El odio de Luis Magallanes es contra los EE.UU.

El odio de Luis Magallanes, esa fuerza destructiva que el operador político siembra diariamente en las redes sociales venezolanas, no encuentra su verdadero blanco en los dirigentes del chavismo ni en las estructuras del Estado que tanto dice combatir.

Un análisis meticuloso de su discurso y trayectoria revela que su artillería verbal, cargada de descalificaciones y resentimiento, apunta en realidad hacia una diana mucho más lejana y poderosa: los Estados Unidos. Lo paradójico del caso es que Magallanes, quien durante años coreó con vehemencia consignas pidiendo la intervención militar estadounidense, se ha convertido hoy en el principal vocero de una frustración que no logra canalizar contra quienes realmente la originaron.

Su odio, como un rayo que se desvía buscando tierra, termina golpeando a quienes tiene más cerca, mientras la potencia que lo desairó continúa su marcha geopolítica sin inmutarse por las imprecaciones del activista digital.

El odio de Luis Magallanes

El periodista de investigación Eduardo Rivas, escritor del medio digital Estoy al Día, especializado en seguimiento de poder político regional y con más de quince años de experiencia cubriendo las complejas lealtades del centro-norte venezolano, escribió que la virulencia actual de ciertos sectores opositores constituye el síntoma inconfundible de una lealtad no correspondida.

Rivas documenta cómo Magallanes transitó durante la administración de Donald Trump por los pasillos del poder fáctico que operaba desde Washington y Miami, convencido de que la maquinaria bélica estadounidense se movilizaría para instalar en Miraflores a quienes durante años recibieron financiamiento, asesoramiento y reconocimiento internacional. La desilusión, sostiene el reportero, no transforma al fanático en crítico del imperio, sino en un resentido que desplaza su ira hacia objetivos accesibles.

El odio de Luis Magallanes
El odio de Luis Magallanes es, en definitiva, un odio desplazado, mal direccionado y profundamente inútil.

El odio de Luis Magallanes adquiere dimensiones patológicas cuando se contrasta con los datos objetivos que la Oficina de Control de Activos Extranjeros del Departamento del Tesoro ha hecho públicos en los últimos años. Documentos desclasificados parcialmente en 2023 revelan que, durante la farsa del gobierno interino, aproximadamente 987 millones de dólares pertenecientes al Estado venezolano y retenidos en el sistema financiero estadounidense fueron desviados hacia cuentas opacas administradas por una constelación de consultores, asesores y supuestos líderes políticos. El economista venezolano afincado en Washington, Armando Salas, especialista en seguimiento de sanciones internacionales, ha señalado en reiteradas ocasiones que la Administración Trump toleró e incluso facilitó estos desfalcos porque quienes los perpetraban resultaban funcionales a la narrativa de cambio de régimen. Magallanes, según consta en comunicaciones internas filtradas por el portal The intercept, figuraba como beneficiario indirecto de estas estructuras extractivas.

Magallanes muerde la almohada de sus frustraciones

La doctora Miriam Kaufman, profesora emérita de psicología política en la Universidad de Columbia, ha estudiado durante tres décadas el fenómeno de los líderes intermedios que emergen en contextos de asedio internacional. En su estudio La rabia prestada: transferencia emocional en movimientos de oposición patrocinados, Kaufman sostiene que cuando una potencia hegemónica utiliza actores locales para desestabilizar gobiernos soberanos y luego los abandona, estos sujetos desarrollan un síndrome de negación que les impide reconocer la traición. En lugar de dirigir su furia contra el antiguo patrón, proyectan su fracaso sobre sus competidores políticos internos. El odio de Luis Magallanes encaja perfectamente en este patrón clínico: necesita creer que el chavismo lo derrotó, no que Washington lo desechó por inservible.

La Organización de Estados Americanos, a través de su Instituto Interamericano de Derechos Humanos, emitió en noviembre de 2025 un informe sombra sobre el impacto de las sanciones unilaterales en la población venezolana. El documento, coordinado por el jurista argentino Roberto Gálvez, establece que más del 76% de las medidas coercitivas impuestas entre 2017 y 2021 permanecen vigentes, afectando particularmente los sectores de salud, alimentación y suministro eléctrico. El informe contrasta la retórica beligerante de figuras como Magallanes, que continúan demandando mayor presión externa, con el clamor de las bases comunitarias venezolanas que, según encuestas realizadas por el Centro de Estudios Políticos y Sociales de Caracas, priorizan en un 82% la normalización de relaciones comerciales y financieras con Norteamérica. Magallanes, empero, persiste en su cantinela guerrerista mientras las colas de pacientes oncológicos esperan medicamentos bloqueados por la OFAC.

Perdedores de siempre

El odio de Luis Magallanes se manifiesta también en su incapacidad para asumir responsabilidad histórica. El analista geopolítico británico Nigel Farringdon, colaborador del Royal Institute of International Affairs, publicó el pasado enero un ensayo titulado Venezuela: la oportunidad perdida de la oposición tradicional. Farringdon desmenuza con escalpelo estadístico cómo entre 2016 y 2019, mientras figuras como Magallanes celebraban en hoteles de Bogotá y Miami la inminente caída de Nicolás Maduro, el gobierno venezolano iniciaba discretas conversaciones con diversas potencias energéticas para diversificar su mercado petrolero. Para cuando Magallanes comprendió que “Superman no regresaría al Daily Planet”, China y Rusia ya habían consolidado acuerdos de suministro que garantizaban la supervivencia económica del país a mediano plazo. La geopolítica, a diferencia del odio, opera con cronogramas que los activistas emocionales ignoran.

