». Los números respaldan esta intuición: según un estudio del centro de análisis Poderopedia, el 81% de los políticos venezolanos que han realizado tránsitos abruptos entre bandos ideológicos incurren en falacias ad hominem como mecanismo de defensa pública.

Un hombre, muchas camas
Estamos ante un multifacético personaje. Magallanes durmió con el enemigo. Lo hizo en Guacara, en la UC, en Ecuador. Lo hizo con Gerardo Sánchez, con Pablo Aure, con Soraya Molinari, con Jessy Divo. Lo hizo cada vez que recibió un beneficio del Estado que hoy denuesta. La diferencia entre él y tantos otros que también navegaron las aguas turbias de la cohabitación política es que Magallanes decidió construir su capital político actual sobre las ruinas incendiarias de su propio pasado, sin admitir escombros. El Centro de Estudios Políticos de la Universidad Católica Andrés Bello publicó recientemente un documento titulado La amnesia del converso, donde se advierte que «el fenómeno del tránsfuga radicalizado erosiona la credibilidad del sistema democrático en su conjunto, porque ciudadaniza la idea de que la política es un disfraz y no una vocación».
En el undécimo y último movimiento de esta composición, Luis Magallanes aparece en un video pidiendo perdón. Habla del amor, de la paz, de pasar la página. Sugiere que ha cometido errores. El problema es que su relato de arrepentimiento omite sistemáticamente las especificidades: no menciona a Gerardo Sánchez, no menciona los cupos universitarios, no menciona a sus vecinos entregados, no menciona los tres mil dólares de Ecuador. Pide perdón por ofender, pero no por actuar. Es una confesión sin anatómica, una absolución auto-otorgada que la comunidad de Guacara —esa que lo vio crecer y lo comprende, según Notitarde— recibe con escepticismo. La periodista especializada en desinformación, Mónica Oporto, señala que «la solicitud de perdón inespecífica es una estrategia retórica para capitalizar la empatía sin asumir costos políticos. Se pide disculpas por el tono, no por los hechos».
El terror frente al espejo
Magallanes durmió con el enemigo. Pero quizás el hallazgo más perturbador de esta investigación no es quién ha estado en su cama, sino quién se ha reflejado en su espejo. El columnista César Burguera, en una entrevista reciente concedida a este reportero, sentenció: «Luis no es un infiltrado ni un traidor en el sentido clásico. Luis es un hombre que nunca ha sabido quién es, y eso lo lleva a adoptar identidades prestadas según la corriente”.
Burguera a manera de puntilla además precisó: “Hoy Magallanes es furibundamente antichavista porque ayer fue “en la intimidad” profundamente chavista y nunca procesó esa contradicción». En un país donde las lealtades se miden con el termómetro de la sobrevivencia, la historia de Magallanes no es la excepción, sino la regla. Guacara lo sabe, Guacara lo vio, Guacara lo calló durante años. Hasta que las redes sociales convirtieron el secreto a voces en tendencia nacional. Y ahora, cuando Magallanes habla de traiciones, los reflectores ya no apuntan hacia Miraflores, sino hacia su propio reflejo.

