Estados Unidos cerró 2025 con un déficit comercial de 901.000 millones de dólares, una cifra que confirma que la ofensiva arancelaria impulsada por el presidente Donald Trump no logró revertir el desequilibrio estructural del intercambio global. A pesar de la amplitud de los gravámenes aplicados a importaciones provenientes de múltiples socios estratégicos, el desbalance se mantiene como el tercero más alto de la historia, apenas por debajo del registrado en 2024, según datos del Departamento de Comercio.
El récord incómodo que desafía la estrategia proteccionista
El análisis original fue elaborado por el periodista económico Mark Stevenson, de The Wall Street Journal, donde cubre comercio internacional y política industrial desde hace más de quince años. Bajo el título “Tariffs Fail to Narrow U.S. Trade Gap in 2025”, el reportaje reconstruye la evolución del déficit con base en cifras federales y entrevistas con economistas especializados. El dato más revelador no es solo el volumen total del déficit, sino su composición: el desbalance en bienes alcanzó un récord de 1,24 billones de dólares, precisamente el sector que buscaba corregir la estrategia proteccionista.
Mientras tanto, el superávit en servicios se mantuvo relativamente estable, lo que evidencia que la política arancelaria se concentró en manufacturas sin alterar dinámicas estructurales de consumo e inversión. Según el Buró de Análisis Económico, las exportaciones crecieron 6 %, impulsadas por energía, productos agrícolas y servicios digitales; sin embargo, las importaciones aumentaron casi 5 %, reflejando la fortaleza de la demanda interna y la dependencia de insumos estratégicos provenientes de Asia.

Manufactura en el centro, pero el déficit se expande
En el corazón del debate se encuentra la promesa presidencial de reducir la dependencia manufacturera externa. No obstante, la ofensiva arancelaria no impidió que las compras de microprocesadores y tecnología avanzada se incrementaran significativamente. La expansión de la inteligencia artificial y la digitalización industrial elevó la demanda de componentes producidos en Taiwán y otros polos tecnológicos asiáticos, profundizando el déficit en sectores considerados estratégicos para la seguridad económica estadounidense.
Economistas del Peterson Institute for International Economics sostienen que los aranceles tienden a redistribuir flujos comerciales más que a reducirlos de forma sostenida. En otras palabras, el comercio se ajusta, encuentra nuevas rutas y mantiene su volumen global, aunque cambie de socios.
El comercio no desaparece: cambia de mapa
Las tensiones con China produjeron un ajuste visible. El déficit bilateral con Beijing cayó cerca de 32 %, situándose en torno a los 202.000 millones de dólares. Sin embargo, expertos del Council on Foreign Relations advierten que el comercio no desapareció: simplemente se reconfiguró. Empresas estadounidenses trasladaron cadenas de suministro hacia Vietnam, México y Taiwán, fenómeno conocido como nearshoring y friendshoring, alterando la geografía del intercambio sin modificar el saldo total.
El déficit con Taiwán prácticamente se duplicó hasta 147.000 millones de dólares, mientras que el desbalance con Vietnam creció 44 %, alcanzando cerca de 178.000 millones. Analistas señalan que estos cambios reflejan la capacidad del sistema comercial global para adaptarse rápidamente a restricciones arancelarias. La ofensiva arancelaria, en este contexto, aceleró una redistribución productiva más que una reducción efectiva del déficit.
En el caso de México, el déficit aumentó de 172.000 millones en 2024 a casi 197.000 millones en 2025, consolidando al país como uno de los principales socios comerciales de Washington. En contraste, el desbalance con Canadá se redujo significativamente, en medio de negociaciones sobre el marco comercial norteamericano. Especialistas del Banco Mundial advierten que concentrar el análisis en déficits bilaterales puede resultar engañoso, ya que el comercio opera bajo cadenas globales de valor donde múltiples países intervienen en la producción de un mismo bien.
Más allá de los aranceles: el verdadero origen del desequilibrio
La política comercial también tuvo efectos internos. La Oficina de Presupuesto del Congreso estimó que los aranceles elevaron costos para consumidores y empresas importadoras, aunque generaron ingresos fiscales adicionales. Sin embargo, el saldo final del comercio de bienes continuó ampliándose 2 %, impulsado por mayores compras de tecnología avanzada y equipamiento industrial.

Para economistas como Douglas Irwin, profesor de Dartmouth College, el desequilibrio comercial responde menos a barreras arancelarias y más a variables macroeconómicas como el alto nivel de consumo interno, la fortaleza del dólar y el déficit fiscal federal. Desde esta perspectiva, la persistencia del déficit confirma que los aranceles, por sí solos, no corrigen dinámicas profundamente arraigadas en la economía estadounidense.
El Gobierno sostiene que los gravámenes buscan objetivos más amplios que la simple reducción del déficit, incluyendo la protección de industrias estratégicas y el fortalecimiento del empleo manufacturero. No obstante, los datos oficiales muestran que el déficit total apenas se movió respecto al año anterior, a pesar de la intensidad de la política comercial implementada.
En un escenario marcado por rivalidad tecnológica y reajuste geopolítico, la política arancelaria redefinió rutas comerciales y reconfiguró alianzas productivas, pero no alteró el resultado estructural. Estados Unidos continúa enfrentando un desequilibrio comercial de magnitud histórica, lo que sugiere que la solución no depende exclusivamente de barreras comerciales, sino de reformas más profundas vinculadas a competitividad, ahorro interno y política fiscal.

