El décimo día del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán llegó sin señales de distensión y con un balance de destrucción que continúa expandiéndose hacia dimensiones que superan con creces el teatro de operaciones militar, porque las hostilidades no cesan a pesar de las presiones diplomáticas que se multiplican en las cancillerías de Europa, Asia y el propio Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, donde los vetos cruzados de las grandes potencias han vuelto a paralizar cualquier iniciativa vinculante.
Lo que comenzó el 28 de febrero de 2026 como una operación militar de gran escala lanzada por Washington y Tel Aviv contra la República Islámica de Irán se ha convertido en un conflicto de desgaste con ramificaciones económicas, energéticas y ambientales que golpean con especial dureza a Europa y Asia, regiones que dependen de forma estructural del flujo de petróleo y gas que transita por el estrecho de Ormuz y que hoy enfrentan una perturbación sin precedentes en sus cadenas de suministro.
Las hostilidades no cesan mientras ambas partes intercambian golpes con una cadencia que no da señales de agotamiento, y el mundo observa con creciente alarma cómo cada jornada adicional de combates profundiza una crisis que ya no puede contenerse dentro de las fronteras geográficas del conflicto, porque las hostilidades no cesan y sus consecuencias se extienden sin distinción sobre economías, ecosistemas y poblaciones que no eligieron este enfrentamiento.
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Las hostilidades no cesan: el conflicto que comenzó el 28 de febrero ya no tiene fronteras geográficas ni económicas
Este reportaje se basa en el seguimiento periodístico del conflicto realizado por David J. Lynch, corresponsal especializado en economía internacional y política exterior, cuyo trabajo de cobertura en tiempo real del conflicto entre Israel, Estados Unidos e Irán ha sido publicado por medios de referencia global con acceso directo a fuentes gubernamentales, militares y financieras de las partes involucradas y de los organismos internacionales que monitorean la escalada.
El detonante inmediato del conflicto fue la operación del 28 de febrero, que en sus primeras horas eliminó al líder supremo iraní, el ayatolá Alí Jameneí, junto a varios altos mandos militares de la República Islámica, alterando de forma abrupta la estructura de poder en Teherán y desencadenando una cadena de represalias que las fuerzas iraníes han sostenido con una consistencia y una escala que han sorprendido a los propios servicios de inteligencia occidentales.
Irán respondió con ataques directos sobre territorio israelí y sobre instalaciones militares estadounidenses distribuidas a lo largo del Golfo Pérsico, con el Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica confirmando el lanzamiento acumulado de más de 800 misiles balísticos y 1.700 drones en los primeros siete días del conflicto, cifras que los analistas del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos califican como una demostración de capacidad ofensiva sostenida sin precedentes en la historia de la República Islámica.
Nuevo líder supremo en Teherán e infraestructura energética en llamas: Irán se adapta mientras Israel escala
Mientras los frentes militares mantienen su actividad, el nuevo líder supremo de Irán, cuya designación fue confirmada por fuentes del gobierno iraní en las últimas horas, ha dado señales de continuidad en la doctrina de resistencia que caracterizó al gobierno de Jameneí, descartando por el momento cualquier apertura hacia una negociación que no esté condicionada al cese total de los bombardeos.
Por su parte, Israel ha intensificado sus ataques sobre la infraestructura energética iraní, buscando degradar la capacidad de financiamiento del esfuerzo bélico de Teherán al golpear las instalaciones de producción y exportación de crudo que sostienen una porción significativa de los ingresos del Estado iraní.
Esta estrategia, que cuenta con el respaldo explícito de la administración Trump, ha generado tensiones adicionales con China, el principal comprador del petróleo iraní, que ha advertido a través de canales diplomáticos sobre las consecuencias de una interrupción prolongada de ese flujo de suministro.
El impacto económico del conflicto se extiende con una velocidad que los modelos de riesgo convencionales no habían incorporado en sus proyecciones de escenario adverso. Los costos de transporte marítimo en el Golfo Pérsico han experimentado incrementos que en algunos segmentos superan el 300 por ciento respecto a los niveles previos al conflicto, según datos del Baltic Exchange, convirtiendo cada cargamento de crudo en una operación logística de alto riesgo y costo creciente.
