Argentina se encuentra transitando un camino complejo

En el tablero de la geopolítica global, donde Estados Unidos y China disputan cada pieza con la intensidad de una partida de ajedrez que define el siglo, las naciones deben elegir sus movimientos con precisión milimétrica. Para Argentina, sin embargo, la ecuación se torna particularmente ardua. Atrapada entre la herencia de un pasado de desequilibrios y la urgencia de definir un rumbo en un mundo bipolar, la nación sudamericana enfrenta lo que analistas y organismos internacionales coinciden en señalar como un camino complejo, un laberinto de decisiones donde cada paso implica un riesgo y cada omisión, un costo. Es precisamente un camino complejo el que debe transitar para sortear sus propias contradicciones históricas y encontrar un lugar en el nuevo orden, un sendero que, como advierten los expertos, no admite más rodeos.

El péndulo que nunca se detiene: Argentina entre dos gigantes

Este análisis se basa en el minucioso trabajo de la investigadora en relaciones internacionales, la Dra. Elena Soria, publicado en el último número de la revista Nueva Sociedad bajo el título «El péndulo argentino: Política exterior y modelos de desarrollo en la era de la rivalidad sistémica». Soria, quien ha dedicado los últimos quince años a estudiar la inserción internacional de los países sudamericanos, plantea una tesis inquietante: la disociación histórica entre la política exterior argentina y su estrategia de desarrollo la ha conducido a un callejón de opciones limitadas. En un contexto donde Brasil lanza su ambiciosa Nova Política Industrial y potencias como India o Corea del Sur afinan sus hojas de ruta productivas, Argentina navega sin brújula, enfrentando lo que el Banco Mundial, en su último informe de perspectivas para la región, calificó como «el desafío de construir consensos básicos en medio de la tormenta».

La primera evidencia de un camino complejo surge al observar el tablero global. Desde la crisis financiera de 2008, el supuesto declive de la unipolaridad estadounidense y el ascenso de China han reconfigurado los flujos de poder, comercio y tecnología. Para América Latina, el gigante asiático se convirtió en un socio comercial de primer orden, desplazando a Estados Unidos en países como Brasil, Chile y Perú. Argentina no fue la excepción: si en 1990 Estados Unidos era su principal socio comercial, desde 2010 ocupa un cómodo tercer lugar, detrás de Brasil y China. Las exportaciones argentinas al país asiático crecieron un 700% entre 2002 y 2012, según datos del Atlas de Complejidad Económica de Harvard. Sin embargo, esta relación, que en principio diversifica la matriz de alianzas, también encierra una paradoja. Como señala la académica argentina Anabella Busso, «la consolidación de China como socio comercial no debe hacernos perder de vista la relevancia financiera, tecnológica e ideacional que Estados Unidos aún mantiene en el hemisferio«. Argentina se encuentra, así, ante la necesidad de equilibrar dos fuerzas centrífugas sin que el péndulo la termine de desgajar.

un camino complejo
Entre el dragón y el águila. La soja, el litio y la energía se han convertido en los nuevos campos de batalla comerciales. Argentina observa cómo sus recursos naturales son codiciados por ambos polos de poder, mientras busca un margen de autonomía que su propia historia económica le ha negado sistemáticamente. – Ilustración DALL-E

La herencia envenenada: 50 años de proyectos truncos

El gobierno de Javier Milei irrumpió en la escena política con un discurso que prometía dinamitar el statu quo. Su postura, explícitamente alineada con Washington y con una retórica que desafía los consensos del multilateralismo regional, añade una variable inesperada a la ecuación. Mientras que administraciones anteriores, como la de Alberto Fernández (2019-2023), intentaron mantener un perfil más matizado —con el Plan de Desarrollo Productivo 4.0 como estandarte de una industrialización con sesgo tecnológico—, la nueva gestión parece inclinar la balanza sin titubeos. Pero, como advierte Soria en su investigación, «la política exterior no puede ser un mero gesto ideológico; debe ser una política de Estado que resista los cambios de gobierno y se articule con un proyecto de desarrollo a largo plazo». La historia económica argentina desde los años setenta es un cementerio de proyectos truncos, víctimas de la imposibilidad de estabilizar la macroeconomía y de la peligrosa disociación entre lo que se dice en el mundo y lo que se hace en casa.

