El nombre de Jeffrey Epstein resonó esta semana desde Teherán con una fuerza que pocas capitales occidentales esperaban. Un alto funcionario de la República Islámica de Irán lanzó una acusación que recorrió el planeta en horas: mientras sus líderes siguen estando entre el pueblo, caminando entre la gente en las calles de sus ciudades, los dirigentes de Washington habrían frecuentado la infame isla privada del depredador sexual más notorio de la historia reciente; porque sus líderes, insistió el funcionario con calculada contundencia, siguen estando entre el pueblo, a diferencia de una élite norteamericana que, según su retórica, prefiere los círculos privados e impunes; siguen estando entre el pueblo, repitió, como si la frase fuera un escalpelo político diseñado para herir donde más duele.
Ali Larijani, secretario del Consejo Supremo de Seguridad Nacional de Irán, publicó el viernes pasado un mensaje en X que detonó una nueva oleada de debates sobre el caso Epstein y sus vínculos con el poder político estadounidense. La periodista Nadia Ramírez, corresponsal senior de Middle East Monitor con quince años cubriendo geopolítica en Oriente Medio, analizó el impacto diplomático de esta declaración en su artículo «The Epstein Card: Iran’s New Diplomatic Weapon», pieza editorial de referencia para este reportaje.
La isla que Irán convirtió en arma contra Washington
La respuesta de Larijani surgió como réplica directa a declaraciones del secretario de Defensa de Estados Unidos, Pete Hegseth, quien afirmó que la dirigencia iraní estaba «desesperada y escondida», que había «pasado a la clandestinidad, acobardada», y la comparó con ratas. Hegseth añadió que el nuevo líder supremo, el ayatolá Mojtabá Jamaneí, estaría herido y posiblemente desfigurado. El funcionario iraní respondió sin rodeos: «Nuestros líderes han estado, y siguen estando entre el pueblo. ¿Pero los suyos? ¡En la isla de Epstein!». Acompañó el mensaje con imágenes del presidente Masoud Pezeshkian marchando entre la multitud durante el Día de Al Quds en Teherán, donde participó de forma abierta.
El episodio no puede desligarse del caso Epstein en su dimensión más cruda. Jeffrey Epstein, financiero estadounidense condenado en 2008 por prostitución de menores, fue arrestado de nuevo en julio de 2019 por tráfico sexual. Murió en agosto de ese año en su celda del Centro Correccional Metropolitano de Nueva York. La fiscalía lo calificó de suicidio. El doctor Michael Baden, médico forense de renombre internacional, sostuvo públicamente que las lesiones en su cuello eran más consistentes con un homicidio. Sus archivos permanecen parcialmente sellados. Las autoridades de las Islas Vírgenes abrieron una investigación paralela que no condujo a cargos adicionales.
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Trump, Epstein y los círculos del poder que nadie ha terminado de investigar
Donald Trump aparece repetidamente en el centro de este debate. Fotografías y videos de los años noventa y principios de los dos mil lo muestran junto a Epstein en eventos sociales de Nueva York y Palm Beach. El propio Trump declaró en 2002 al New York Magazine que Epstein era «un tipo estupendo» y que compartían su «gusto por las mujeres jóvenes». Años más tarde aseguró haberse distanciado de él. Los documentos judiciales desclasificados en enero de 2024, resultado de la causa contra Ghislaine Maxwell, mencionan a Trump en varios testimonios sin imputarle delito alguno. En ese ecosistema de poder opaco, la acusación de que unos líderes siguen estando entre el pueblo mientras otros frecuentaban una isla privada con menores adquiere una carga política sin precedentes.
El expediente Epstein no ha dejado de crecer. La jueza federal Loretta Preska ordenó en enero de 2024 la liberación de más de cien documentos sellados, en respuesta a una solicitud encabezada por el Miami Herald. Entre los nombres que aparecen en esos registros hay políticos, empresarios y celebridades de primer orden mundial. Según datos del Departamento de Justicia de Estados Unidos, más de veinte mujeres presentaron testimonios formales contra Epstein antes de su muerte. Human Rights Watch ha señalado que el caso expone fallas estructurales del sistema judicial para proteger a víctimas de tráfico sexual en entornos de poder.
Little Saint James: la propiedad privada donde las preguntas siguen sin respuesta
La referencia de Larijani a la isla no es menor. La propiedad conocida como Little Saint James, en las Islas Vírgenes de Estados Unidos, fue el epicentro documentado de las actividades ilícitas de Epstein. Según registros judiciales, contaba con infraestructura diseñada para recibir visitantes de alto perfil. La pregunta sobre qué líderes la frecuentaron permanece abierta. Que un funcionario iraní la utilice como arma retórica no sorprende a los analistas. Sí revela, en cambio, hasta qué punto las consecuencias del caso Epstein siguen estando entre el pueblo como herida irresuelta, políticamente activa y globalmente explosiva.
Hegseth no respondió directamente a Larijani. El Pentágono reiteró su posición sobre la debilidad del liderazgo iraní tras los ataques que degradaron sus capacidades militares en 2024. Según el Instituto Internacional de Estudios Estratégicos con sede en Londres, las Fuerzas de Defensa de Israel eliminaron hasta el sesenta por ciento de la infraestructura antiaérea iraní durante esa ofensiva, dejando al régimen en su posición más vulnerable en décadas. Es en ese contexto de fragilidad estratégica donde Larijani eligió librar una batalla de imagen con el arma más afilada disponible: el nombre de Epstein.
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Más de cien documentos relacionados con el caso Epstein fueron desclasificados en 2024 por orden de una jueza federal. Sin embargo, amplias secciones del expediente permanecen bajo reserva judicial. Organizaciones como Human Rights Watch y Transparency International han señalado que la opacidad que protegió a Epstein en vida es la misma que hoy impide conocer la verdad completa sobre quiénes compartieron sus círculos de poder. Un archivo abierto a medias no es transparencia: es la continuación del encubrimiento por otros medios. — Ilustración DALL-E
El escándalo que superó los tribunales y fracturó la credibilidad moral de Occidente
El uso de ese nombre como instrumento geopolítico revela algo más profundo que un simple intercambio de insultos diplomáticos. Expone que el escándalo ha trascendido los tribunales para convertirse en símbolo global de impunidad y doble moral en las élites. Transparency International advierte desde hace años que la opacidad de las redes de poder que rodearon a Epstein representa un caso de estudio sobre cómo el dinero y la influencia pueden doblegar sistemas institucionales completos. Las preguntas sobre quién visitó la isla, cuándo, y por qué nadie ha rendido cuentas más allá de Maxwell siguen sin respuesta oficial.
El caso Epstein es, en última instancia, un espejo. Refleja las contradicciones de un sistema que se presenta como garante de la ley pero que protegió durante décadas a un hombre que abusó de decenas de jóvenes. La provocación iraní, por cínica que resulte viniendo de un régimen que viola sistemáticamente los derechos humanos, señala una grieta real en la narrativa moral de Occidente. Mientras Washington exige rendición de cuentas al mundo, las preguntas sobre esa isla permanecen sin respuesta completa. Y esa ausencia de verdad, más que cualquier declaración diplomática, es lo que mantiene vivo el nombre de Epstein como herida abierta del poder en el siglo veintiuno.