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Fletes marítimos triplicados y aseguradoras en retirada: la guerra que Europa y Asia pagan más que nadie
Las aseguradoras marítimas han extendido las zonas de guerra declaradas hasta cubrir rutas que hasta hace dos semanas se consideraban seguras, elevando las primas de seguro a niveles que hacen económicamente inviable el tránsito para operadores de menor escala.
Europa y Asia, que importan conjuntamente más del 60 por ciento del petróleo que transita por el estrecho de Ormuz, absorben el mayor impacto de esta perturbación, mientras Estados Unidos, con una producción doméstica que supera los 13 millones de barriles diarios, enfrenta consecuencias relativas más manejables en el corto plazo, aunque no inmune a la presión inflacionaria que genera el encarecimiento global del crudo.
Las hostilidades no cesan y el ambiente paga la cuenta: humo negro visible desde el espacio sobre el Golfo Pérsico
Las consecuencias ambientales del conflicto añaden una dimensión que los análisis geopolíticos tienden a subvalorar pero que organismos como el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente han comenzado a documentar con preocupación creciente. Los ataques sobre infraestructura petrolera en Irán han generado derrames y emisiones que afectan la calidad del aire y del agua en una región ya sometida a presiones ambientales severas.
Las columnas de humo negro que se elevan desde las instalaciones energéticas dañadas en el sur de Irán son visibles desde satélites comerciales y representan un volumen de emisiones contaminantes que los meteorólogos del Centro Europeo de Previsiones Meteorológicas a Medio Plazo estiman como significativo para la calidad del aire en el Golfo Pérsico y en zonas costeras de Arabia Saudita y los Emiratos.
China, Rusia y los países del Golfo: las tres presiones externas que podrían forzar una salida negociada
El posicionamiento de las grandes potencias en torno al conflicto sigue siendo el factor que determina si existe alguna posibilidad real de una salida negociada en el corto plazo. Rusia mantiene sus canales de comunicación con Teherán y ha ofrecido reiteradamente su disposición a actuar como mediador, aunque sin haber recibido una respuesta positiva de Washington.
China intensifica sus contactos con todas las partes, motivada principalmente por la necesidad de proteger sus flujos de suministro energético y sus inversiones en la región, sin comprometerse con ninguna posición que implique un costo diplomático con Estados Unidos. Los países del Golfo Pérsico, que ven sus propios territorios convertidos en teatro de operaciones colateral, presionan a través de canales privados para una desescalada que ninguno de los actores principales parece dispuesto a conceder en este momento.

Riesgos de escala
Para el primer ministro israelí Netanyahu, la dinámica interna del conflicto presenta una paradoja política que no ha logrado resolver: Trump le concede los apoyos militares y la cobertura diplomática que ha buscado durante años, pero ese respaldo conlleva riesgos de escala que escapan al control de Tel Aviv y que podrían convertir una victoria táctica en una trampa estratégica de consecuencias imprevisibles.
La autoridad iraní, por su parte, ha demostrado una capacidad de resiliencia institucional que Washington subestimó en sus cálculos iniciales: la designación de un nuevo líder supremo en medio del conflicto activo es una señal inequívoca de que el gobierno de Teherán no está en proceso de colapso sino de adaptación acelerada a una guerra que sus estructuras de mando prepararon durante décadas.
Mientras tanto, en los mercados financieros de todo el mundo y en las salas de operaciones de los ejércitos involucrados, las hostilidades no cesan y cada hora adicional de conflicto escribe una nueva página en lo que ya se perfila como el episodio más grave de inestabilidad en Oriente Medio desde la Guerra del Golfo de 1991, con la diferencia de que esta vez los actores involucrados, las armas desplegadas y las interdependencias económicas en juego operan en una escala que hace imposible predecir con certeza dónde y cuándo encontrará este conflicto su punto de inflexión definitivo.

