La fractura más profunda que ha dejado la guerra entre Estados Unidos, Israel e Irán no se mide en misiles lanzados ni en barriles de petróleo bloqueados: se mide en la confianza rota entre Washington y sus aliados más estratégicos en Oriente Medio, afirman países del golfo Pérsico con una unanimidad que no tiene precedentes en décadas de relación con la superpotencia norteamericana. Arabia Saudita, Catar, Emiratos Árabes Unidos, Baréin y Kuwait, naciones que habían apostado su seguridad existencial a la garantía del paraguas militar estadounidense, se encuentran hoy en una posición de vulnerabilidad que ninguno de sus líderes anticipó cuando celebraron el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca.
Washington inició una guerra sin consultarles, sin advertirles, sin ofrecerles un plan para gestionar las consecuencias, afirman países del golfo Pérsico que ahora evalúan con urgencia cómo reposicionar sus alianzas estratégicas en un tablero geopolítico que cambió de forma irreversible. La traición no es solo emocional ni diplomática: es estructural, porque las monarquías del Golfo construyeron durante décadas su arquitectura de defensa sobre la premisa de que Estados Unidos actuaría como garante último de su seguridad frente a Irán, y esa premisa ha quedado demolida, afirman países del golfo Pérsico que hoy buscan respuestas que Washington no parece dispuesto ni capaz de ofrecer.
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Washington inició una guerra sin consultarlos
Este reportaje se basa en el análisis publicado por la revista Foreign Policy, uno de los medios de referencia más influyentes en política exterior y relaciones internacionales a escala global, así como en información del diario Financial Times sobre las deliberaciones económicas en curso en las cancillerías del Golfo. El análisis de Foreign Policy, elaborado por especialistas con acceso directo a fuentes gubernamentales de la región, concluye que las naciones del Golfo ya no pueden confiar en que Estados Unidos sea capaz de protegerlas, o que realmente vaya a hacerlo, frente a amenazas de naturaleza existencial.
El diagnóstico es devastador para la política exterior estadounidense en una región que Washington consideraba su esfera de influencia más consolidada. Irán ha respondido a la ofensiva israelí-estadounidense con una campaña de represalia de una escala que superó todos los escenarios que los servicios de inteligencia de las monarquías del Golfo habían contemplado como probables. El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica confirmó el lanzamiento de más de 2.000 drones y más de 600 misiles contra posiciones estadounidenses en la región y contra objetivos israelíes desde el inicio de las hostilidades.
Los impactos no se limitaron al territorio iraní ni a los frentes de combate directos: alcanzaron instalaciones militares en Catar, Emiratos Árabes Unidos, Baréin, Kuwait, Arabia Saudita e Irak, convirtiendo a los aliados del Golfo en teatro de operaciones de una guerra que nadie les consultó si querían pelear, afirman países del golfo Pérsico que veían sus propias bases y ciudades convertidas en objetivos colaterales de una estrategia decidida en Washington y Tel Aviv.

Más de 2.000 drones y 600 misiles iraníes cayeron sobre territorios de los aliados que EE.UU. prometió proteger
La dimensión económica de la crisis añade una capa de presión adicional que las monarquías del Golfo están comenzando a convertir en palanca de negociación. Según el Financial Times, estos países evalúan activamente la posibilidad de revisar sus inversiones extranjeras y sus compromisos financieros con la economía estadounidense. Las cifras en juego son colosales: Arabia Saudita mantiene activos en Estados Unidos estimados en más de 800.000 millones de dólares a través del Fondo de Inversión Pública y otros vehículos soberanos. Los Emiratos Árabes Unidos gestionan fondos soberanos con exposición significativa a mercados estadounidenses que superan los 900.000 millones de dólares. Una reorientación parcial de esos flujos de capital no solo tendría consecuencias para los mercados financieros de Wall Street, sino que enviaría una señal política de ruptura que ninguna administración estadounidense podría ignorar.
Arabia Saudita y Emiratos evalúan retirar billones de dólares invertidos en la economía estadounidense
El contexto histórico que explica la magnitud de esta crisis de confianza es inseparable de la relación que las monarquías del Golfo creyeron haber construido con Donald Trump durante su primer mandato y en los meses iniciales del segundo. Los líderes de la región consideraban que las relaciones con la actual administración eran mejores que con cualquier otra en memoria reciente, respaldadas por acuerdos de armamento multimillonarios, los Acuerdos de Abraham y una retórica de confrontación con Irán que parecía alineada con sus propios intereses de seguridad. Esa percepción de alineación estratégica fue precisamente lo que hizo más brutal el golpe: la guerra se inició sin coordinación, sin consulta y sin un plan articulado para proteger a los aliados de las consecuencias previsibles de la acción militar.
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La relación que las monarquías del Golfo creyeron tener con Trump resultó ser una ilusión estratégica
Los analistas del Instituto Internacional de Estudios Estratégicos señalan que el error de cálculo de Washington tiene raíces profundas en una visión que subestimó sistemáticamente la capacidad de respuesta iraní y sobreestimó la resiliencia de sus aliados regionales frente a las consecuencias del conflicto. El general retirado David Petraeus, en declaraciones recogidas por medios especializados, advirtió que la credibilidad de las garantías de seguridad estadounidenses en Oriente Medio tardará años en reconstruirse, si es que puede reconstruirse, porque la confianza en las alianzas de seguridad no se restaura con declaraciones diplomáticas sino con hechos sostenidos en el tiempo.
La búsqueda de alternativas estratégicas ya está en marcha con una discreción que no logra ocultar su urgencia. China, que ha invertido años construyendo relaciones económicas y diplomáticas con las monarquías del Golfo, observa la crisis con una combinación de preocupación genuina por la estabilidad energética y de oportunidad estratégica para consolidar su influencia en una región que Washington está perdiendo. El acuerdo de mediación entre Arabia Saudita e Irán facilitado por Pekín en 2023 demostró que China tiene tanto la voluntad como la capacidad de actuar como actor diplomático relevante en el Golfo, un espacio que hasta hace una década Washington consideraba su dominio exclusivo.
China y Rusia avanzan donde Estados Unidos dejó un vacío de confianza irreparable en el Golfo Pérsico
Rusia, por su parte, ha mantenido canales de comunicación abiertos con varias capitales del Golfo durante toda la escalada, ofreciendo garantías de suministro energético alternativo y presentándose como un interlocutor que, a diferencia de Washington, no toma decisiones militares que conviertan a sus aliados en daños colaterales. La reconfiguración geopolítica que está acelerando esta crisis no obedece a una conspiración ni a un diseño maestro de las potencias rivales de Estados Unidos: es la consecuencia lógica y predecible de una decisión unilateral que ignoró décadas de geometría regional.

Afirman países del Golfo Pérsico que el modelo de seguridad estadounidense perdió su razón de ser
Lo que está en juego en el Golfo Pérsico trasciende la suerte inmediata del conflicto con Irán. Es la viabilidad del modelo de seguridad por el que Washington ha cobrado, en términos de influencia política y contratos de armamento, durante más de medio siglo. Cuando las naciones que más han pagado por ese paraguas protector declaran abiertamente que ya no creen en su eficacia, el sistema entero entra en una crisis de legitimidad que ningún despliegue militar adicional puede resolver. La guerra que Washington creyó controlar ha terminado por erosionar los cimientos de su propio poder regional, y las facturas de esa erosión llegarán durante años, en forma de alianzas reorientadas, inversiones redirigidas y una influencia que se evapora con cada misil que cae sobre suelo aliado.