La batalla silenciosa por el 5G, la soja y el litio

Esta fractura interna se profundiza cuando se observa la disputa por las tecnologías del siglo XXI. La rivalidad sino-estadounidense ya no es solo comercial; es una batalla por la hegemonía en sectores estratégicos como las telecomunicaciones 5G, la inteligencia artificial, la energía y la seguridad alimentaria. En ese frente, Argentina aparece con una capacidad de maniobra notablemente limitada. Carece de una política industrial integral que le permita insertarse en las cadenas globales de valor más allá del rol de proveedor de materias primas. Mientras China invierte en infraestructura digital en la región a través de la Franja y la Ruta, y Estados Unidos contraataca con su esquema de resiliencia económica (nearshoring), el país del Cono Sur observa desde la barrera, sin una estrategia clara que defina si aspira a ser un nodo tecnológico, un proveedor de energía limpia o un mero espectador. Es, sin duda, un camino complejo el que lleva a preguntarse si la política exterior puede existir sin un modelo de desarrollo que la sustente.

un camino complejo
El puerto como espejo de la Nación. Cada contenedor que cruza la aduana es una decisión política, una apuesta por un socio comercial, una renuncia tácita a otro. En la era de la rivalidad sistémica, el flujo de mercancías es también un flujo de soberanía. – Ilustración DALL-E

El concepto de «autonomía relativa» acuñado por el politólogo Juan Gabriel Tokatlian resuena con fuerza en este análisis. América Latina no es un actor unitario como China o Estados Unidos, sino un mosaico de naciones con intereses muchas veces contrapuestos. La parálisis del multilateralismo sudamericano —con una UNASUR desmembrada y una CELAC con dificultades para cohesionarse— deja a Argentina en una posición de mayor vulnerabilidad. No se trata solo de elegir bando, sino de tener la capacidad de negociar condiciones beneficiosas con ambos. Pero para eso, el país necesita activos que ofrecer: estabilidad jurídica, previsibilidad macroeconómica, una matriz energética diversificada y capital humano calificado. La ausencia de estos activos convierte cualquier negociación en un ejercicio de debilidad, donde el margen de maniobra se reduce a aceptar las condiciones impuestas por el socio más poderoso.

El espejismo de la bonanza que escondió la debilidad

La historia reciente ofrece lecciones aleccionadoras. Durante la primera década del siglo, el auge de los precios de las materias primas permitió una inserción internacional cómoda, basada en la exportación de soja y otros commodities a China. Pero esa bonanza escondió la falta de una política industrial que agregara valor a esa producción. Cuando la tormenta macroeconómica regresó, como siempre lo hace, el país se encontró con que no había construido las bases para una inserción inteligente. Hoy, con un nuevo gobierno que promete un giro radical, la pregunta que flota en el aire es si ese giro será el inicio de un camino complejo pero finalmente virtuoso, o simplemente otro episodio del péndulo argentino, esa danza eterna entre el puerto y el interior, entre el proteccionismo y la apertura ingenua, entre la seducción de las grandes potencias y la realidad de un desarrollo postergado.

Los organismos multilaterales, como la CEPAL, insisten en que la clave para América Latina reside en construir políticas de desarrollo productivo que miren tanto al mercado interno como a la inserción global inteligente. Pero construir esas políticas requiere acuerdos de largo plazo, algo esquivo en una Argentina donde cada gobierno parece escribir su propio libreto de espaldas al anterior. El desafío, entonces, es doble: externo, por la complejidad de navegar la rivalidad entre dos gigantes; e interno, por la necesidad de domeñar los propios demonios históricos. Es precisamente esa confluencia de factores lo que convierte el presente argentino en un laboratorio de observación privilegiado para el resto de la región.

La encrucijada definitiva: ¿Elegir bando o construir el propio?

En conclusión, Argentina se encuentra ante una encrucijada definitoria. La disputa chino-estadounidense no es un telón de fondo lejano, sino el escenario mismo donde se dirimirá su futuro. La decisión de alinearse con Washington, de mantener un perfil de no alineamiento activo o de intentar un equilibrio imposible tendrá consecuencias directas sobre su capacidad de industrializarse, de generar empleo de calidad y de integrarse al mundo. Pero ninguna estrategia internacional será exitosa si no viene acompañada de una política doméstica que estabilice la economía, fomente la innovación y construya consensos duraderos. El país ha demostrado una y otra vez su capacidad para sorprender, para sobreponerse a las crisis. Hoy, más que nunca, necesita convertir esa resiliencia en una estrategia. Porque, como bien diagnostican los expertos, transitar un camino complejo no es una opción, es la única vía posible para quienes llegan tarde a la historia pero aún sueñan con escribir su propio capítulo.

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