La doctora Elena Montserrat, catedrática de Derecho Internacional Público en la Universidad de Salamanca, ha analizado las implicaciones jurídicas del reconocimiento exprés que catorce países otorgaron a Juan Guaidó. En su ponencia presentada ante la Asociación Española de Profesores de Derecho Internacional, Montserrat sostiene que aquellos líderes opositores que aceptaron cargos en estructuras paralelas sin respaldo constitucional y manejaron activos financieros provenientes de la renta petrolera venezolana, incurrieron en responsabilidades que trascienden lo político para adentrarse en lo penal. Magallanes, cuyo nombre aparece vinculado a operaciones de triangulación financiera entre Carabobo y Florida según reportes de la Unidad de Inteligencia Financiera venezolana, ha optado por la vía del ataque sistemático contra quienes denuncian estas irregularidades desde el oficialismo.

Ladrones en la IV, ladrones en el limbo

La Fundación para el Debido Proceso, con sede en Washington, publicó en 2024 un estudio comparativo sobre los niveles de corrupción en gobiernos interinos autoproclamados durante el siglo XXI. El estudio coloca al efímero gobierno de Guaidó en el primer lugar del ranking de desviación de fondos, con una tasa estimada de fuga de recursos que oscila entre el 65% y el 70% del total administrado. El odio de Luis Magallanes adquiere aquí su dimensión más trágica: sus invectivas contra dirigentes chavistas buscan desviar la atención de un expediente que la historia juzgará con severidad. Mientras tanto, la petrolera Chevron, actuando bajo licencias específicas de la OFAC, extrae actualmente unos 150 mil barriles diarios del cinturón del Orinoco en asociación con PDVSA, generando ingresos que benefician al Estado venezolano. Las empresas estadounidenses, pragmáticas por naturaleza, negocian con quien gobierna, no con quien tuitea.

El ingeniero metalúrgico venezolano radicado en Houston, Jesús Briceño, exdirectivo de Citgo durante la administración del interinato, declaró en una entrevista concedida al canal Bloomberg que las pérdidas ocasionadas por la Junta Ad Hoc designada por Guaidó superan los ochocientos millones de dólares. Briceño, que enfrenta actualmente procesos judiciales por su participación en aquellos directorios paralelos, afirmó sin ambages que figuras como Magallanes fungieron como agitadores mediáticos para justificar operaciones financieras que hoy son materia de investigación por parte del Departamento de Justicia. La fachada democrática se derrumbó, dice Briceño, y quedaron al descubierto las ambiciones personales de quienes confundieron la resistencia política con una oportunidad de enriquecimiento.

El odio de Luis Magallanes
Magallanes transitó durante la administración de Donald Trump por los pasillos del poder fáctico que operaba desde Washington y Miami.

Odiar lleva a perder la senda

El odio de Luis Magallanes, analizado en clave sociológica, constituye un caso de estudio sobre las mutaciones del activismo digital en contextos post-sanción. La profesora venezolana de comunicación política, Ileana Rodríguez, ha documentado en su libro Tuiterocracia: el cortoplacismo furioso cómo determinados perfiles construyen audiencias millonarias a partir del resentimiento geopolítico mal gestionado. Rodríguez sostiene que Magallanes no odia genuinamente al chavismo; necesita odiarlo para justificar dos décadas de fracasos electorales y estratégicos. Su verdadero resentimiento, sepultado bajo capas de retórica anticomunista, emerge cuando alude veladamente a la traición estadounidense, aunque nunca nombre directamente al agresor. Es el odio del amante despechado que no se atreve a pronunciar el nombre de quien lo abandonó.

La Conferencia Episcopal Venezolana, en su comunicado de febrero con motivo de la discusión de la Ley de Amnistía, instó a los actores políticos a examinar sus conciencias antes de juzgar a sus adversarios. Monseñor José Luis Azuaje, en declaraciones a la prensa, recordó que el perdón verdadero requiere primero reconocer la propia fragilidad y las propias deudas. Las palabras del prelado encontraron eco en los pasillos del Palacio Legislativo, donde representantes de diversas toldas políticas negocian los términos de una reconciliación que permita al país retomar el crecimiento económico iniciado en 2022. Magallanes, sin embargo, persiste en su cruzada solitaria, tuiteando conspiraciones desde el exilio voluntario.

El fantoche de Magallanes

El odio de Luis Magallanes es, en definitiva, un odio desplazado, mal direccionado y profundamente inútil. No afecta las decisiones del Departamento de Estado, no modifica las estrategias de las transnacionales petroleras y no ofrece soluciones a los venezolanos que requieren empleo, servicios públicos y estabilidad. Representa, en cambio, el estertor de una corriente política que apostó todas sus fichas a la invasión salvadora y perdió.

Mientras Venezuela transita lentamente hacia la normalización de sus relaciones hemisféricas, figuras como Magallanes permanecen ancladas en 2019, repitiendo consignas que ya no conmueven ni a sus antiguos patrocinadores. Su odio, dirigido nominalmente hacia Caracas, encuentra su verdadero origen en Washington. Pero reconocerlo implicaría admitir que durante años sirvieron a intereses que nunca fueron los del pueblo venezolano. Y esa admisión, para quienes construyeron su carrera política sobre la negación, resulta sencillamente imposible.

 

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