Desde el estallido de la invasión rusa a Ucrania, los servicios de inteligencia occidentales han identificado un patrón persistente que redefine el conflicto más allá del frente militar: la zona gris de Rusia en Europa se ha convertido en un laboratorio de sabotajes discretos, incendios estratégicos y operaciones encubiertas que buscan erosionar la estabilidad política y económica sin cruzar el umbral de la guerra abierta. En informes recientes, autoridades británicas y europeas sostienen que la zona gris de Rusia en Europa opera con métodos descentralizados, apoyándose en reclutas ocasionales y plataformas digitales. El resultado es una arquitectura de presión constante que actúa como instrumento flexible de intimidación geopolítica.
El análisis original que sustenta esta investigación fue elaborado por Edward Lucas, periodista y analista senior especializado en seguridad europea, colaborador del Center for European Policy Analysis y columnista en medios como The Times. En su pieza titulada “Russia’s Expanding Shadow War in Europe”, Lucas documenta cómo las tácticas híbridas del Kremlin evolucionaron tras la expulsión masiva de diplomáticos y agentes rusos en 2022, obligando a Moscú a recurrir a operadores no tradicionales. Su trayectoria aporta un marco sólido para comprender esta mutación operativa descrita por fuentes de seguridad británicas y bálticas.

El Báltico: epicentro silencioso del sabotaje estratégico
En el Mar Báltico, la infraestructura crítica europea se ha transformado en objetivo recurrente. Desde septiembre de 2022, cuando explosiones submarinas inutilizaron los gasoductos Nord Stream, la región se convirtió en un espacio de fricción constante. Entre noviembre de 2024 y enero de 2026, al menos seis incidentes afectaron cables de telecomunicaciones y conexiones eléctricas entre Finlandia, Estonia, Letonia y Suecia. Informes técnicos cifran el coste de reparación entre 5 y 150 millones de euros por tramo dañado, con meses de interrupciones. Aunque varias investigaciones concluyeron sin pruebas definitivas de sabotaje deliberado, las coincidencias temporales y la presencia de buques sospechosos alimentaron una alarma estratégica creciente.
La OTAN respondió en enero de 2025 con la iniciativa Baltic Sentry, desplegando fragatas, aeronaves de patrulla marítima y drones de vigilancia para monitorear cables y nodos energéticos. Según datos aliados, los incidentes disminuyeron temporalmente tras el anuncio, aunque volvieron a registrarse interrupciones a inicios de 2026. Funcionarios nórdicos reconocen la dificultad de establecer responsabilidades sin escalar el conflicto. “Reaccionar en exceso podría desencadenar consecuencias imprevisibles; reaccionar en defecto incentiva la repetición”, señaló un alto funcionario bajo anonimato.

Reclutas digitales y sabotaje low cost: la nueva mano de obra de la guerra híbrida
Más allá del ámbito marítimo, la campaña mutó hacia una red de sabotaje amateur reclutada en línea. Investigaciones judiciales en Polonia, Estonia y Reino Unido revelan que varios implicados fueron captados a través de Telegram y pagados en criptomonedas. En noviembre de 2023, Varsovia acusó a 16 extranjeros de espionaje vinculado al suministro de armas a Ucrania. En 2024, incendios en almacenes londinenses, en una fábrica de pinturas polaca y en el centro comercial Marywilska de Varsovia expusieron un patrón común: operadores de bajo perfil, motivación económica y vínculos indirectos con estructuras asociadas al GRU o al antiguo Grupo Wagner.
Las ventajas de este modelo son evidentes desde el punto de vista ofensivo: bajo coste operativo, amplia negación plausible y mínima exposición diplomática. Sin embargo, fiscales europeos destacan su fragilidad. A diferencia de los agentes entrenados durante la Guerra Fría, muchos reclutas actuales carecen de disciplina operativa y colaboran tras su detención. En Estonia, siete personas fueron condenadas por vandalizar vehículos de figuras públicas críticas con Moscú; en Londres, cinco hombres recibieron sentencias combinadas de 29 años por incendiar almacenes destinados a Ucrania. Estas condenas permitieron reconstruir parcialmente los canales de reclutamiento y financiamiento.
Drones sobre Europa: reconocimiento, presión y prueba de vulnerabilidades
El frente aéreo constituye otra dimensión crítica. En 2025, gobiernos europeos reportaron un aumento significativo de incursiones con drones sobre bases militares y aeropuertos. El Reino Unido contabilizó 250 incidentes en instalaciones sensibles ese año, el doble que en 2024. En septiembre de 2025, Polonia detectó diecinueve drones violando su espacio aéreo oriental e invocó el Artículo 4 de la OTAN. Bélgica calificó sobrevuelos en sus bases como “una misión dirigida”. Aunque las atribuciones oficiales han sido prudentes, la reiteración de patrones reforzó la percepción de una campaña sistemática de prueba y error.
Expertos en seguridad estratégica sostienen que estos vuelos no buscan necesariamente daño inmediato, sino mapear vulnerabilidades y medir tiempos de respuesta. El impacto económico también es considerable: cierres temporales de aeropuertos en Copenhague, Múnich y ciudades danesas generaron pérdidas de cientos de millones de euros en pocas horas. La Agencia Europea de Defensa ha subrayado la urgencia de invertir en sistemas antidron y protocolos coordinados, argumentando que la autonomía estratégica europea depende de blindar sus infraestructuras críticas frente a amenazas híbridas.
El dilema de la disuasión: cómo responder sin cruzar la línea roja
El dilema central radica en la disuasión. La zona gris explota el espacio intermedio entre la paz formal y la guerra declarada. Estados Unidos y varios gobiernos europeos han advertido de “consecuencias graves” si operaciones encubiertas escalan hacia territorio norteamericano, especialmente tras el frustrado complot de paquetes explosivos en 2024. Sin embargo, cada respuesta debe calibrarse para evitar una confrontación directa entre potencias nucleares. Mientras Moscú niega sistemáticamente cualquier implicación, las capitales europeas refuerzan defensas, comparten inteligencia y buscan cerrar brechas legales que permiten la ambigüedad estratégica.
En este tablero incierto, la frontera entre sabotaje criminal y operación estatal se vuelve difusa. La proliferación de actores subcontratados, la digitalización del reclutamiento y el uso de criptomonedas han reducido costos y ampliado el alcance geográfico. Aun así, cada arresto, cada investigación y cada despliegue militar contribuyen a estrechar el margen de negación. La cuestión que enfrentan las democracias europeas no es solo cómo responder, sino cómo redefinir las reglas de seguridad colectiva en un entorno donde la confrontación se libra en sombras persistentes y donde la estabilidad depende de anticipar la próxima maniobra invisible.

